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Lunes día 21 de octubre de 2013, 18:00 h.

Primera conferencia:

SERRANO SUÑER: TRAYECTORIA VITAL DE UN HOMBRE DE SU TIEMPO.

Por Juan Van-Halen (ver biográfia)

Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, fundada en 1871.

No es una cifra redonda: la llamada “Entrevista de Hendaya” entre Franco y Hitler se celebró casi exactamente hace setenta y tres años, tal día como pasado mañana. Sin embargo, pese a no ser un guarismo de especial significado -ni cincuenta, ni setenta y cinco, ni cien años- el aniversario de aquel acontecimiento histórico es el motivo por el que la Fundación Ramón Serrano Suñer organiza estas Jornadas que ahora se abren, en colaboración con la Universidad CEU-San Pablo. Debo iniciar mis palabras agradeciendo a Fernando Serrano Suñer, presidente de la Fundación, y a su codirector, mi viejo amigo y compañero Julio Merino, su invitación a participar en esta recapitulación sobre la vida y la obra de aquel español singular en sus plurales actividades, tan ricas y tan presentes en el extenso periodo en que nuestro protagonista pasó por este mundo.


El conferenciante D. Juan Van-Halen en un momento de su disertación.

Debo aclarar que a lo largo de mi intervención utilizo el segundo apellido de nuestro protagonista sin acentuar la primera sílaba porque es así, Suñer, como él lo pronunciaba y ésta la grafía que empleaba. Palabra aguda y no llana. Sin embargo, es común el uso de la versión acentuada: Súñer.

Cuando me planteé esta intervención, que habría de intentar ser un reflejo biográfico global que sirviese de introito al estudio de las diferentes facetas del personaje a través de las ponencias de los cinco días de estas Jornadas, a la hora de proponer el título no dude: “Serrano Suñer: trayectoria vital de un hombre de su tiempo”. Nuestro protagonista fue nada menos que eso: un hombre sometido a las circunstancias de un tiempo, el que le tocó vivir, convulso y lleno de aristas. Comprometido con esas circunstancias que él no creó pero que le condicionaron orteguianamente, Serrano Suñer respondió con coherencia y con dignidad. La coherencia y la dignidad conformaron la columna que vertebró su vida. Su trayectoria vital, entendida con sentido histórico, dibuja una continuidad sin saltos en el aire. Como en el inicio del verso que Jorge Manrique dedicó a la divisa de su linaje, bien puede encerrarse la vida de Serrano Suñer en las mismas cinco palabras: “Ni miento ni me arrepiento”.

Precisamente por ser un hombre de su tiempo han errado quienes de una manera u otra, con mejor o peor fortuna y con intención recta o mala fe, han juzgado a Serrano Suñer desde las circunstancias de nuestro tiempo, sin situarse en las circunstancias de aquel tiempo suyo, tan distinto. En el ejemplar de sus “Memorias”, que llevaban el significativo antetítulo “Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue”, me advirtió, en amable dedicatoria, que me ofrecía “estas páginas de Historia, frente a su falseamiento y a la ligereza con que por ignorancia -casi peor con mala fe- tantas veces se escribe”. Y era cierto. La ignorancia, la ligereza y en ocasiones la mala fe han sido la vestimenta común que ha cubierto para cierta historiografía la estatura social, política e intelectual de Serrano Suñer.

Este hombre de su tiempo selló su destino a través de aconteceres que marcaron su vida, como le ocurre a todo ser humano. Y esos aconteceres le llevaron a veces por caminos impensados que, en todo caso, a menudo pusieron a prueba su voluntad, tensaron su carácter, dieron vuelo a su clara inteligencia, y nunca le llevaron a caer ni fugazmente en la indignidad, en el descreimiento de sus principios, ni en un entendimiento ligero o frívolo de la existencia. “Ni miento ni me arrepiento”, como la divisa manriqueña.

Para centrar lo que ha de esperarse de esta intervención, hay que convenir que para que Serrano Suñer fuese lo que fue, en la fragua de su personalidad, habrían de darse desde su adolescencia circunstancias íntimas y externas que aparecen nítidas, como jalones, para cualquier observador de su vida.


Vista parcial del público asistente.

Anotaré algunas de estas circunstancias: El carácter y la influencia de su padre; la huella intelectual y moral que le dejó su profesor del Instituto don Luis Revest; su decidida vocación por el Derecho contra el deseo de su padre; su íntima amistad con José Antonio Primo de Rivera; su matrimonio con Zita Polo, hermana de la esposa de Franco; su entrada en política como diputado derechista por Zaragoza; el asesinato de sus hermanos José y Fernando en el trágico Madrid de la guerra; su decisiva colaboración con su concuñado Franco en la conversión de una realidad campamental en un Estado de Derecho, hasta entonces incierto; su protagonismo en la unificación bajo la jefatura de Franco de las fuerzas políticas sublevadas; su amistad estrecha con Dionisio Ridruejo que duraría hasta la muerte de éste; su declarada simpatía hacia Mussolini y su evidente recelo hacia Hitler; su temor ante una invasión alemana de España que hábilmente alejó; su trascendente papel en la no beligerancia española en la Segunda Guerra Mundial; su creación de la llamada “División Azul” para aplacar a Berlín; su defenestración política; sus arriesgados pero inútiles consejos al Jefe del Estado en su célebre carta del 3 de septiembre de 1945 en la que le apuntaba la necesidad de una “evolución política” y de un “plebiscito popular” que desembocase en “la Monarquía nacional tantas veces anunciada”.

Su destino le marcó como hombre de su tiempo y tuvo que padecer una deformación histórica, como él me expresaba en aquella dedicatoria de sus “Memorias”: un falseamiento por ligereza, ignorancia o mala fe. Enmarcado en la Historia, desde la perspectiva de este 2013, Ramón Serrano Suñer aparece como uno de los personajes principales del siglo XX español que vitalmente llenó. Desde su nacimiento en 1901 a su muerte en 2003, pocos días antes de cumplir 102 años de edad. Con la cabeza perfectamente amueblada, con la curiosidad latente, con un agudo sentido de la Historia, había visto tantas cosas y había sido testigo de tantas mudanzas que probablemente a esas alturas ya no le sorprendía nada.
Porque toda visión sobre un personaje histórico que quien la aventura ha conocido tiene siempre que ver no poco con el poso dejado por ese trato personal, acaso no sea inoportuno recordar cómo se inició mi interés por Ramón Serrano Suñer, que fue muy temprano y que tiene que ver con mis también tempranas lecturas históricas. El personaje me atrajo desde que tuve noticia de él, y sabiendo que era un hombre abierto pedí verle. Me recibió en su casa de la calle General Mola, una veintena de años después calle Príncipe de Vergara, y lo primero que me sorprendió fue que atendiese con tanta atención y dedicase su precioso tiempo a un muchacho que apenas había vivido, andaba por los diecisiete años, y tenía más audacia que equipaje. Fue el principio de una relación que me enriqueció.

