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EN CONSTRUCCIÓN…

LA ORATORIA DE DON RAMÓN

Hay dos facetas muy poco estudiadas en la vida de Don Ramón Serrano Súñer: su oratoria y su imagen física, de joven y de mayor. Y, sin embargo, ambas son fundamentales para conocer bien al personaje histórico. La oratoria y la voz fueron sus primeras preocupaciones en cuanto decidió y eligió el camino de la abogacía. Porque -me decía un día de 1974, cuando ya preparaba sus “Memorias”- en España es fundamental hablar bien en todos los foros, judiciales o políticos, para triunfar. Durante años, amigo Merino, aquí sólo han triunfado los que sabían hablar bien en una tribuna. Y como yo sabía eso me dediqué, ya desde mis años en la Universidad, a estudiar lo que siempre se llamó el Arte de la Oratoria. Comencé por el más grande de los oradores españoles, don Emilio Castelar, hasta el punto de que me aprendí de memoria alguno de sus grandes discursos en el Parlamento. Especialmente aquel de 1869, cuando se discutía la Constitución que intentaban hacer los revolucionarios de “La Gloriosa”.

(Y entonces Don Ramón se reclinó en el asiento de su biblioteca y comenzó a declamar de memoria las palabras de Castelar. Aquellas con las que terminó su famosa intervención y con las que puso de pie a todos los diputados, amigos y adversarios, que aplaudieron al tribuno como locos):

“GRANDE ES DIOS EN EL SINAI; EL TRUENO LE PRECEDE, EL RAYO LE ACOMPAÑA, LA LUZ LE ENVUELVE, LA TIERRA TIEMBLA, LOS MONTES SE DESGAJAN… PERO HAY UN DIOS MÁS GRANDE, MÁS GRANDE TODAVÍA, QUE NO ES EL MAJESTUOSO DIOS DEL SINAI, SINO EL HUMILDE DIOS DEL CALVARIO, CLAVADO EN UNA CRUZ, HERIDO, YERTO, CORONADO DE ESPINAS, CON LA HIEL EN LOS LABIOS Y, SIN EMBARGO, DICIENDO: “¡PADRE MIO, PERDONALOS, PERDONA A MIS VERDUGOS, PERDONA A MIS PERSEGUIDORES, PORQUE NO SABEN LO QUE SE HACEN!”. GRANDE ES LA RELIGIÓN DEL PODER, PERO ES MÁS GRANDE LA RELIGIÓN DEL AMOR; GRANDE ES LA RELIGIÓN DE LA JUSTICIA IMPLACABLE, PERO ES MÁS GRANDE LA RELIGIÓN DEL PERDÓN MISERICORDIOSO, Y YO, EN NOMBRE DE ESTA RELIGIÓN; YO, EN NOMBRE DEL EVANGELIO, VENGO AQUÍ A PEDIROS QUE ESCRIBÁIS AL FRENTE DE VUESTRO CÓDIGO FUNDAMENTAL LA LIBERTAD RELIGIOSA, ES DECIR, LIBERTAD, FRATERNIDAD E IGUALDAD ENTRE TODOS LOS HOMBRES”

Confieso, ahora pasados los años, que aquella “interpretación” me impresionó, porque aquella voz y el tono, me parecieron de otro mundo. La voz de Don Ramón era como una sinfonía de Beethoven o una ópera de Verdi. Él mismo parecía transfigurado.

También estudié -siguió Don Ramón, ya vuelto a la charla- a los clásicos Demóstenes y Cicerón. La construcción de los discursos de Cicerón cuando la conjura de Catilina no ha sido superada por nadie. Luego me leí y estudié los también famosos discursos de Salustiano de Olózaga, de Cánovas del Castillo, de Sagasta, de Eduardo Dato, de Don Antonio Maura…por cierto -dijo- que el día que pronunció el discurso sobre la unidad de la Patria, el 19 de noviembre de 1918, yo estaba en la tribuna entre el público como estudiante de Derecho. Le confieso que mi preocupación por la oratoria me llevó a entrenarme leyendo en voz alta y ante un espejo. Curiosamente a José Antonio le pasaba lo mismo y más de una tarde la pasamos echándonos discursos o peroratas, él también se sabía de memoria los discursos de Cicerón, y en latín.

(Llegado aquí Don Ramón se levantó y buscó en la biblioteca tres tomitos que tenía guardados como oro en paño. Me los mostró y yo tomé nota de los títulos y los datos necesarios para hacerme con ellos. Uno recogía la conferencia-discurso que pronunció Salustiano de Olózaga en la sesión inaugural de la Academia matritense de Jurisprudencia y Legislación el 10 de diciembre de 1863.

