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Franco y Hitler frente a frente

Después de mis conversaciones en Berlín, el careo de Franco con Hitler era más pronto o más tarde inevitable. Diré que yo no tenía ninguna prisa en que tal entrevista se celebrase y no por creer –lo que hubiera sido legítimo por su evidencia- en el desnivel de recursos dialécticos y de autoridad efectiva en que uno y otro pudieran encontrarse, sino porque teniendo Franco en nuestro sistema político todo el poder carecía, precisamente por ello, del recurso que yo (o en general sus enviados) tenía de acudir a una instancia superior eludiendo las decisiones sobre la marcha. La entrevista fue acelerada por el celo de nuestro Embajador en Berlín Espinosa de los Monteros.
Apenas llegué al Ministerio de Asuntos Exteriores el Embajador me manifestó su disgusto porque pedía insistentemente audiencia al ministro Ribbentrop y éste no le recibía. Como esa situación era anómala e inconveniente, pues en momentos tan críticos -tan peligrosos- necesitábamos una comunicación frecuente con el Gobierno alemán, en mi primer viaje a Berlín traté este tema con aquel Ministro para que tomara contacto con nuestro Embajador, pero Ribbentrop me contestó con unas vaguedades -para ellos fuera del nacional-socialismo no había nada- poco satisfactorias para el embajador, por lo que comprendimos que, pese a su elegante alemán, dada la actitud del Ministro, no iba a ser la persona adecuada para conducir allí unas negociaciones tan delicadas y complejas en la línea de "amistad y resistencia" a la vez, en la que teníamos que desarrollar nuestra relación con aquel Gobierno.

No le oculté al interesado mi pensamiento y creyendo sin duda que se trataba de una idea personal mía, inició una doble operación ante los servicios del Estado alemán y en el ambiente de El Pardo. Para los alemanes no había más que reacuñar la leyenda elaborada en Salamanca -cuando estaba allí el Cuartel General del Generalísimo- por los elementos más exaltadamente germanófilos -¡"entonces"!- que me presentaban como poco entusiasta o adicto a su causa y como el "ex diputado católico lleno de prejuicios y de reservas clericales y liberales, y como el amigo sólo de Italia". En una palabra yo no era, según ellos, "el hombre de Alemania". No era, pues, se les decía, ésta, la línea conveniente para llegar a un acuerdo que sólo se podría lograr en la comunicación directa del Führer con el Generalísimo.

(Y la verdad es que yo no era el hombre de Alemania ni lo fui nunca en el sentido servil en que los poderes fuertes suelen exigir de sus amigos. En una ocasión hablando el Führer a su Embajador en Madrid Von Stohrer -cuando éste, noblemente, me defendía de los ataques y quejas que contra mí llegaban a Berlín desde España, y desde la misma Embajada española en la capital del Reich, y le aseguraba que yo era un verdadero amigo-, Hitler le replicó: "Bien, será amigo nuestro el ministro Serrano Suñer pero yo preferiría un Ministro menos amigo y en cambio más dócil.")
En los ambientes de El Pardo, concretamente a la familia, decía el Embajador que "yo quería monopolizar el poder y quitar al Generalísimo la 'gloria' de la amistad y la estimación del Führer". Así, de esta manera, perdía yo el carácter de cómodo colaborador que preparaba situaciones convenientes -o contribuía a soslayar dificultades o peligros- para convertirse en "el usurpador" que desplazaba al Jefe con daño para él y para nuestras relaciones con el país todopoderoso. Más tarde comprobé que aquella siembra de recelos, que de momento no mereció mi atención, estaba destinada a dar sus frutos.