En otra entrevista en su casa, el 17 de junio de 1962, día en que yo cumplía dieciocho años (entonces la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiuno), Don Ramón me regaló un ejemplar de la segunda edición, de 1947, de su libro “Entre Hendaya y Gibraltar”. Su dedicatoria tenía que ver con la conversación que habíamos mantenido aquella tarde. Era ésta: “A Juan Van-Halen, en la ilusión y la esperanza de una Europa unida, estas páginas de Historia”.

Recuerdo aquella conversación y, ya con tantos años vividos, me maravilla aún la visión de Serrano Suñer sobre el futuro de Europa que entendía unida o perdida. Adelantó que habría que llegar a la unión política, con un parlamento europeo, superando viejos diques nacionalistas. En aquel momento sólo existía la realidad surgida de los Tratados de Roma de 1957: una Comunidad Económica Europea de seis países. Serrano Suñer adelantaba el futuro. Un futuro que Europa no ha alcanzado todavía en plenitud.

Serrano Suñer lo leía todo. Me sorprendió su seguimiento de la actualidad en mínimos detalles. Años después, y con motivo de una noticia de periódico que me relacionaba con la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén, me contó que poco después de la guerra, en agosto de 1940, recibió el Gran Collar de la Orden de su entonces Gran Maestre, el general Borbón, duque de Sevilla, que había mandado la Caballería nacional e intervenido decisivamente en la toma de Málaga. Serrano Suñer aceptó complacido su ingreso en la Orden lazarista en afectuosa carta al Gran Maestre. Siendo ministro de la Gobernación, en mayo de 1940, el Estado había reconocido a la Orden como institución de Utilidad Pública en todo el territorio nacional.

Me contó entonces que con motivo de ese libro, “Entre Hendaya y Gibraltar”, había visitado a Franco en El Pardo para pedirle que la censura otorgase el preceptivo permiso legal de publicación que se resistía a autorizar. Creo que aquella fue la última vez que Serrano Suñer y Franco se encontraron a solas si excluimos acontecimientos de carácter familiar.

A partir de este momento me acogeré a lo que sería una biografía convencional, y prestaré especial atención a los años previos a su dedicación política durante la guerra, obviamente menos conocidos que los de su vida posterior. Esta intervención mía debe ser, ya lo he dicho, un introito general que no entorpezca ni adelante demasiado lo que sobre las diferentes etapas de la vida pública de Serrano Suñer han de contarnos los diferentes ponentes de las Jornadas. Pasará casi de puntillas sobre nuestro protagonista desde el final de la guerra aunque recordaré lo conveniente para enmarcarlo en el título de mi intervención: un hombre de su tiempo.

Ramón Serrano Suñer nació circunstancialmente en Cartagena el 12 de septiembre de 1902, quinto hijo de José Serrano Lloveres y de Carmen Suñer Font de Mora. Su padre, ingeniero al servicio del Estado, había recibido el encargo de construir un muelle mercantil en el puerto militar de aquella ciudad, y cuando Ramón no había cumplido tres años el brillante ingeniero fue destinado por el Ministerio de Fomento a Castellón de la Plana para construir un nuevo puerto. Los recuerdos de la escuela y del Instituto van ligados en el niño Ramón a aquella ciudad levantina.

La influencia de su padre fue grande, y más al morir su madre en 1906. “Mi padre era un ejemplo de competencia profesional, de rectitud, de austeridad, de exigencia y de virtud”, escribió muchos años después. Fueron los tiempos de la escuela y del Instituto General y Técnico en la castellonense calle Mayor. Allí se forjó el cimiento de su personalidad. En el Instituto recibió la influencia, siempre viva, de uno de sus profesores, don Luis Revest, que le enseñó Preceptiva Literaria, latín, castellano, y lengua valenciana. Era uno de esos impagables eruditos provinciales cuya fama rara vez traspasa el ámbito de su dedicación, archivero-bibliotecario y luego cronista de Castellón. En un texto de 1970 Serrano Suñer homenajeó a su profesor como recoge en “De anteayer y de hoy”, de 1981.

“Luis Revest Corzo -escribe nuestro protagonista- fue mi primer maestro digno de tal nombre y, fuera del ámbito familiar, la persona que más influiría en mi formación intelectual y moral durante los años de mi adolescencia”. Y añade: “Por su cargo oficial de bibliotecario pudo poner en nuestras manos libros interesantes” (…) “También nos comunicó Revest el interés por las lenguas vernáculas, cargadas de tradición” (…) “Esta actitud suya, reclamando respeto para una realidad lingüística que formaba parte importante del patrimonio cultural español, era tanto más convincente y respetable cuanto que no estaba impurificada por ninguna segunda intención política”. Este reconocido interés de Serrano Suñer por las otras lenguas de España, sin impurezas políticas, contrasta con el nacionalismo actual que considera a las lenguas no como parte del patrimonio cultural español sino a menudo como armas arrojadizas en una estéril y artificial guerra con el castellano.

En suma, Serrano Suñer anota que Revest, “un hombre de cultura, un hombre de conducta y un hombre de fe, no podía dejar de ser para un muchacho joven un ejemplo reconfortante”. Y él aprovechó ese ejemplo.

Concluido el bachillerato, un joven Ramón de dieciséis años se plantea su futuro profesional. Su padre tiene clara la opción que le conviene: seguir los estudios de Ingeniero de Caminos. Tres hermanos -José, Fernando y Eduardo- serían ingenieros. Pero Ramón tiene clara su vocación: quiere ser abogado. “Un jurista, como los antiguos romanos”, le dice a su padre en una conversación solemne y a ratos tensa en la que, al cabo, el brillante ingeniero cede ante el ímpetu vocacional del hijo. Pero el padre le conmina a demostrar esa vocación siendo el primero en los estudios. Ramón, con la misma solemnidad con la que su padre le plantea el reto, lo acepta sin dudarlo.

