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Jueves día 24 de octubre de 2013, 18:00 h.

Sexta conferencia:

D. RAMÓN SERRANO SUÑER, ABOGADO Y JURISTA.

Por D. Carlos Cárdenas (Ver biografía)

DON RAMÓN SERRANO SUÑER, ABOGADO Y JURISTA

Corresponde, en primer lugar, que manifieste mi viva satisfacción por encontrarme aquí, esta tarde, participando en estas jornadas en homenaje a la figura y obra de Don Ramón Serrano Suñer.

No creo equivocarme si afirmo que él se sentiría muy halagado pero simultáneamente conmovido y abrumado con su celebración particularmente por el hecho de realizarse en el ámbito universitario -tan querido para él- al que se sintió ligado imprescriptiblemente.

Gregorio Marañón definió certeramente la amistad como el primer grado del parentesco. Yo suelo calificarla como una “hermandad por elección”.

A decir de don Ramón: “Para los estoicos, la amistad es el tipo ideal de toda afección por cuanto es voluntaria. Se trata, pues, de un concepto relativo que nos lleva a la conclusión de que la verdadera amistad existe solo cuando hay reciprocidad, desinterés, lealtad, fidelidad y permanencia. Por eso no es grande el número de amigos verdaderos. Pero en cambio, los verdaderos amigos, al menos para mí, siguen siéndolo cuando ya rindieron tributo a la muerte, porque permanecen vivos en el recuerdo y en la veneración de su memoria”.

Es un verdadero privilegio haber mantenido -mantener- con don Ramón una amistad entrañable durante más de veinte años, que se conserva invariable, inalterable, con el mismo grado de intensidad y afecto, y que trasciende efectivamente su desaparición física ocurrida hace ya diez años. Él está vivo en nuestro cariñoso recuerdo.

Don Ramón fue siempre un admirado y admirable modelo de exigencia, de infatigable esfuerzo y dedicación, de seriedad y rigor intelectuales, virtudes éstas que exhibió nítidamente, durante su larga cronología, en todas las actividades que desarrolló: como estudiante de Derecho en la Universidad Central, como Abogado del Estado, como Ministro -en momentos especialmente graves para España-, como parlamentario, como abogado y jurista, como escritor, como conferencista.

El propósito de esta exposición es el de retratar a don Ramón Serrano Suñer en sus facetas de abogado y jurista a través de su actividad profesional -que cubrió un número considerable de años- y su pensamiento.
Pero retratarlo a través de sus textos -¡que ellos hablen por él!- de modo de poder adentrarse, penetrar, en su concepción del Derecho y de diversas materias jurídicas, de identificar lo que para él significaba el ejercicio profesional y cómo debía desarrollarse éste.

Ciertamente no es tarea sencilla la de compendiar en unas pocas páginas destinadas a ser leídas en contados minutos la amplitud de esas dos facetas, con mayor razón si se tiene en cuenta la venerable longevidad de don Ramón y sus prolongados ejercicio profesional y actividad intelectual.
Adviértase que no me refiero sólo al Serrano Suñer abogado, cuya intensa actividad de patrocinio en juicio -de la que tienen especial relevancia sus defensas de recursos de casación en el tribunal supremo- y en la atención profesional de sus clientes durante su extenso ejercicio como letrado, merecería por sí sola una atención particular.
Me refiero también al Serrano Suñer jurista, lo que supone necesariamente una especial profundización en el estudio de la disciplina jurídica y sus múltiples complejidades que se pone de manifiesto tanto en los artículos que publicó como de manera muy clara en sus dictámenes.

La dignidad, el sentido humano, el equilibrio y la elevación con los que Serrano Suñer ejerció el Derecho no son sino resultado de una dedicación y entrega que se remonta a sus años de formación universitaria. Corresponde, por tanto, iniciar nuestro recorrido precisamente por ese principio.
En septiembre de 1917, don Ramón dejó la casa paterna para matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, donde inició sus estudios de la especialidad en el curso académico 1918-1919. Como cuenta él mismo, su padre, “ejemplo de competencia profesional, de rectitud, de autoridad, de exigencia y de virtud” , no se encontraba convencido de la decisión tomada por su hijo Ramón de seguir los estudios en Derecho.