El retraso en llegar a Hendaya fue involuntario, motivo de irritación para Franco, y sólo de ocho minutos

Hechas estas necesarias referencias de ambiente, volvamos al encuentro de Hendaya que yo no había deseado entonces y que me inspiraba no pocas inquietudes, aunque ninguna, claro es, en relación con la actitud de Franco, seguro de nuestra identificación en el común deseo de no aventurar ningún compromiso que nos condujera a la guerra. Juntos los dos (como antes y después para las otras entrevistas mías) preparamos y ordenamos los datos y argumentos que se habían de esgrimir en ella. Fijada para su celebración la fecha del 23 de octubre de 1940 fuimos a la frontera con Francia en el break de Obras Públicas enganchado a un tren especial. Nos acompañaban el general Moscardó, Jefe de la Casa Militar, el jefe de Protocolo del Ministerio de Asuntos Exteriores barón de las Torres; Antonio Tovar, Enrique Giménez-Arnau, Vicente Gallego, algún periodista más y los ayudantes de servicio del Generalísimo. En el viaje no sucedió nada de particular salvo el normal repaso de datos y argumentos en el saloncito del break y... el pequeño retraso con que llegó nuestro tren a Hendaya -ocho o nueve minutos que determinó en Franco el natural disgusto.

Un matiz de leyenda en que se transformó la realidad de la entrevista de Hendaya, para magnificarla, quiere ahora -que el tren llegó con un gran retraso -más de una hora- y que este retraso fue calculado y dispuesto por la astucia del Generalísimo. La cosa es enteramente contraria a la verdad y además grotesca y casi ofensiva.

Ni a Franco ni a nadie que no estuviera loco se le hubiera ocurrido que, en aquellas circunstancias, fuera preparación adecuada para una entrevista tan delicada y de tanta responsabilidad cometer, adrede, una desatención tan tosca (que hubiera sido peligrosísima y gravemente imprudente) y poner así de mal humor o irritar a persona tan poderosa como la que nos esperaba. Sin duda, al cabo de los años, las gentes que están dispuestas a creer todo lo que les conviene, han olvidado ya el desastre que eran los tendidos de vía, el material rodante, y la organización de nuestro dispositivo ferroviario después de la guerra civil. Parecerá ahora inverosímil que un tren especial ocupado por el Jefe del Estado no pudiera alcanzar un funcionamiento regular para cumplir con toda exactitud, en tan corto trayecto -Pasajes a Hendaya-, el horario previsto; pero ésta era la verdad.

Llegamos con un pequeño retraso a Hendaya porque aquel tren que arrancaba violentamente, dando grandes sacudidas, no estaba en forma deseable, como tampoco las vías ni los servicios del trayecto. Soy testigo de que aquello causó a Franco el disgusto que era la reacción de un hombre normal y responsable. Por lo demás es hora de insistir que nuestro retraso fue pequeño, pues llegamos a la estación de Hendaya a las tres y media de la tarde y el tren especial que conducía a Hitler había llegado sólo diez minutos antes, como puede leerse en la prensa española y extranjera del día siguiente.

Al fin y al cabo era normal que Hitler, que era quien nos había convocado a una entrevista en territorio francés (que él ocupaba y podía considerarse su domicilio accidental) llegara antes que sus invitados y los esperase algunos minutos. Durante muchos años se han repetido y celebrado en la prensa estas inexactitudes y se han contado toda clase de disparates y fantasías. En un artículo publicado en un importante periódico de Madrid con la firma de Víctor Alexandrox se insiste en el gran retraso del tren, con la novedad de combinarlo con la noticia de que el tren donde nos reunimos en Hendaya estuvo a punto de ser volado por la acción de un grupo de dinamiteros y con otras manifestaciones igualmente falsas y absurdas, como que "la conversación entre Hitler y Franco duró diez horas", y que Franco prometió allí que "caso de conflicto con la URSS los más valientes hijos de Castilla y Aragón –¿por qué no catalanes, andaluces, gallegos, etcétera?- participarían junto a los alemanes en la santa cruzada contra el bolchevismo. Esta unidad llevaría el nombre de División Azul". Cuando la verdad es, como luego veremos, que no se habló para nada de este tema.