El otro era el Discurso leído por Antonio Maura con motivo de su ingreso en la Real Academia Española el 29 de noviembre de 1903.

Y el tercero era un estudio sobre “La oratoria parlamentaria”, que publicó ya en el exilio, después de la Guerra Civil, don Niceto Alcalá Zamora. Aquí está -dijo- todo lo que se puede saber sobre el Arte de la Oratoria. Le aconsejo que los lea. Y miré la nota que guardé con unas palabras de Olózaga. Y leyó con una voz que taladraba la mente:
“DONDE NO HAY LIBERTAD, NO HAY ORADORES,
Y DONDE NO HAY ORADORES NO HAY PARLAMENTO,
Y DONDE NO HAY PARLAMENTO HAY TIRANIA”
¿Entiende ahora por qué yo no me tomé en serio las Cortes franquistas? Aquello, para desgracia del Régimen, no era un Parlamento, aquello era simplemente una Dictadura.)

Aunque, amigo Merino, lo importante de un discurso no es el contenido, aunque lo sea y sea lo que quede para la Historia, lo importante es la voz, la entonación y los gestos del orador. Castelar, según se decía en su tiempo cautivaba por su voz y los tonos que empleaba para resaltar sus palabras y sus argumentos. Igual que Cicerón. Por esa pasión mía por el Arte de la Oratoria cuando fui a Italia con la beca de ampliación de estudios me las arreglé para presenciar los debates del joven Mussolini con la Oposición. Mussolini era un genio de la oratoria. Ahí comenzó mi admiración por él. Oírle hablar era una delicia, aunque no estuvieras de acuerdo con lo que decía. Su voz se te metía en el alma.

(Lo mismo, pensé yo aquella tarde y otras, que me pasaba a mí con la suya. Porque la voz de Don Ramón, incluso en sus últimos años, y hablase de lo que hablase, se colaba de rondón en el alma y te hacía sentir ese placer de la música clásica. Don Ramón no hablaba, Don Ramón interpretaba una cantata de Chopin).

Y claro está Don Ramón destacó siempre como orador, tanto en su profesión de abogado y en los Foros jurídicos como en el Parlamento o cualquier tribuna pública. Un discurso o una conferencia de Don Ramón había que escucharlos con los ojos cerrados y aislados del mundo. Al margen, por supuesto, del contenido, que Don Ramón se lo trabajaba a fondo. “Merino -me decía- la improvisación sin trabajo y estudio previo sólo es un fuego de artificio, algo bonito que pasa sin dejar rastro. Mire usted, ahora que ha salido lo de la improvisación. Ese mismo párrafo que le he mencionado de Castelar, tan aplaudido por los diputados, que lo consideraron como una “improvisación genial", lo tenía tan estudiado que hasta lo había incluido tal cual y mucho antes en su novela “Ernesto”. No, a mí nunca me ha gustado improvisar”.

En su libro de “Memorias” (Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue) Don Ramón describe con pinceladas críticas a varios de los oradores de aquellas Cortes de la República, entre los que destaca a Prieto, el que más, a Azaña, a Calvo Sotelo, a José Antonio, a Cambó y a José María Pemán. De éste último dice en la página 85: “La oratoria de Pemán era fluida, metafórica, brillante y fácil de entender, con la que alcanzó éxito extraordinario como conferenciante. Hablando daba la ilusión de una gran facilidad improvisadora, lo que no correspondía a la realidad, pues, en su misma fluidez sin vacilaciones, se delataba el texto antes escrito y memorizado. LA DISTANCIA ENTRE LA ORATORIA DE TRIBUNA O ESCENARIO Y LA ORATORIA PARLAMENTARIA ES MUY GRANDE. La primera es un monólogo libre que funciona bien cuando se tienen en cuenta las inclinaciones del auditorio, casi siempre adicto. La segunda ha de plegarse rigurosamente a un tema dado; se produce de cara al opositor y con frecuencia debe, al menos en parte, improvisarse. Exige, pues, densidad en la preparación, rigor de conocimientos concretos y flexible prontitud para acomodar la expresión al momento”.

Bueno, pues ese es el objetivo de esta página del FORO de la Fundación: salvar para las generaciones presentes y venideras la VOZ de don Ramón. Es verdad que, para desgracia de la Historia, no han quedado grabaciones de sus intervenciones en las Cortes republicanas ni de sus discursos de la Guerra y la posguerra, pero aquí se mostrarán todas las cintas que encontremos en archivos nacionales o extranjeros. Pasen, pues, y escuchen: la VOZ de Don Ramón es inconfundible.

Julio MERINO

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