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ENCUENTRO FRANCO-HITLER EN HENDAYA
(23 de Octubre de 1940)

En el año 1947, todavía encendidas las pasiones desatadas en la segunda Guerra Mundial, escribí un libro con el título Entre Hendaya y Gibraltar cuya principal finalidad era la justificación de la políticaexterior de España en los años de nuestra guerra civil y durante la Guerra Mundial.

Me esforcé en situar la verdad de España allí donde estaba encasillada la leyenda, pero cuidando mucho de no elaborar otra leyenda; esto es, de nos sustituir una leyenda adversa a España por otra leyenda favorable. A la mentira y a la tergivesación sólo es decente combatirlas honradamente con la verdad, tomando nuestra parte en la culpa y en el error que puedan correspondernos, sin tratar de esconder, como vulgares tramposos, lo que hicimos ni lo que dijimos, pues si no fue todo acertado sí lo fue en lo esencial, y, en todo caso, se hizo ocn el legítimo propósito de servir el interés de la patria, atendidas las circunstancias de entonces.

En la total ausencia de objetividad, fuera y dentro de España, de aquellas horas turbias de pasión, mi tarea resultaba incómoda y arriesgada, pero yo debía intentarla porque a mi juicio era un deber hacerlo así. Mi libro ha sido leído con atención por cuantos historiadores y escritores extranjeros se han ocupado de nuestro drama interno (1936-1939), y hoy es una referencia clásica en todos los trabajos que sobre el tema se publican en el mundo.

El libro fue recibido, aquí y fuera de aquí, con interés, aunque de muy diferente manera: con elogios (algunos inolvidables por su calidad, estimo entre todos el que me dedicó Eugenio d´Ors en su Glosario) y con severos ataque dirigidos más contra mí que contra él, pues de éste, aun los opositores y discrepantes, dijeron todos que era necesario leerlo. Un inteligente periodista francés concluía su análisis del mismo en el periódico Paris Press, con estas intencionadas palabras: “Ahora sería muy interesante que el autor de un libro que lleva por título Entre Hendaya y Gibraltar nos explicara por qué ha silenciado y pasado por alto la célebre entrevista de Hendaya que tuvo lugar entre Hitler y Franco. “Pues bien, ahora, después de tantos años, voy a explicar las razones por las que no he hablado antes de la entrevista Franco-Hitler y a contar cómo fue ésta”

Así, pues, este capítulo tendrá estas dos partes: razones de mi silencio, y narración de la entrevista.

Razones de mi siliencio

 

Diré ante todo y con entera franqueza que en mi libro no mencioné la entrevista porque de ningún modo hubiera querido hacerlo mintiendo o deformando la verdad, y si decía la verdad había en ella un punto que podía entonces ser peligroso para la seguridad de mi país. Si lo hubiera hecho no habría tenido más remedio que hacer una revelación que ahora ya no lo es, puesto que la revelación de lo conocido ya no es revelación. Me refiero al “protocolo” que de allí surgió; un protocolo en el cual, aunque de un modo ciertamente dilatorio y absolutamente condicionado, que le quitaba toda eficacia como luego veremos, España adquiría por primera vez el compromiso formal, aunque sólo fuera en principio, de terminar con su situación de “no beligerancia” para pasar a ser beligerante a favor del Eje. Manteniéndolo secreto -hasta que la oportunidad de publicarlo llegara-, España se adhirió en Hendaya al “Pacto Tripartito” que era la alianza militar.

Cuando yo publiqué mi libro de ninguna manera me constaba que el documento -el “Protocolo de Hendaya”- hubiera llegado a manos de los aliados, pues en ninguna parte había alusión concreta a él incluso cabía abrigar la esperanza de que se hubiera traspapelado o hubiera sido destruido en los archivos alemanes. En tal hipótesis hubiera sido temeraria imprudencia por mi parte, o imperdonable indiscreción, que yo descubriera entonces su existencia; lo que habría tenido consecuencias todavía más graves que el hallazgo del documento mismo por los aliados ya que, a texto perdido, no hubiera podido demostrar que en el mismo se contenían las reservas que de verdad tenía para privarle de todo valor ejecutivo.

Si yo hubiera estado entonces oficiando de historiador, quizá la silenciación del documento habría sido incorrecta, pero yo no procedía en aquella ocasión como historiador sino como político; y debía tener especialmente en cuenta la hostilidad general al régimen político de España -nacido en la guerra y para la guerra-, régimen políticamente excepcional y heterogéneo en relación con las vigencias que se habían impuesto -después de la guerra- en el mundo de nuestra propia tradición y cultura.