Mentiras de tan grueso calibre han circulado con toda facilidad por el país. Para las personas serias, honradamente interesadas en conocer la verdad histórica, recordaré que cuando la entrevista Franco-Hitler tuvo lugar en Hendaya las relaciones germano-rusas eran buenas; veintitrés días más tarde Molotov, Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y Ministro de Negocios Extranjeros, visitaba Berlín por invitación del Gobierno del Reich como consecuencia del "pacto de no agresión" concluido el año anterior; y en el comunicado de las conversaciones que se dio a la prensa se manifestaba haber llegado a un acuerdo mutuo en todas las cuestiones importantes que interesan a Alemania y a la URSS. Ni siquiera Molotov había planteado a Hitler la aspiración de Stalin de tener manos libres en la Europa oriental. Incluso meses más tarde Stalin consintió en desinteresarse de Grecia y fue entonces cuando manifestó su interés concreto por Yugoslavia.

Llegada a Hendaya

Pero sigamos con nuestro relato: la estación de Hendaya estaba engalanada con banderas de España y Alemania. En el andén formaba un batallón para rendir honores con bandera y música. Al detenerse nuestro tren Hitler, Ribbentrop y el mariscal Von Brauchitsch con su séquito llegaron hasta el pie del coche salón del que Franco descendió y los dos jefes de Estado, tranquilos y sonrientes, cambiaron un saludo muy expresivo y afectuoso. Una vez revistadas las fuerzas que rindieron honores Hitler nos invitó a subir al histórico salón de su tren especial -donde tantas otras conferencias habían tenido lugar- y allí, a las cuatro menos veinte, hora española, quedamos reunidos.

Era el tren de Hitler harto más moderno y cuidado que nuestro desvencijado break. Tomamos asiento en el salón Hitler, Franco, Ribbentrop, yo y dos intérpretes. Por la parte alemana actuó como tal, una vez más, el intérprete oficial para español del Führer, llamado Gross que ya había intervenido, con este carácter, en mis numerosas conversaciones anteriores de Berlín y que parecía un buen hombre -de poca cultura- que había aprendido nuestro idioma durante su actividad de vendedor de mercancías alemanas en América. Este hombre nunca se enteraba más que a medias del sentido de lo que decíamos y traducía, con muy deficiente castellano, del modo más aproximativo y rudo, incapaz de trasladar correctamente ni un solo matiz de los diálogos. (En aquella ocasión el profesor Tovar, que en anteriores ocasiones actuó de intérprete, unas veces solo y otras junto con el barón de las Torres en mis conversaciones con Hitler y el ministro Ribbentrop, no estuvo presente; contrariamente a lo que se ha repetido algunas veces.

Es cierto que Tovar fue con nosotros a Hendaya, pero no estuvo en la conferencia. Yo lo llevaba conmigo pensando poder contar con su valiosa colaboración. En algunas de mis anteriores entrevistas con los alemanes dispuse de dos intérpretes: el barón de las Torres y el profesor Tovar. Pero en Hendaya se nos dijo que como el Führer tenía un solo intérprete, de ninguna manera podíamos nosotros tener dos; por lo que hubo que prescindir de Tovar -quedando en la estación con las otras personas que componían nuestro séquito- aunque nos acompañó en el tren en los viajes de ida y vuelta.) No estuvieron tampoco presentes en las conversaciones los embajadores Von Stohrer ni Espinosa de los Monteros. No lo estuvieron nunca tampoco en las conversaciones que tuve con Hitler.

Saludos y cortesías entre Franco y Hitler

Para empezar, el Generalísimo Franco manifestó la satisfacción que le producía encontrarse por primera vez con el Führer a quien de nuevo quería expresar su gratitud por la ayuda que Alemania prestó a España durante la guerra, y Hitler contestó que también para él era muy grato encontrarse con el Caudillo y ensalzó la gesta del pueblo español que a sus órdenes había sabido enfrentarse con el comunismo. Y en este su preámbulo terminó diciendo que era muy importante la reunión de los dos jefes en aquel momento de la guerra en Europa en que Francia acababa de ser derrotada.