Desde el curso 1917-1918 hasta junio de 1923 sigue Serrano Suñer sus estudios de Derecho en la Universidad Central, como alumno oficial; el curso preparatorio en el Instituto de San Isidro y los restantes en el viejo caserón de San Bernardo que, por cierto, andando el tiempo, en 1983, albergaría la Asamblea de Madrid hasta que en 1998, siendo yo su presidente, trasladaría su sede a dos nuevos edificios en el barrio de Vallecas.

En sus años de alumno de Derecho, el joven Serrano Suñer, interesado ya por la política, asiste con regularidad a las sesiones del Congreso de los Diputados. Lo cuenta así: “El Parlamento había atraído mi curiosidad desde la edad temprana (…) cuando los debates políticos del Congreso eran un verdadero espectáculo nacional (…) Pude ver y oír a algunas de las grandes figuras de la última etapa de la Restauración (…) Entonces un político sin cualidades oratorias no era de recibo”. Desgraciadamente, añado yo desde mi amplia experiencia como parlamentario, esa cualidad se ha perdido. La retórica parlamentaria se ha deslizado hacia el balbuceo, la lectura de textos, cuando no hacia lo insulso o, peor, hacia lo soez.

En la Facultad conoce Serrano Suñer a José Antonio Primo de Rivera, casi dos años menor que él. Pronto se hacen inseparables. En ambas biografías hay coincidencias. Los dos son tempranos huérfanos de madre, en los dos la figura del padre ha supuesto una firme referencia, y en los dos había sobrevolado como posibilidad cursar la Ingeniería de Caminos. Ramón por deseo de su padre y José Antonio por propia iniciativa ya que incluso se preparó para el ingreso en la Escuela, que abandonó al optar definitivamente por los estudios de Derecho.

En aquel tiempo los dos amigos reciben, por así decirlo, su bautismo electoral. Un decreto-ley de 1919 concede autonomía a las universidades y dispone que en cada facultad se constituya una Asociación Oficial de Estudiantes que garantice la participación de los alumnos en el gobierno universitario. Se trataba de una asociación profesional, apolítica y aconfesional. La candidatura de Ramón Serrano Suñer para la presidencia de la Asociación de Estudiantes de Derecho resulta elegida, con José Antonio Primo de Rivera como secretario. En la directiva figuraban nombres que más tarde resultarán sonoros: Antonio Garrigues y Justino de Azcárate, por ejemplo.

Al estudiante Serrano Suñer no le basta con los libros de texto y su curiosidad va más allá de las materias académicas; quiere ampliar sus saberes y hacerse asiduo de una Biblioteca de tronío, y, con la firma de Manuel Azaña, secretario de la institución, ingresa como socio en el Ateneo de Madrid, foco cultural de la época. En sus “Memorias” cuenta cómo el que años más tarde sería Jefe de Gobierno y Presidente de la República, le acogió “con una pequeña cortesía y, queriendo hacer humor, comentó que me metía muy joven en un lugar nefando”. Inmediatamente José Antonio ingresa en la institución siguiendo los pasos de su amigo.

En esta etapa de sus vidas, y en no pocos episodios posteriores, Serrano Suñer es la referencia de José Antonio, y no al revés. En hombre de tanta personalidad como José Antonio resulta relevante esa influencia de su amigo, que evidencia no menos la arrolladora personalidad del entonces brillante estudiante Serrano Suñer. La amistad entre los dos condiscípulos sólo será interrumpida por el fusilamiento de José Antonio en Alicante. Serrano Suñer será su albacea testamentario como “entrañable amigo de toda la vida”, junto a Raimundo Fernández Cuesta, también cercano amigo, hijo del médico de la familia.

En el curso de 1923, antes de los veintidós años, en vísperas del golpe del general Primo de Rivera, concluye Serrano Suñer los estudios de Derecho con un rotundo cumplimiento de la promesa hecha a su padre: ha obtenido matrícula de honor en todas las asignaturas de la carrera y el premio extraordinario, palmarés que consiguen contados estudiantes. Un referente anterior en la política fue Niceto Alcalá-Zamora, futuro presidente del Gobierno y Presidente de la República, que obtuvo también matrícula de honor en todas las asignaturas de Derecho y premio extraordinario.

El próximo paso será encauzar su vida profesional y opta por opositar al cuerpo de Abogados del Estado por recomendación de dos profesores ideológicamente distantes, el civilista Felipe Clemente de Diego y el penalista Luis Jiménez de Asúa, y la aquiescencia de su padre. Los ejercicios se celebrarán en la primavera de 1924, sólo unos meses después, en unas duras oposiciones a cuya preparación los optantes suelen dedicar varios años.

Desde que firma las oposiciones, el joven opositor se encierra en un piso prestado y no se permite un descanso en su estudio del temario. Sólo su amigo José Antonio rompe alguna vez el enclaustramiento, pese a sus protestas; le recoge en su “chevrolet” y le lleva al teatro o a algún local de moda. El 11 de mayo de 1924, cuando aún no había cumplido veintitrés años, la “Gaceta” publica el resultado de las oposiciones y Ramón Serrano Suñer figura con el número cuatro en la lista de aprobados. Inmediatamente es destinado como Abogado del Estado a Castellón y poco tiempo después a Zaragoza.

En Zaragoza Serrano Suñer sirve su destino como Abogado del Estado y además ejerce la profesión libre con éxito, de modo que se convierte en un abogado prestigioso al que se abren las puertas de la sociedad zaragozana. Paralelamente, en 1928, el joven general Francisco Franco se instala en la ciudad para tomar posesión de su destino de Director de la Academia General Militar, creada por Decreto de 23 de febrero del año anterior; con él reside su esposa, su hija y su cuñada Zita.

Pronto el joven Abogado del Estado es visita habitual en la residencia de los Franco. En los círculos jurídicos se comenta entonces un sonado éxito de Serrano Suñer en el foro al ganar un pleito, defendiendo al Ayuntamiento de Zaragoza, en el que su oponente profesional es nada menos que Niceto Alcalá-Zamora, letrado del Consejo de Estado, ex–ministro de la Corona y reputado jurista. Serrano Suñer cuenta en sus “Memorias” aquel episodio: “Alcalá-Zamora encajó mal la vivacidad de mi dialéctica y consumió su turno de rectificación o réplica con destemplanza y agresividad; el mismo tono con el que yo le correspondí en el mío”.

La relación de Serrano Suñer con la familia Franco es cada vez más estrecha y de ella surge el noviazgo del joven Abogado del Estado con Zita Polo, hermana menor de la esposa del general. La boda se celebra en Oviedo en febrero de 1931. Franco es testigo de la novia y José Antonio testigo del novio. Es la primera vez que ambos tienen ocasión de hablar pues hasta entonces no se conocían personalmente.