Esta circunstancia pesaba en la enemiga del mundo vencedor contra nosotros todavía más que nuestra política exterior durante la conflagación mundial; como lo prueba el hecho de que convertidas Italia y Alemania a la fe política democrática -al orden general impuesto en Europa- ya no se les pidieron más explicaciones por lo que antes hicieran. Las referncias a la anécdota y a la aventura del “Eje”, quedaron de esta forma canceladas para esos dos países. Alemania en cuanto quedó convertida a la fe democrática recibió de los Estados Unidos la ayuda de 4000 millones de dólares. Ya Alemania había dejado de ser “mala” para los vencedores; los “malos” eran sólo los “nazis”.

Una cosa me urge ya decir: que si ahora considero legítimo y oportno -obligado- exponer la verdad histórica en el punto a que se refiere este trabajo (como en otras ocasiones lo haré con motivo de otras omisiones o lagunas de aquel libro mío) nadie debe esperar un testimonio sensacional o apasionante, aunque sí rigurosamente verídico.

En Hendaya -salvo el famoso “Protocolo”- no sucedió nada que no hubiera sucedido ya antes de las conversaciones que yo mismo había mantenido en Berlín; y mucho más dramáticamente (unos días después de la entrevista de Hendaya) en Berchtesgaden, adonde fui llamando “para puntualizarme”, como consecuencia del repetido Protocolo de Hendaya, la fecha en que, según el Estado Mayor alemán, convenía dar comienzo a las hostilidades, empezando con la operación sobre el Peñón; episodios de los que ya di amplia referencia en los capítulos X y XII de mi libro citado Entre Hendaya y Gibraltar publicado hace más de veinte años.

Las diferencias de la entrevista de hendaya con las otras por mí celebradas con Hitler, sus ministros y generales, radian solamente en estos puntos: en Hendaya hablaron cara a cara dos jefes de Estado, provistos ambos de poderes absolutos, mientras que en las anteriores y posteriores entrevistas hablaba yo -por la parte española- como un Ministro o representante sin poder resolutivo que no podía llegar a conclusiones comprometedoras. Y cuando se trataba de planteamientos o decisiones graves tenía yo la escapada dilatoria de decir que necesitaba consultar. En Hendaya, por el contrario -a diferencia de lo sucedido en mis encuentros a Berlín y en Berchtesgaden-, se enfrentaban dos jefes con facultades decisorias; por lo que se produjo como corolario aquel acuerdo donde tomábamos el citado compromiso, siquiera fuera con tales reservas y condicionamientos -repito- que desvirtuaban su eficacia.

Otra diferencia esencial de nuestra postura en Hendaya con respecto a la adoptada en las conversaciones mantenidas por mí en mis encuentros con el Führer y el Gobierno alemán fue ésta: sin desdeñar los argumentos utilizados por mí en diferentes ocasiones, pasaron -con Franco- a primer plano las reivindicaciones españoles en Marruecos, cuya satisfacción consideraba como indispensable para poder justificar, ante nuestro pueblo, la intervención española en la guerra, asignándole así importantes objetivos nacionales.

Este mayor relieve del aspecto reinvindicatorio se explica especialmente teniendo en cuenta la personalidad y la biografía de Franco. Él era, o había sido, ante todo, el hombre de África. En Marruecos había hecho con brillantez indudable toda su carrera y a Marruecos parecía ligado a su destino. Él había sido allí uno de nuestros más calificados combatientes en las numerosas acciones de guerra que se produjeron con ocasión de nuestro Protectorado, y uno de lo más tenaces defensores de la necesidad de permanecer en aquel territorio y continuar nuestra acción protectora (que costó ríos de sangre y de oro), manifestando esa tenacidad, y esa decisión, de un modo enérgico y resuelto -con otros jefes y oficiales, prácticamente sublevados, en el campamento de Ben-Tieb-, frente a frente al general Primo de Rivera, cuando al asumir éste la Dictadura pretendió el repliegue para el abandono de aquella empresa.