Esto dicho, Hitler expuso con amplitud, con precisión y algún efectismo, la situación de los acontecimientos, militares, y sus planes sobre la integración europea en un nuevo orden político en el que España no podía dejar de ocupar un puesto relevante. En este punto reiteró ideas y consideraciones muy conocidas a través de sus discursos y de sus escritos que cualquier lector medianamente informado conocerá, y no voy a repetir ahora. Diré simplemente que lo hizo de una manera demasiado propagandística y lisonjera. De aquí derivó al objeto de la entrevista en términos bastante concisos. Era preciso, dijo en síntesis, que España participase en el esfuerzo común y contribuyese activamente a la victoria del Eje, presupuesto del nuevo orden político en el que se nos ofrecía un lugar destacado. Alemania necesitaba saber -dijo- hasta qué punto y en qué condiciones podía contar con la participación activa de las armas españolas y con las ventajas estratégicas de su territorio y de los objetivos que ya habían considerado sus Estados Mayores. Habló, muy cautelosamente, de la necesidad de salvaguardar la costa africana para la que España era paso obligado. Hizo una exposición minuciosa de cuantos acontecimientos importantes habían ocurrido en los meses anteriores que dieron origen a la guerra mundial, afirmando que él no había querido la guerra pero que se había visto obligado a aceptarla con todas sus consecuencias.

Dijo Hitler, prepotente: "Yo soy el dueño de Europa y como tengo a mi disposición doscientas divisiones no hay más que obedecer." (Se refirió al gran triunfo de las armas alemanas y textualmente, el barón de las Torres, en función –repito- de intérprete español tomó literalmente la frase.)

Tres cosas preocupaban al Führer: Gibraltar, Marruecos y Canarias

Aseguró que el aniquilamiento de Inglaterra era cuestión de muy poco tiempo y que le interesaba tener sujetos los puntos neurálgicos que el enemigo pudiera intentar utilizar y por ello había querido celebrar esta conversación con el Caudillo, pues en varios de aquellos puntos España estaba llamada a desempeñar un papel muy importante, y que suponía querría desempeñar, ya que si dejaba pasar esta oportunidad no se le volverá a presentar nunca más. Y con este motivo manifestó que tres cosas le preocupaban: Gibraltar, Marruecos y Canarias.

Al pasar a tratar de Gibraltar dijo que era cuestión de honor para el pueblo español reintegrar a la patria ese pedazo de suelo que está todavía en manos extranjeras, y que por su situación privilegiada en el Estrecho era el punto de apoyo más importante que para la navegación por el Mediterráneo tienen los aliados y que, por tanto, hay que ir tomando en consideración la necesidad de que se cierre el Estrecho, ya que entre Ceuta y Gibraltar en manos españolas, sería imposible la navegación.

Atacó el segundo punto referente a Marruecos, diciendo que España, por su historia y por otros muchos antecedentes, es la llamada a quedar en posesión de todo el Marruecos francés y de Orán, y que, desde luego, si España entraba en la guerra al lado del Eje, en su día se le daría satisfacción, pero Hitler -"muy escrupuloso"- le dijo que para ofrecer esas cosas que Franco le pedía era preciso tenerlas en la mano y como no las tenía no podía disponer de ellas.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias manifestó que aunque estaba convencido de que los Estados Unidos no habían de entrar en la guerra, "pues no tienen intereses de gran envergadura en ello", no así los ingleses, "que aunque sufren de una situación precaria actualmente, en cualquier golpe de mano podrían hacerse con ellas y sería, desde luego, un golpe muy fuerte contra la campaña submarina que con toda eficacia se está llevando a cabo".

Terminó insistiendo en que había llegado la hora de que España participara en la guerra para tomar luego su puesto en el nuevo orden europeo. Hitler le recordó que durante la guerra civil española había estado siempre espiritual y materialmente a su lado, se había enfrentado con las mismas dificultades con que él se encuentra para el triunfo del nacional-sindicalismo, y que los mismos enemigos que Franco había tenido y tiene son los suyos también.