El propio Serrano lo relata así en su libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue que los editores titularon Memorias y cuya primera edición es de junio de 1977:
“Tenía mucho amor propio y una moral bien definida. En mi caso… mediaba una circunstancia especial, pues yo me había negado a seguir la tradición y el gusto de mis hermanos y de mi padre, Ingeniero de Caminos muy exigente en su profesión y muy devoto de ella, que sentía un cierto desdén -muy positivista- por las ramas de letras y, especialmente, por la profesión de abogado que para él, como para la opinión general entonces, tenía una baja connotación peyorativa. Cuando al fin, de mala gana, tuvo que aceptar mi decisión, quedó sobreentendido que yo no iba a la Facultad de Derecho para rehuir un esfuerzo penoso, sino para aplicarlo al máximo en la línea de mi vocación. Así, pues, quedé comprometido -con él y conmigo mismo- a obtener un expediente universitario ejemplar, poniendo en el empeño todas mis fuerzas. Creo que lo cumplí” .

Y en una nota a pie de página, con la letra menuda que es usual en ellas, casi con el objeto de que pase desapercibido para el lector lo que allí se menciona, añade:
“En los cursos que integraban la Licenciatura de Derecho, en cada una de sus asignaturas, sin una sola excepción, obtuve la calificación de matrícula de honor, cosa que nunca he aireado en las muchas entrevistas celebradas con motivo de los cargos públicos desempeñados, pues siempre oculté este dato al dar el correspondiente curriculum. Y si lo confieso ahora, con cierto rubor y encogimiento, es porque ello expresa bien lo que para mí fue la Universidad a la que nunca luego, aun sin haberme incorporado a ella como docente, me he sentido extraño”.
En su libro Galería de grandes juristas, José María Martínez Val, distinguido jurista y apreciado amigo, cuyo recuerdo evoco, dice: “No conozco, entre tantos expedientes académicos como para varios trabajos he tenido que consultar, más que tres casos iguales: Niceto Alcalá Zamora y Torres, don Nicolás Pérez Serrano y don José Calvo Sotelo. El cuarto es Serrano Suñer …” .

Don Ramón guardó por la universidad una devoción permanente y conservó una gratitud inextinguible hacia varios de sus maestros.

Recordando sus años universitarios escribe:
“Era una universidad pequeña, competente y aún ilustre. Por lo general, los estudiantes respetábamos a nuestros profesores porque en su mayoría eran hombres de saber y conducta y de gran independencia. (…) En nuestra Facultad explicaban el Derecho don Felipe Clemente de Diego -padre y maestro-, en quien rivalizaban sabiduría y benevolencia sin que nadie, abusando de ésta, dejara de guardarle la gran consideración que por aquélla merecía, y Felipe Sánchez Román, con rigurosa frialdad y exigencia. El hipotecarista Jerónimo González, el maestro de economistas Flores de Lemus, el gran penalista Jiménez de Asúa, Pérez Bueno -devoto de Rosmini-, hombre original e independiente, no exento de alguna extravagancia; Yanguas, el decano don Rafael Ureña, con su cara de gato de angora. En el Curso Preparatorio -común a Filosofía y Letras- el viejo Ortega y Rubio, que tenía una personal incompatibilidad con Felipe II, explicaba Historia de España siguiendo su excelente obra de ocho tomos, a quien sustituyó Claudio Sánchez Albornoz, entonces aún poco notorio, pero que pronto sería reconocido como eminente historiador. Morente, joven de gran saber, exacto y severo, docente extraordinario, nos explicaba a Kant sustituyendo en la asignatura de Lógica Fundamental a Besteiro, recluido en el penal de Cartagena. Hurtado, hombre de formación copiosísima fue nuestro introductor en literatura” .