Escribió Anatole France que “La casualidad es quizás el sinónimo de Dios cuando no quiere firmar”. Que Serrano Suñer fuese destinado como Abogado del Estado a Zaragoza supuso un radical cambio en el futuro de su vida y marcará su biografía. De un lado en el plano personal, porque allí conoce a su esposa, y de otro en el plano político porque allí comienza su relación con Franco.

Dos meses después de la boda de Serrano Suñer y Zita Polo se proclama la República y Alcalá-Zamora, el antiguo contendiente profesional en el célebre pleito zaragozano, se convertirá en Presidente del Gobierno Provisional. Otra casualidad: en las elecciones a las Cortes Constituyentes republicanas del 28 de junio de 1931, Alcalá-Zamora, elegido diputado por Zaragoza, renuncia a su acta ya que también ha sido elegido por Madrid y Jaén, por lo que es necesario cubrir el escaño vacante en elecciones parciales. Las derechas zaragozanas ofrecen al brillante abogado Serrano Suñer optar al escaño en liza desde una improvisada Unión de Derechas formada por liberales, conservadores, monárquicos y carlistas. Las elecciones se celebran en octubre y el candidato de las derechas es derrotado por el candidato radical Banzo Urrea. Serrano Suñer juzgará aquel episodio en sus “Memorias” como “una operación global y eminentemente defensiva” desde una “patente hostilidad a la República”. Pero ha iniciado un camino político en el que perseverará.

En las siguientes elecciones generales, las del 19 de noviembre de 1933, se produce un vuelco político y la derecha y el centro logran mayoría parlamentaria. Serrano Suñer consigue escaño por Zaragoza. En aquellas Cortes está presente también su íntimo amigo José Antonio Primo de Rivera, diputado por Cádiz en una coalición conservadora-monárquica.

En las Cortes republicanas durante el Gobierno de Lerroux apoyado por Gil Robles, Serrano Suñer interviene señaladamente durante el debate, en 1934, de la Ley de Amnistía que zanja cuestiones como las condenas por el intento golpista del general Sanjurjo el 10 de agosto o las represalias a políticos que ocuparon cargos en los postreros gobiernos de la Monarquía. Uno de los beneficiados por la amnistía es el general Mola futuro “director” del golpe del 18 de julio de 1936 que al resultar fallido se convertiría en guerra civil.

Otra intervención parlamentaria sonada del bisoño diputado es la defensa de su amigo José Antonio cuando el Tribunal Supremo pide un suplicatorio para procesarle por tenencia ilícita de armas. A su voto, discrepante del de la CEDA, su grupo parlamentario, se une la inteligente oposición de Indalecio Prieto a que se conceda el suplicatorio. Prieto considera que es “justificado y hasta inexcusable” que José Antonio estuviese en posesión de armas “dadas las condiciones del ambiente y la amenaza que sin duda había de pesar sobre un hombre con una significación tan polémica y llamativa como la de José Antonio”, como cuenta Serrano Suñer en sus “Memorias”. Nuestro protagonista reconocerá la altura y eficacia de las intervenciones parlamentarias de Prieto al que considera “a gran distancia sobre los demás, el primer polemista del Congreso”.

Notable es también la participación del diputado por Zaragoza en el trámite parlamentario de la Ley Municipal, en 1935, coincidiendo en no pocos aspectos con políticos veteranos como Calvo Sotelo y Cambó.

Caído el Gobierno de Lerroux entre los escándalos del “estraperlo” y el “asunto Nombela”, y encargados de efímeras presidencias de Gobierno Chapaprieta y Portela Valladares, se disuelven las Cortes y se convocan elecciones generales para el 16 de febrero de 1936.

No es momento de tratar pormenorizadamente, pero sí merecen una reflexión, los resultados de aquellas elecciones que la historiografía considera más que dudosos en sus cifras oficiales, como habrá de denunciar años después, desde un conocimiento singular y directo, el propio Presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora, y como han constatado sus llamados “papeles perdidos” o, mejor, “papeles robados”, recuperados rocambolescamente en diciembre de 2008.

García Escudero en su “Historia política de las dos Españas”, de 1976, señala que desde la misma noche del día 16 los autoproclamados vencedores se lanzan “al apoderamiento de actas, manifestaciones, asaltos a centros políticos y a periódicos de derechas, cárceles abiertas, incendios de iglesias y conventos, muertos heridos…”. Algunos gobernadores civiles desertan de sus cargos. El día 19, sólo tres días después de las elecciones, un débil y medroso Portela Valladares abandona la presidencia del Gobierno, que recoge Azaña. El nuevo Presidente del Gobierno anotará en sus “Diarios”: “nos hemos encontrado el día 19 con un país abandonado por las autoridades”.

En un país radicalizado, exacerbado al máximo, en el que durante la campaña electoral existe la sensación de que los vencedores, sean cuales fueren, habrán de eliminar a los vencidos, aquellas elecciones, con una posterior dócil Comisión de Actas que suprime escaños del centro y la derecha para abultar los escaños del Frente Popular, no aparecen para nadie como una solución. El Frente Popular logra 278 diputados con el 34,3% de los votos, la derecha 124 diputados con el 33,2% de los votos y el centro y los nacionalistas vascos y catalanes, 51 diputados con el 5,5% de los votos. La descompensación entre porcentajes y escaños es relevante.

Las irregularidades, el fraude constatado en numerosas circunscripciones con múltiples denuncias de notarios que son tiroteados cuando se disponen a levantar actas sobre manipulaciones de las urnas, hacen prever que las amenazas de la izquierda radical durante la campaña electoral pueden hacerse realidad. De los mítines de Largo Caballero en aquella campaña se conservan frases relevantes. Entre ellas: “Si triunfan las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada” (Alicante, 19 de enero de 1936)”. “La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución”. (Linares, 20 de enero de 1936). “La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas... Estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia”. (Cine Europa, 10 de febrero de 1936).

En sus conversaciones con Heleno Saña tituladas “El franquismo sin mitos”, de 1982, para Serrano Suñer define como “tosco, bruto y sin condiciones oratorias” a Largo Caballero y asegura que “sentía indignación de pensar que este hombre tan bruto pudiera ser valorado por encima de otras personalidades del Partido Socialista o de la UGT como Fernando de los Ríos, Besteiro o Prieto”.