Habla Franco

Bajo esa coacción moral tomó Franco la palabra para decir que España estaba unida a Alemania con amistad enteramente franca y leal. En nuestra guerra, añadió, "los soldados españoles lucharon junto con alemanes e italianos y de ahí nació entre nosotros la más estrecha alianza, que seguirá en el futuro porque nadie podrá romperla y con gusto estaríamos luchando ya al lado de Alemania si no fuera por las dificultades económicas, militares y políticas que el Führer conoce". Hemos empezado -continuó diciendo- con grandes dificultades a prepararnos. Es un hecho que nuestra aproximación al Eje es cada vez mayor como lo demuestra el haber pasado de nuestra actitud anterior a la de "no beligerancia", favorable a las potencias del Eje; exactamente igual a lo que hizo Italia el pasado año antes de entrar en la guerra.

Protegiéndose como escudo con estas palabras, entró Franco en el fondo de los problemas, haciendo una exposición extensa y prolija, envolviendo su exposición en anécdotas, digresiones y repeticiones. Manifestó su conformidad con los puntos de vista que Hitler acababa de exponer en relación con el alcance político y económico de la lucha en que Alemania estaba empleada con tanto heroísmo, y repitió que únicamente nuestro aislamiento y la carencia de los medios más indispensables para la vida nacional habían imposibilitado nuestra acción. Igualmente estuvo de acuerdo con que la expulsión de los ingleses del Mediterráneo mejoraría la situación de nuestros transportes, aunque no podría solucionar todos los problemas del abastecimiento de España porque muchos productos y primeras materias de los que carecíamos no se encontraban tampoco en el área mediterránea. Se refirió luego a las reflexiones que Hitler había hecho con respecto a la operación sobre Gibraltar y agradeció muy expresivamente los elementos modernos que le ofrecía y que consideraba necesarios y de gran eficacia, explicándole por su parte los trabajos que discretamente se iban realizando.

Mostró de la misma manera su conformidad a la tesis hitleriana de que la caída de Gibraltar aseguraría el Mediterráneo occidental, alejando todo peligro, salvo los que transitoriamente pudieran derivarse de un éxito de De Gaulle en sus propósitos de insurrección en Argelia y Túnez; "una concentración de las tropas españolas en Marruecos, dijo, obligará a los franceses a mantener allí unos efectivos importantes inactivos que no pueden así acudir a otros sectores". Participó, asimismo, de sus puntos de vista en relación con la eficacia de los aviones en picado en la defensa de costas, así como la imposibilidad de intentar el artillado permanente con material pesado. (Llegado a este punto hubo una aclaración entre los dos, sobre el calibre del material móvil que se necesitaba, con referencia a cartas que anteriormente se habían cruzado, y que yo no entendí del todo bien.)

Franco continuó luego y se refirió a la que entonces se llamaba Batalla de Inglaterra que consideraba fundamental, e inquirió las causas de la escasa actividad alemana por aquellos días y Hitler le interrumpió diciendo unas cuantas vaguedades -nada convincentes- y asegurando que a su debido tiempo se daría victoriosamente esa batalla.

Franco hizo cuanto pudo para mantener nuestro difícil equilibrio

Franco hizo en la Conferencia de Hendaya todo cuanto pudo para mantener nuestro difícil equilibrio frente las presiones de Hitler y repitió los datos y argumentos que, de acuerdo con él, había yo anticipado en Berlín, en varias conversaciones con el Führer y Ribbentrop. Cierto que las mismas cosas dichas por él tenían mayor valor, porque era el dueño de las decisiones, pero la verdad es que siguió en todo la misma línea argumental que en común teníamos ya anteriormente establecida y expuso con prolijidad los datos por ambos preparados, y, muy ampliados por él, en lo referente a problemas militares; estos exclusivamente suyos, como materia de su especial competencia.