En esa empresa marroquí unía e identificaba Franco sus ideales y las necesidades de su país en aquella hora. (El tiempo que todo lo cambia hizo -ironía del destino- que, pocos años después, le tocara a Franco tener que ceder lo que Primo de rivera no pudo abandonar porque ni el Ejército español ni los intereses de Francia lo permitían.) Esta reivindicación que en definitiva no pudimos lograr de Hitler en la segunda Guerra Mundial, demostró muy claramente un fallo en la perspicacia del Führer, a pesar de que pudo comprobar cuán decisiva era la perspectiva marroquí para el Jefe del Estado español en relación con el grave problema de nuestra participación en la guerra, que el Jefe alemán no supo aprovechar.

La verdad es que para nosotros fue un gran regalo este fallo de Hitler, pues si a cambio de acceder a nuestras reivindicaciones de aquellas tierras africanas hubiéramos entrado en la guerra, además de la catástrofe que ésta significa siempre, habríamos perdido, en definitiva, aquellos territorios ambicionados, hoy soberanos.

Al hacer estas previsiones, y otras que irán surgiendo, he de decir que no pienso ni por un momento cometer -a la inversa- la felonía que se quiso cometer conmigo, que en parte se cometió, y que se hubiera consumado, de no haber surgido testimonio irrecursables del propio Estado Mayor alemán contra los mendaces, que venían presentando al Generalísimo y a mí como “el bueno y el malo”; el firme y el entregado; repartiendo así, frente a los vencedores (y también frente a los españoles), cómodamente, los papeles en nuestras relaciones con la Alemania nacional-socialista.

Las inexactitudes, las falsedades interesadas que sobre mi actitud en la Guerra Mundial se pusieron en circulación, han sido desmentidas del modo más categórico por el general Jodl, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Alemania y asesor militar de Hitler (el mismo que en presencia de éste, y por orden suya, nos explicó brillantemente en Berchtesgaden el plan muy elaborado para pasar por España y conquistar Gibraltar), quien dice secamente en su Diario: “La resistencia del Ministro español de Asuntos Exteriores, señor Serrano Suñer, ha desbaratado y anulado el plan de Alemania para hacer entrar a España en la guerra a su lado y apoderarnos de Gibraltar.” Estas palabras están publicadas en todos los periódicos del mundo y reunidas en los documentos de Nuremberg. Y este mismo General, importante figura del Ejército alemán, Jefe de Operaciones del Cuartel General, en su discurso a los gauleiters reunidos en Munich el 7 de septiembre de 1943, me atacó duramente, haciéndome responsable de la frustración de aquel plan para que entráramos en la guerra a su lado, motejándome de jesuítico Ministro de España y diciendo, además, que yo les había engañado. Naturalmente -con más propiedad diríamos que innoblemente-, aquí se hizo lo posible para silenciar aquel texto y otras manifestaciones análogas.

Germanofilia y germanófilos

Algunos, tras de haber sido germanófilos absolutos y serviles en el tiempo de las espectaculares victorias alemanas, tuvieron la desfachatez de manifestar (viéndose perdidos, cuando lo que llegó en lugar de la victoria fue la derrota) que su germanofilia había sido sólo un engaño. Yo, por el contrario, he de repetir lo que ya consigne en otro lugar hace años con motivo de las severas palabras del general Jodl, declarándome culpable de haber desbaratado sus planes, palabras que entonces pudieron favorecerme. Dije antes y repito ahora, que hablar así de mí era una injusticia, porque yo ni les engañé i fui desleal con ellos, fui su amigo sincero; pero lo fui más de mi patria y antepuse la defensa de los intereses de España a toda otra consideración y sentimiento particular, como es natural.

En el libro del inglés Crozier, biógrafo de Franco, se dice “ciertamente los anfitriones nazis de Sererano Suñer debieron encontrar en él un húesped irritante, pues enfrentado con todo el poder y la grandeza del III Reich de Hitler y con las bravatas de Ribbentrop supo permanecer educado pero evasivo. El día 27 de septiembre -tras diez días en Alemania- asistió, como especatador, a la firma de la Triple Alianza que él -Serrano Suñer- rehusó firmar”. Efectivamente en esa fecha, durante mi estancia en berlín, fui insistentemente requerido, y en alguna meddida presionado por los alemanes, para que me adhiriera -y yo me negué; en ningún caso podía haberlo hecho pues no tenía poderes- al Pacto Tripartito (que era la alianza militar para la guerra) firmado por Alemania, Italia y Japón por diez años. Asistí simplemente como testigo a la aparatosa ceremonia que con tal motivo tuvo lugar, y Galeazzo Ciano ha contado en su Diario que nada más llegar a Roma de regreso a Berlín, el 1 de octubre de 1940, yo estaba harto de lo que allí había ocurrido. “Nada más llegar -escribe Ciano, refiriénose a mí -explotó en expresivas invectivas contras loa alemanes por su absoluta falta de tacto en su trato con España.”