Ya después del triunfo del Frente Popular, Largo Caballero continúa movilizando al radicalismo: “Cuando el Frente Popular se derrumbe, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible. Entonces estableceremos la dictadura del proletariado, lo que quiere decir la represión de las clases capitalistas y burguesas”. (“El Socialista”, 26 de mayo de 1936).

Cuando observo el fervor por la bandera tricolor republicana, repetidamente presente en actos de protesta, incluso jaleada por dirigentes del PSOE que es un partido de gobierno, recuerdo aquellas inflamadas palabras de Largo Caballero en un mitin del 8 de noviembre de 1933, que recoge “El Socialista” del día siguiente: “Tenemos que luchar como sea hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista”. Y, como aclaró el mismo líder socialista en tantas ocasiones, ese cambio de banderas no quería conseguirlo precisamente por la vía democrática.

En aquellas elecciones de febrero de 1936 celebradas en un clima prebélico Serrano Suñer consigue revalidar su acta de diputado por Zaragoza. Los acontecimientos desde entonces sufren una aceleración que desembocará en la tragedia del enfrentamiento no ya en las trincheras políticas sino con las armas en la mano a lo largo y ancho de España. Hablar, como mucho hacen hoy, de que entonces fue cuando se quebró la legalidad republicana pertenece al campo de lo onírico o simplemente a un parcialismo aberrante. Supone mirar a aquella España con un solo ojo. La legalidad republicana llevaba quebrada casi desde el inicio del régimen.

La legalidad republicana se quebró por primera vez menos de un mes después del 14 de abril de 1931, cuando entre los días 10 y 13 de mayo se incendiaron en Madrid y en ocho provincias españoles más de cien conventos, iglesias y otros edificios eclesiásticos, pese a que la República había garantizado la libertad religiosa en la regla tercera del “Estatuto Jurídico del Gobierno Provisional”, promulgado el mismo día 14 de abril de 1931, y publicado al día siguiente en el diario oficial, la “Gaceta de Madrid”. En este Estatuto Jurídico se proclama: “El Gobierno provisional hace pública su decisión de respetar de manera plena la conciencia individual mediante la libertad de creencias y cultos”. Los incendios se produjeron con la total inhibición del Gobierno, sin la intervención de fuerzas de seguridad que los impidieran, y los bomberos sólo intervinieron para garantizar que las llamas no se propagasen a los edificios colindantes.

La República, desde el principio, alimentó en su seno los peores adversarios, a derecha y a izquierda, para generar su autodestrucción. En este juicio han coincidido los historiados que, con una u otra adscripción ideológica, merecen ese nombre.

Cuando en la madrugada del 13 de julio un grupo de Guardias de Asalto y paisanos socialistas pertenecientes a un grupo llamado “La motorizada” que actuaba como escolta de Indalecio Prieto, al mando del capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, de adscripción socialista e instructor de sus milicias, sacaron de su casa al dirigente parlamentario de Renovación Española, José Calvo Sotelo, y el militante socialista Luis Cuenca, apodado precisamente “El pistolero”, le descerrajó dos tiros en la nuca, nadie dudó de que un enfrentamiento bélico de unas u otras proporciones era inevitable. Julián Zugazagoitia, director de “El Socialista”, al conocer el asesinato, dice: “Este atentado es la guerra”. Y Martínez Barrio en sus “Memorias” escribe que después del asesinato “las Españas irreconciliables se colocaban frente a frente, con las pistolas en la mano”.

El presagio del dirigente republicano se cumplió en Melilla el 17 de julio y se extendió por toda España en los días siguientes. En unos lugares triunfó el golpe y en otros no, pero el fracaso del alzamiento, en un principio mayoritariamente militar e inmediatamente cívico-militar, desembocó en una guerra civil. En Madrid los sublevados fracasaron al entregar armas el Gobierno a los partidos de izquierda y a los sindicatos.

Para un diputado derechista y, además, cuñado de Franco el clima de aquel Madrid de los primeros días de guerra resulta muy peligroso. Según el estudio de Casas de la Vega los asesinatos del día 20 de julio fueron de 300 a 400, y Alonso Baquer en “La Guerra Civil Española”, de 1999, escribe: “Del 21 al 31 de julio tengo los nombres, apellidos y profesión de 207 personas asesinadas”. Serrano Suñer se refugia con su familia en una pensión y luego decide correr su suerte en solitario para evitar riesgos a su mujer y a sus hijos acogiéndose a la hospitalidad del ex-ministro de la República Ramón Feced que le oculta en su casa. Pero es descubierto y acaba en la cárcel Modelo.

En la cárcel vive Serrano Suñer los trágicos sucesos del día 22 de agosto en el que los milicianos se hacen dueños de ella, expulsan a los funcionarios de prisiones, y efectúan dos sacas de presos que son asesinados en la propia cárcel y en la Pradera de San Isidro. Los presos que sufren las sacas se deciden al azar y son asesinados, entre tantos otros, Melquiades Álvarez, ex-Presidente del Congreso de los Diputados y jefe del Partido Republicano Liberal Demócrata, los ex-ministro de la República José Martínez de Velasco y Manuel Rico Avello, el célebre aviador del “Plus Ultra” y dirigente falangista Julio Ruíz de Alda, el general Osvaldo Capaz, que en 1934 había ocupado pacíficamente para España el territorio de Ifni, la antigua posesión española de Santa Cruz de la Mar Pequeña, el doctor José María Albiñana, académico, diputado y presidente del Partido Nacionalista, y Fernando Primo de Rivera, militar y médico, hermano de José Antonio.

Pronto las sacas se reanudaron “casi todas las noches”, como cuenta Serrano Suñer en sus “Memorias”. Fueron tristemente famosas las sacas de octubre, noviembre y diciembre de 1936, cuando Serrano Suñer ya había pasado a la zona nacional; hasta veintitrés sacas en noviembre y diciembre, camufladas oficialmente de traslados desde la Modelo y otras cárceles de Madrid, acabaron en los fusilamientos masivos de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. Sobre estas matanzas de miles de presos los responsables de la Junta de Defensa de Madrid y el Gobierno del Frente Popular guardaron silencio y sólo años más tarde se conocieron datos fidedignos gracias al revelador libro “Matanzas en el Madrid republicado”, de Félix Schlayer, Cónsul y luego Encargado de Negocios de Noruega en Madrid, no publicado en España hasta 2006.