Fue algo más sumario de lo que yo había sido en mis anteriores conversaciones con los alemanes en lo que se refiere a la descripción de las dificultades psico1ógicas derivadas del cansancio y del destrozo moral que la guerra civil causa en nuestro pueblo, pero mucho más extenso e insistente en relación con el programa de nuestras reivindicaciones africanas.

Abrumadora insistencia de Franco en el tema de nuestras reivindicaciones africanas

Al abordar este tema comenzó Franco agradeciendo a Hitler las palabras que éste, cínicamente, había pronunciado de tratar en el futuro sus aspiraciones en el Marruecos francés y el Oranesado.

La verdad es que esto, y sus opiniones sobre las operaciones y cuestiones militares, fueron las aportaciones nuevas que Franco hizo en Hendaya a nuestros planteamientos dilatorios, que Hitler ya conocía. Yo había insistido en anteriores conferencias en la necesidad de dar –llegado el caso- un verdadero objetivo nacional -expansionista- al sacrificio que se nos pedía; Franco se extendió mucho más en la reivindicación de la zona francesa de Marruecos y el Oranesado, poniendo -pese al entrecortamiento de su oratoria-, toda la pasión acumulada que el tema suscitaba en un militar de su brillante historia; en un militar específicamente africano y colonialista. Franco expuso el problema en todas sus dimensiones y en todos sus antecedentes: la suma de sacrificios que a España había costado Marruecos para que luego el mayor beneficio cayera sobre Francia. Razonó que con sus aspiraciones en el norte de África España no hacía más que reivindicar lo que por la misma naturaleza de las cosas le correspondía, pues España era el país europeo más próximo, con mayores afinidades geográficas y con mayores razones históricas, todo lo cual hacía legítimo, a su juicio, en nosotros, lo que en el caso de Francia no fue sino una intromisión favorecida por el ambiente mundial democrático y plutocrático contra el cual -añadía- "no habían reaccionado adecuadamente los torpes Gobiernos españoles de la época liberal y masónica, durante la Monarquía, siempre sometidos a las indicaciones de Paris y de Londres quienes llegaron a la entente cordiale también en relación con nuestros intereses y derechos en Marruecos a la vez que forjaban una arma contra Alemania". Y explicó a Hitler que, parte de lo que España reivindicaba, ya había sido antes reconocido a nuestro país por Tratados internacionales, pero que aquellos Gobiernos débiles de la Monarquía –Gobiernos liberales- cedían siempre ante las exigencias francesas. (Más tarde, días después de la conferencia, volviendo Franco sobre el tema, le escribió una carta diciéndole que "bien" estaba que el nuevo orden que Hitler quería implantar estuviera presidido por la justicia pero no quisiéramos que la justicia que se hiciera a Francia -país siempre enemigo de Alemania- se hiciera a expensas de nuestro derecho.)

Después, de manera minuciosa y detallista, pasó revista, Franco, al estado de nuestra industria, nuestros transportes, nuestra situación agrícola, nuestro sistema de racionamiento y nuestras dificultades con el comercio y los transportes internacionales. El resumen de todo aquello, que de propósito habíamos calculado en cifras exageradas, resultó abrumador. Se demostraba así que para poner a España en situación de combatir era necesario dotarla de todo, y hacernos desde Alemania una transferencia de recursos que de ningún modo podía esperarse como no fuese a plazo larguísimo.

No hay duda de que habíamos acertado -otra vez- en presentar la intervención española como una empresa cara. No se habló en la entrevista de la utilización del territorio español como tierra de mero pasaje ni de la cesión de bases en Canarias, pues tales hipótesis habían sido enérgicamente descartadas por mí en las anteriores conversaciones de Berlín donde, al escuchar yo estas peticiones, me puse en pie -como ya es sabido- para regresar a España cortando las conversaciones que sólo continuaron al retirar expresamente el Ministro alemán aquella petición que un español, por amigo que fuera, no podía oír; con lo que la cuestión había quedado tácitamente resuelta. (Publico en este libro la carta autógrafa de Franco felicitándome por mi actitud.) En lo que se refiere a las Islas Canarias y del posible peligro de un ataque por parte de los aliados, Franco, en su contestación, dijo que no creía en eso pero, desde luego, reconoció que aun cuando existían en las Islas elementos para su defensa no estaban a la altura de las circunstancias porque el armamento que allí había no era eficiente. Hitler le interrumpió diciendo que Alemania enviaría las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias y los técnicos encargados de montarlas y enseñar su manejo.