La verdad es que entre Franco y yo (que, con diferencias radicales de carácter y sensibilidad, con formacioens distintas, discutimos muchas veces sobres cuestiones generales, políticas y humnas, especialmente por motivos de política interna, cordialmente al principio y con acritud en los últimos meses de mi estancia en el Gobierno), hubo siempre una perfecta compenetración y una identidad de puntos de vista en las referencias a la política exterior (después se contaría lo que se quisiera o conviniera, pero yo conservo largas cartas autógrafas que Franco me dirijió que así lo prueban, y que publico en este libroi), y ambos -con una carga demasiado pesada de responsabilidad sobre los hombros- creíamos que era necesario capear el temporal, dar tiempo al tiempo, satisfacer no sólo con buenas palabras sino también con actos de positiva amistad, que por otra parte era sinceros y debidos -contra todas las estupideces que, en busca de una absolución, luego se han dicho y escrito-, a quien era entonces el dueño de Europa, eludiendo así, en cuanto fuera posible y hasta el último momento, el peligro de adquirir cualquier compromiso que pudiera conducir a España a la beligerancia efectiva, y a nuestro pueblo a desangrarse de nuevo en una guerra cuando acababa de sufrir tanto; tan grave y tan dramáticamente en la guerra civil. Pero era preciso proceder de tal modo que nuestra legítima resistencia no se convirtiera en provocación, puesto que la invasión alemana -que con otra actitud se habría producido fulminantemente- tambien era la guerra, por mucha voluntad de resistencia (más voluntad que posibilidad) que tuviéramos; era la guerra, a su lado si cedíamos; y contra ella si nos poníamos enfrente; y con muy pocas posibiliades de ayuda al campo contrario.

En aquellos días, excepto el general Aranda, todos creíamos a pies juntillas en el triunfo el Eje.

Añadiré que tanto Franco como yo creíamos entonces en la gran probabilidad -en la seguridad- de la victoria alemana, cuando menos en el Continente, donde suponíamos que el III Reich era invulnerable; aunque nose nos ocultaba -y ello reforzaba nuestra resistencia a intervenir en el conflicto- que la guerra sería larga. Mi creencia en punto a la seguridad de la victoria de las armas alemanas se apoyaba principalmente en las opiniones de Franco -que estaba seguro de aquella victoria- a quien yo consideraba como un oráculo infalible en las cuestiones militares. De añadidura los altos mandos militares españoles -los generales Aranda, Muñoz Grandes, Yagüe, don Juan Vigón, Arsenio Martínez Campos, etcétera- opinaban de la misma manera y siguieron todos, con la excepción de Aranda, vaticinando la victoria alemana aun en épocas ya tardías, cuando en Stalingrado fue detenido su avance sobre Rusia. Si pensaban así todavía en vísperas de la débâcle puede el lector imaginar cuál sería su seguridad -y sobre la de ellos la mía- cuando se concertó la célebre entrevista en Hendaya el 23 de octubre de 1940.

Creyendo, pues, ciegamente en la victoria alemana, tuvimos por fuerza, Franco y yo, que prever la necesaria acomodación de España al orden europeo que de esa victoria había de deducirse, y tratar de conseguir en él para nuestro país una situación más ventajosa que la que en el pasado inmediato nos había deparado la hegemonía anglo-francesa.

Ahora bien, esa esperanza estaba sazonada de un cierto temor: el temor a un exceso de victoria alemana, y eso que entonces ignorábamos alguno de los aspectos horribles y negativos del régimen hitleriano. Lo ya entonces sabido y conocido nos bastaba para abrigar ese temor. Por eso yo buscaba -con la censura de muchos de los que entonces era aquí supergermanófilos- una especial aproximación a Italia y, a ser posible, a la Francia que pudiera salvarse a través de Vichy (Pétain, Laval, Pietri), pues ese triángulo latino -Italia, Francia, España-, suficientemente solidarizado, era la única esperanza de que pudiera templarse o moderarse aquel temido exceso de victoria alemana.


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