El Gobierno había mirado también para otro lado respecto a los asesinatos del 22 de agosto en la Modelo. Prohibió cualquier mención periodística de aquellos horribles sucesos, no devolvió a los funcionarios de prisiones a sus puestos, y encargó la administración y el control carcelarios a las Milicias, lo que contribuyó a las sacas posteriores. El terror en las cárceles se atemperó y luego desapareció al ser nombrado Delegado General de Prisiones el anarquista Melchor Rodríguez, llamado “el ángel rojo”, en diciembre de 1936.

Las decenas de asesinatos de la Modelo en agosto fueron precedidas por la publicación en el diario “Política”, controlado por Azaña, de una sección titulada “Galería de traidores” en la que se señalaban cada día los nombres de personajes desleales a la República que se hallaban presos en la Modelo. Por ello resulta hipócrita y cínico que Azaña en sus “Obras”, edición de 1968, exprese su horror ante “los espantosos sucesos de la cárcel Modelo” y no es menos hipócrita y cínico que en sus “Diarios”, edición de 2000, manifieste la impresión y el dolor que le causó el asesinato de Melquiades Álvarez que había sido su primer mentor político en el Partido Reformista. Acaso si el diario azañista no hubiese señalado los objetivos aquellas matanzas no se hubiesen producido.

Testigo del horror, Serrano Suñer sólo cabila conseguir su salida de la Modelo, y José y Fernando, sus hermanos que permanecían en Madrid para apoyarle, lograron, a petición del preso, comprometer a un compañero Abogado del Estado, Jerónimo Bugeda, diputado de izquierdas y subsecretario de Negrín en el Ministerio de Hacienda, que gestiona con éxito una autorización para que Serrano Suñer sea trasladado, aduciendo una dolencia estomacal, a la Clínica España, en la calle de Covarrubias bajo custodia de milicianos. El edificio aún permanecía en pie hace unos años, y no sé si existe hoy; en mi infancia y adolescencia residí en una calle cercana y recuerdo perfectamente aquel hotelito. Cuando se lo conté a Serrano Suñer me describió con detalle el interior del inmueble.

Nada más ingresar en la Clínica, el incansable Serrano Suñer comienza a pensar en su evasión porque su vida sigue pendiente de un hilo. Teme ser descubierto y acabar fusilado. “Yo me pasaba las horas pensando en hallar una fórmula para salir de allí”, recuerda en sus “Memorias”.

Su hermana Carmen le visita a diario y a través de ella envía una carta al doctor Marañón, aún respetado por las autoridades republicanas pero que también ya ha decidido abandonar a la primera ocasión el caos de Madrid, para hacerle partícipe del arriesgado plan de fuga que ha concebido: escapar de la Clínica vestido con ropas femeninas. Es el mes de noviembre de 1936. Marañón acepta colaborar en el proyecto y busca otros apoyos.

El plan concebido por nuestro protagonista requería para su planteamiento clara inteligencia y viva audacia y para su ejecución arrojo, nervios de acero, serenidad y una voluntad a prueba de debilidades. Serrano Suñer contaba en su personalidad con todos esos elementos en grado sumo. Además, es obvio, requería del apoyo logístico de personas de buen corazón capaces de arriesgarse ante la necesidad ajena y de servir elevados sentimientos en unas circunstancias como aquellas. “Aun hoy, pasados cuarenta años, produce un estremecimiento recordarlo”, escribe en sus “Memorias”.

El día señalado para la fuga, Serrano Suñer, vestido de mujer, pasa ante la guardia sin problemas, y sale de la Clínica España acompañado por el Encargado de Negocios interino de Holanda que le cobija en la Embajada.

Días después pasa a estar bajo la protección diplomática de la Embajada Argentina que organiza su viaje a Alicante en un automóvil del Ministerio de la Guerra como acompañante del capitán Fernando Castañeda, ayudante del general Miaja, Presidente de la Junta de Defensa de Madrid, que también buscaba pasarse a la zona nacional. El viaje cuenta con todos los permisos oficiales y el automóvil supera los controles de carretera sin mayores sobresaltos. Aquella noche Serrano Suñer duerme en el consulado argentino en Alicante.

Preparada ya la salida de la zona republicana, abandona el consulado, uniformado como marinero argentino y acompañado de varios supuestos compañeros pasa los controles de la FAI y embarca en el torpedero “Tucumán”, de la Marina argentina. No muchos días después suben a bordo su mujer y sus hijos José y Fernando, protegidos también por la diplomacia argentina. El 17 de febrero de 1937 el buque atraca en Marsella y al día siguiente están en la frontera de Hendaya. Dos días después, en un automóvil del Cuartel General del Generalísimo, la familia viaja a Salamanca. Como curiosidad recordaré que en el torpedero “Tucumán” huyeron de la España frentepopulista dos parientes míos: Vicente Van-Halen Galainena y Matilde Ribot Van-Halen.

Con su llegada a la zona nacional Serrano Suñer conoce el asesinato de sus dos hermanos mayores, José y Fernando, que habían permanecido en Madrid para apoyarle a él y proteger a su cuñada y a sus sobrinos. Podían haberse incorporado a su destino para informar sobre el estado de las fortificaciones en Somosierra, como ingenieros movilizados, pero optaron por responder a la responsabilidad familiar. Fueron detenidos y conducidos a la checa de Fomento y de allí al cementerio de Aravaca y fusilados. Además de sus hermanos eran sus mejores amigos, y no puede evitar la convicción de que debió pedirles que se escondiesen.

Escribe Serrano en sus “Memorias” que aquel es “el hecho determinante del mayor dolor de mi vida, el asesinato de mis amadísimos hermanos José y Fernando, del que ya nunca querría ni podría separarme. Es un recuerdo más fuerte que la vida”. En el citado “El franquismo sin mitos” confiesa que “esa tragedia me sigue torturando y causando profundas depresiones”. Aquel asesinato incide de manera fundamental en su personalidad; desde entonces no será el mismo hombre.

José y Fernando Serrano Suñer tenían dedicada una calle en Madrid, cerca de la calle de Fomento en la que se ubicaba la tristemente célebre checa de la que salieron los dos hermanos hacia el paredón. Hace años se sustituyó el nombre por el de calle de la Encarnación. Francisco Largo Caballero, el autor de las citas incendiarias y antidemocráticas que he recordado, tiene un monumento y una calle en Madrid. Las víctimas fueron borradas del callejero mientras el responsable último y oficial de su asesinato y de tantos otros, como presidente del Gobierno que era, es exaltado. Una anticipación de la mal llamada “Ley de la Memoria Histórica”, aún no derogada.