Cuando Franco trató con abrumadora amplitud el tema de las reivindicaciones españolas en Marruecos, pidiendo sobre esto un compromiso formal y previo para participar inmediatamente en la guerra, Hitler puso muchas objeciones, y no se comprometió a nada porque ello hubiera destruido su política de aproximación con la Francia de Vichy y deja, como ya antes manifestara, el tema abierto para... después de la victoria, pues tenía concertada para el día siguiente una entrevista con el mariscal Pétain en Montoire.

En relación con Gibraltar y con el cierre del Estrecho, al ocuparlo nosotros, Franco manifestó que consideraba que también tenía importancia el cierre por el canal de Suez que traería aparejada la inutilidad para los aliados del estrecho de Gibraltar, y con ello el Mediterráneo quedaría convertido en un mar muerto. (Este argumento de Franco lo utilicé yo –de acuerdo con él- dos semanas más tarde en Berchtesgaden al oponerme a la operación "Félix".)

Hitler se aburre. "Con estos tipos no hay nada que hacer"
Hitler había escuchado la exposición de Franco, al principio con atención. Pero después, especialmente en la parte detallista sobre la pésima situación de nuestra economía a que acabo de referirme, estuvo distraído y como cansado, bostezando con desenfado algunas veces. Se perdían las esperanzas de un resultado positivo en su entrevista con Franco que alguien, presentándole a él como "el bueno" y a mí como "el malo", le había hecho concebir. Por fortuna fuimos "malos" los dos; Franco también.

No obstante, Hitler ordenó a Ribbentrop que nos entregara el documento que llevaban preparado para la firma, con objeto de que lo estudiáramos y propusiéramos enmiendas. Al llegar a este punto Hitler, dando por terminada la primera parte de la conferencia, se puso en pie y cuando ya salíamos del saloncillo de su tren para trasladarnos al nuestro, el barón de las Torres, que salía el último, oyó que Hitler, dirigiéndose a Ribbentrop, nos dedicaba palabras despectivas, algo así como "con estos tipos no hay nada que hacer", "Mit diesen Kerlen kann man nichtsmachen". (Luego posiblemente vendría lo de preferir arrancarse las muelas, etcétera, todo eso que Schmidt cuenta en su libro, pero mientras estuvimos reunidos no se produjo nunca con destemplanza.)

Mi momento de inquietud. Un monumento al torpe intérprete alemán

Al terminar la entrevista, durante unos segundos, tuve un momento de inquietud cuyo motivo voy a explicar: conocida es la costumbre española de proferir en las despedidas o en los encuentros frases formularias, convencionales, que ni para el que las pronuncia ni para el que las oye tienen valor de verdad; "le llamaré por teléfono", "tenemos que reunirnos", "venga un día a comer", "disponga de mí para lo que guste", "ésta es su casa", etcétera. Pues bien, como la entrevista había resultado un poco pesada y se había forcejeado en ella, Franco deseaba poner un colofón de la mayor cordialidad a la misma y, ya en pie, cogió con las dos suyas la mano grande que Hitler le tendía, y sonriendo, y, en la línea de aquella costumbre convencional española de inoperante cortesía a que me he referido, le dijo: "A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara me tendría incondicionalmente a su lado, y sin ninguna exigencia." Yo tuve el temor de que el intérprete alemán tradujera estas palabras, y de que aquella fórmula, vaga y convencional, fuera oída y tomada al pie de la letra por Hitler que no estaba al tanto de estos cumplimientos españoles. Por ventura el intérprete Gross o estaba distraído o, dándose cuenta de que se trataba de una fórmula cualquiera de cortesía, no tomó en consideración estas palabras de Franco y no las tradujo.

Por mi parte creo que esta feliz inhibición del intérprete impidió que Hitler, que era un buen actor, estrujase en sus brazos a Franco y, contestándole que comprobaba emocionado que era un verdadero amigo, se apresurase a decirle que el momento había llegado ya. Es probable que en ese caso Franco hubiera explicado el alcance de sus palabras y resistido de nuevo; pero también lo es que la irritación de su interlocutor hubiera hecho más difíciles las cosas.

Por ello cuando muchos años después nos hemos referido a este episodio hablando con diplomáticos de la República Federal -que también lo conocían- durante un almuerzo que en Bad Godesberg -en el hotel "Peters Berg"- me ofreció mi amigo Hansi Welczeck, segundo Jefe de Protocolo de la República Federal, éstos comentaron sonrientes -con humor alemán- que "debíamos, en justicia, conmemorarlo con un monumento al intérprete Gross".

Los ojos de Hitler brillaban impacientes cada vez que Franco daba su opinión sobre temas militares

Así, pues, allí y entonces, Hitler no dio ninguna de las muestras de irritación y destemplanza a que Schmidt -que ni sabía español ni estuvo en esta conferencia- se ha referido, aunque tengo por cierto que luego -cuando nosotros ya nos habíamos retirado- se produjeron. Durante la entrevista, en los ojos de Hitler sólo brilló la impaciencia en los momentos en que Franco, tal vez sin darse cuenta, al dar su opinión -no solicitada- sobre las campañas militares alemanas, tanto sobre las ya concluidas como sobre las que estaban en curso y sobre sus avatares futuros, lo convertía en doctrino de su ciencia de estratega profesional.

Yo imagino que en esos momentos Hitler -el vencedor de la gran batalla de Francia- estaba pensando que Franco, lo mismo que algunos de los mariscales, no olvidaba que él era sólo un dilettante, un cabo, un novicio en las artes militares, convertido en "Comandante general del Ejército" a quien convendría dejarse guiar por la suficiencia de los expertos. Que esto sublevaba a Hitler de un modo especial lo sabemos por muchos testimonios; por lo que no es de extrañar que la entrevista resultase para él tan fastidiosa como, al parecer, manifestó en alguna ocasión.

De una y de otra parte todo esto eran palabras; lo grave fue que Hitler y Ribbentrop nos presentaron el protocolo que traían redactado en el que se pretendía en términos claros e inequívocos que España se comprometía ya a entrar en la guerra cuando Alemania lo considerase oportuno. Argüimos, por nuestra parte, que no habiendo sido ésas exactamente las consecuencias de la entrevista, el texto resultaba inadecuado y el acto mismo del protocolo prematuro. En conclusión, no aceptamos. Entonces Hitler propuso que nos retirásemos a nuestro tren para reflexionar y que luego hablase yo con el ministro Ribbentrop.

Eran las seis y media de la tarde cuando abandonamos el tren de Hitler y volvimos al nuestro para hablar nosotros separadamente. Fue allí donde Franco se mostró con toda razón indignado ante aquel documento que los alemanes traían preparado con la pretensión de empujarnos a la guerra sin darnos ninguna compensación. "Es intolerable esta gente -me decía-; quieren que entremos en la guerra a cambio de nada; no nos podemos fiar de ellos si no contraen, en lo que firmemos, el compromiso formal, terminante, de cedernos desde ahora los territorios que como les he explicado son nuestro derecho; de otra manera ahora no entraremos en la guerra. Este nuevo sacrificio nuestro -decía Franco- sólo tendría justificación con la contrapartida de lo que ha de ser la base de nuestro Imperio. Después de la victoria, contra lo que dicen, si ahora no se comprometen formalmente no nos darían nada."

Media hora más tarde volví yo al tren alemán para hablar con Ribbentrop, para repetirle que no podíamos aceptar el protocolo; y para redactar un vago comunicado oficial de la entrevista que luego fue entregado a la prensa.

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