Cuando Serrano Suñer llega a Salamanca Franco es ya Generalísimo y Jefe de un Estado que lo era más de nombre en una realidad campamental. El esfuerzo de Franco es bélico y a la marcha de la guerra dedica su capacidad militar que es notoria. Desde el 1º de octubre la organización administrativa de la zona nacional está residenciada en una llamada Junta Técnica del Estado, formada por civiles y militares, que preside el general Gómez-Jordana y en la que el puesto clave de secretario lo desempeña Nicolás Franco, hermano del Generalísimo. Esta Junta había sustituido a la Junta de Defensa Nacional que asumió todos los poderes de la zona sublevaba el 24 de julio, sólo días después del golpe de Estado fallido y de la muerte en accidente de aviación del general Sanjurjo, jefe previsto de un Directorio Militar que, como tal, no llegó nunca a constituirse.

Cuando Serrano Suñer, sin cargo oficial alguno, comienza sus conversaciones con Franco en el palacio episcopal salmantino, sede del Cuartel General donde ambas familias residen, sus objetivos son claros, y los recuerda en “Entre Hendaya y Gibraltar”: “Ayudar a establecer efectivamente la jefatura política de Franco, salvar y realizar el pensamiento político de José Antonio, y contribuir a encuadrar el Movimiento Nacional en un régimen jurídico, esto es, a instituir el Estado de Derecho”.

Piensa Serrano Suñer que la forma totalitaria del régimen supone la modernidad de aquel tiempo que en Europa pivota entre comunismo y fascismo con unas fórmulas demoliberales sufriendo un apagón y con un socialismo reformador sobrepasado por el socialismo radical y marxista en la órbita soviética. Hombre de su tiempo y apasionado jurista, Serrano Suñer entiende, y así lo expresaría en Burgos el 20 de noviembre de 1938, que “el Derecho (…) es la garantía insustituible para los valores personales cuando marcha a compás del tiempo y sirve para abrir cauce a la concepción del mundo y de la vida que tiene la generación que ha de cumplirlo”.

La vida política de Serrano Suñer se tensa desde esa primeriza colaboración con Franco. Su impulso e impronta se derramarán en la acción política, como su decisiva participación en el llamado Decreto de Unificación, de 19 de abril de 1937, que pone la dirección de todas las fuerzas que colaboraron en el Alzamiento del 18 de julio bajo la batuta de Franco, y en la acción jurídica, de construcción de un Estado de Derecho, desde la Ley de Administración del Estado al Fuero del Trabajo, con la importante creación de la ONCE, Organización Nacional de Ciegos de España, que ha llegado a nuestros días, un ejemplo de política solidaria, o como la fundación de la Agencia EFE en el esfuerzo de la propaganda que tanto supuso para la España sublevada, que también subsiste.

Serrano Suñer formará parte del primer Gobierno de Franco, de 31 de enero de 1938, al frente del Ministerio de Interior, que luego absorbe el Ministerio de Orden Público, a la muerte del general Martínez Anido, accediendo Serrano Suñer al Ministerio de Gobernación, el Departamento resultante. Pronto es nombrado Presidente de la Junta Política del partido único, convirtiéndose de derecho en lo que ya era de hecho: lugarteniente del Jefe del Estado, Generalísimo y Caudillo.

Serrano Suñer no se consideraba a sí mismo un intelectual sino un “hombre con alguna sensibilidad, con alguna vocación, con alguna curiosidad intelectual”. Había demostrado su fino olfato en el ámbito de la cultura cuando convocó a su lado en Salamanca a un plantel de jóvenes intelectuales de nervio y brillantez. Ernesto Giménez Caballero en sus “Memorias de un dictador”, de 1979, escribe: “El mejor servicio que a Franco le prestaría su cuñado fue el ir atrayendo las juventudes intelectuales de formación liberal”.

En tareas de prensa y propaganda y en general en el ámbito de la acción cultural, Serrano Suñer contó con jóvenes valores como Laín Entralgo, Tovar, Torrente Ballester, Rosales, Vivanco, Neville, Escobar, y algunos de más edad, los integrantes de la que se ha llamado “la corte literaria de José Antonio”, como Sánchez Mazas, Montes, Foxá, Miquelarena, Alfaro, Mourlane Michelena, Ros, y quien ejercía magisterio sobre todos ellos: Eugenio D’Ors.

La revista “Escorial” –diciembre de 1940- a cuya cabeza estaban Ridruejo y Laín Entralgo expresaba en su primer número la intención de sus redactores, que hoy resulta chocante para aquellos tiempos: “No pensamos solicitar de nadie que vaya a hacer aquí apologías líricas del régimen o justificaciones del mismo”. Gonzalo Torrente Ballester lo recoge varios decenios después en “Dionisio Ridruejo, de la Falange a la oposición”, de 1976: “A lo largo de esos dos años, 1941-1942, convivieron sin lastimarse republicanos y falangistas, germanófilos, víctimas de la represión de izquierdas y víctimas de la de derechas. Si un escritor salía de la cárcel, sabía que en “Escorial” sólo se le pedía calidad”.

En el principio de la posguerra, Serrano Suñer se ocupó de conseguir el regreso a España desde el exilio de figuras intelectuales de primer orden, entre otros de Menéndez Pidal, de Ortega y Gasset, del doctor Marañón… Cuando pronunció este último nombre en un Consejo de Ministros, el general Varela, ministro del Ejército, dio un puñetazo en la mesa y exclamó: “A ese si entra lo mato”, a lo que Serrano Suñer contestó: “Pues mire usted, tendrá sus dificultades, porque si entra yo personalmente le daré escolta”. Entraron todos. Azorin, tan ligado a Serrano Suñer, había regresado desde París en 1939.

Como ministro de Gobernación y Presidente de la Junta Política Serrano Suñer preside la delegación que viaja a Roma el 1º de julio de 1939, ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, para mostrar la gratitud de España a los voluntarios italianos que lucharon en la guerra junto a las tropas de Franco. Retrata a Mussolini en “Entre Hendaya y Gibraltar”: “Era ciertamente, entre los políticos que he conocido, la personalidad humana más fuerte, más caracterizada y penetrante”.

A mediados de septiembre de 1940, un año después de iniciarse la guerra, Serrano Suñer viaja a Berlín al frente de una comisión de políticos y militares y se entrevista con Hitler. Así recuerda al Führer: “Si había en su figura y en sus movimientos mucho de vulgar, algo era en él singular (…) sobre todo su figura poderosa”. Hitler y su ministro von Ribbentrop le tratan con recelo y él, hábilmente, se muestra escurridizo y se opone con contundencia, incluso con enojo cuando se le pide la instalación de una base militar alemana en las islas Canarias. Cuando Hitler se despide, le susurra a von Ribbentrop: ”Con estos tipos no hay nada que hacer”

Como en el caso del viaje a Roma, en su viaje a Berlín el ministro de Gobernación y Presidente de la Junta Política es encargado por Franco de una misión que sería propia del ministro de Asuntos Exteriores, general Juan Beigbeder, sobre todo porque el encargo es claramente un asunto de política exterior. A su regreso a España, el 16 de octubre de 1940 Serrano Suñer es nombrado ministro de Asuntos Exteriores, dando también carta de naturaleza jurídica a una situación de hecho.

Desde este momento la acción política de Serrano Suñer es una especie de partida de ajedrez para, por así decirlo, “torear” a Hitler y evitar que España entre en la guerra al lado de las potencias del Eje. Hitler se percata y de su deseo de tratar directamente con Franco, al que quiere suponer más comprensivo o dócil, surge la entrevista de Hendaya, la formación de la llamada “División Azul” para tranquilizar a Berlín; cumplir y al tiempo evitar la guerra, en relación con los compromisos españoles respecto a Alemania. Quien había promovido la neutralidad de España, desde la fórmula de “no beligerancia”, declara el 3 de julio de 1941: “España es beligerante moral en el conflicto germano-ruso”.

Junto a Franco, al que Serrano Suñer nunca resta el protagonismo de que España no entrase en la guerra, la historiografía rigurosa coloca a nuestro protagonista en este mismo esfuerzo y jugando un papel relevante. Serrano Suñer era un germanófilo convencido pero apostaba por la paz, dando largas a Hitler para evitar la invasión (las divisiones alemanas acampaban amenazantes en la frontera franco-española), mientras mantenía una división española en el frente ruso. El convencimiento en España, sobre todo entre los generales y personalidades más cercanos a Franco, era que el Eje ganaría la guerra. En “Entre Hendaya y Gibraltar” escribe: “He sido en el Gobierno un leal amigo de Alemania pero jamás un criado suyo”. Sencillamente fue un hombre de su tiempo que en cada momento actúo de acuerdo con sus compromisos y sus principios.

Los testimonios personales y la documentación alemana recogida por el Estado Mayor de Eisenhower, dejan clara la hostilidad de Hitler, del general Jold, jefe de Estado Mayor y asesor militar del Führer, de Martin Borman, Heinrich Heim y otros dirigentes nazis, hacia quien Jold llama “el jesuítico ministro de Asuntos Exteriores Serrano Suñer” porque desde una indefinición calculada de amistad-resistencia impidió que se hicieran realidad los deseos de que España entrara en la guerra. Churchill en sus “Memorias. La segunda guerra mundial. Su hora mejor”, de 1949, reconoce las ventajas militares que supuso para Gran Bretaña y sus aliados la resistencia española a integrarse en el Eje.

El general Vicente Rojo, Jefe del Estado Mayor Central del Ejército de la República, preguntado en 1966, en el exilio, qué personaje del bando adverso al suyo le merecía más respeto y admiración, contestó: “… de los hombres civiles estimo que debo brindar mis mayores respetos a don Ramón Serrano Suñer porque, en un momento crucial de la vida de España, supo colocar, sobre su conveniencia, su conciencia”, y así lo recoge en sus “Memorias”.

Serrano Suñer cesa como ministro de Asuntos Exteriores el día 2 de septiembre de 1942, víctima de conspiradores y adversarios “de dentro” entre los que aparecen como puntas de lanza Luis Carrero Blanco, subsecretario de la Presidencia, y José Luis de Arrese, ministro secretario general del partido único. Está muy lejos de ser verdad que su cese se debiese a su germanofilia; quien le cesó lo conocía bien. Fuera de la política, retorna a su dedicación jurídica, y en 1944 se da de alta como abogado en el Colegio de Abogados de Madrid. Serrano Suñer inicia una nueva y brillante etapa profesional y paralelamente se ocupa de lo que será para él un reto: contarnos la historia como fue a través de libros, conferencias, artículos y entrevistas.

La trayectoria vital de Serrano Suñer es la de un hombre de su tiempo. Su evolución no es sino la consecuencia leal de ese hombre de su tiempo. En su artículo “La hija”, que ganó en 1953 el premio Mariano de Cavia, uno de los más prestigiosos del articulismo español, escribe que hay que saber diferenciar “cuándo en un cambio de opiniones hay una limpia y honrada adhesión al proceso de la propia inteligencia, y cuándo se trata de una mera o cínica acomodación a nuevas situaciones y a nuevas ocasiones de provecho y granjería”. En 1961 se refiere a “nuestros errores” a esas cosas en las que pusimos mucha fe y servimos con pureza de intención que han mostrado luego su inutilidad”. En 1981, en “El franquismo sin mitos”, insiste: “Y fue precisamente mi vuelta a la vida común la que me hizo valorar y someter a revisión crítica profunda toda mi actuación anterior”. Y en la reedición, 1973, de “Entre Hendaya y Gibraltar”, confiesa: “Hoy es preciso reconocer como hecho que la democracia es la fórmula política actual de la civilización”.

Sobre Serrano Suñer se ha escrito relativamente poco si tenemos en cuenta la dimensión de su actuación política, breve pero decisiva en los momentos significados que le tocó vivir. Excluyo los esclarecedores libros debidos a su pluma. Me refiero a obras analíticas ajenas, a ensayos desde el rigor y la ecuanimidad que debe permitir el tiempo transcurrido. De los ensayos biográficos, a mi juicio el más rico y sistemático, o sea el más valioso en forma y fondo, es el debido a Adriano Gómez Molina, “Ramón Serrano Suñer”, de 2003, el año de la muerte de nuestro personaje, aparecido en la colección “Cara y Cruz” de Ediciones B. Es la fuente más seguida en estas líneas mías.

De las etapas vitales de Serrano Suñer que intencionadamente en mi intervención he tratado de pasada, sin profundizar en ellas, se ocuparán, con mayor provecho para los asistentes de lo que yo pudiera hacerlo, los otros ponentes de estas Jornadas dedicadas a una tan rica personalidad de nuestro tiempo. De Serrano Suñer puede decirse lo que escribió Azorín refiriéndose a la publicación de “Entre Hendaya y Gibraltar”: “Habrá que contar con él en la Historia moderna de Europa”.


 

 

 

 

 

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