En su libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue, reitera que “la Facultad de Derecho contaba con un grupo de profesores que eran verdaderos maestros: algunos eminentes científicamente, y casi todos entregados a su cátedra con una asiduidad y una responsabilidad grandes. Para los estudiantes que queríamos trabajar, que nos sentíamos realmente universitarios, la asistencia profesional era atenta; y entre alumnos y profesores se establecía fácilmente una relación cordial basada, por una parte, en el respeto y, por otra, en la solicitud. No faltaban las excepciones del profesor bohemio (alguno de éstos informadísimo científicamente como era el de Historia del Derecho don Laureano Díez Canseco y Berjón) o la del vulgar (Tal el caso de Gascón y Marín en su pesadísimo libro con una lección 2ª con treinta o cuarenta definiciones del Derecho Administrativo que exigía repetir de memoria. Arturo Rodríguez Muñoz, que fue luego un penalista insigne, hombre de gran talento y muy independiente, llamaba a este libro ‘el cascote’), ni tampoco las de estudiantes de sala de billar. Pero el número de los que se entregaban en serio a la docencia y a la discencia era suficiente para que la vida universitaria tuviera autenticidad” .

Precisamente a propósito de la figura del catedrático de Historia del Derecho don Laureano Díez Canseco, no puedo sustraerme a la tentación de reproducir lo que Serrano Suñer refiere con afecto y mucha gracia en su libro De anteayer y de hoy. Dice así:
“… era una personalidad singular en el claustro de Profesores de la Universidad que entonces se llamaba Central. No obstante su aspecto insignificante, regordete, de baja estatura, espeso, y con voz un poco apagada, tenía la reputación de hombre eminente y era escéptico y un tanto cínico. Casi nunca asistía a clase ni se ocupaba de las lecciones del programa, sin duda por un convencimiento que tenía de la inutilidad de hacerlo, pues conocía el poco interés que los estudiantes tradicionalmente venían demostrando por la asignatura, al saber de antemano que la tenían aprobada, ya que Don Laureano nunca había suspendido a ninguno. Así ocurría que unas veces llegaba Don Laureano a la Universidad y nadie le esperaba, y otras, al revés, los estudiantes le esperaban y él no acudía. Pero cuando en alguna ocasión coincidían en el aula 11 del viejo caserón de San Bernardo -como ya es de estilo llamar a aquella casa- se producían situaciones pintorescas, divertidas y alborotadas, tanto por las ocurrencias y las ironías del escéptico don Laureano como por las manifestaciones y actitudes de los alumnos que en su mayoría le hablaban de tú y le replicaban con desenfado. En cátedra, ni aun los alumnos más dedicados al estudio casi nunca tuvimos ocasión de escucharle una lección entera en medio del alboroto que allí imperaba. Sin embargo, los estudiantones todos, bromas aparte, repetían que don Laureano era un gran sabio, y como artículo de fe, de un curso universitario a otro, se trasmitía categóricamente esa aseveración”. (…)

Muchos años después, paseando un día por el ‘Retiro’ con Ortega y Gasset -los cien pasos, como decía don José- se me presentó la gran oportunidad de salir de la duda sobre los saberes, un tanto ocultos para nosotros, de aquel profesor. Le expliqué el caso, nuestra duda ante aquella tradición sobre la ciencia de Don Laureano y Ortega, desde su altura, me respondió con sólo estas palabras: ‘Laureano Canseco ha sido el hombre mejor informado de nuestra generación’. Nada menos” .

En la segunda Junta de Gobierno de la Asociación Oficial de Estudiantes de Derecho, Serrano Suñer es elegido Presidente y José Antonio Primo de Rivera desempeña el cargo de Secretario. Ambos, como es sabido, se conocieron en la universidad y allí cimentaron su inescindible amistad que se prolongará después de su muerte el 20 de noviembre de 1936. José Antonio, en su testamento, nombrará albacea a su amigo Ramón a quien calificará como “entrañable amigo de toda la vida”.

Lo que los acercó, cuenta Serrano Suñer, fue “la vocación y el esfuerzo por no pasar en vano por las aulas universitarias y alcanzar en ellas una posición preeminente. Lo demás lo hizo, claro es, el misterioso elemento de la simpatía. Como más veterano, fui yo quien pudo asomar a José Antonio a la copiosa y actualizadísima fuente de conocimiento que era la biblioteca del ‘Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid’. Sucedió un día en que en la clase de Derecho Civil (a la que José Antonio asistía como alumno libre, precisamente por estar dedicado a sacar dos cursos en uno) del inolvidable maestro don Felipe Clemente de Diego, me correspondió desarrollar el tema de ‘Trasmisibilidad de obligaciones’. A la salida, José Antonio me abordó para preguntarme cómo y por dónde había preparado aquel trabajo ‘pues todo lo que tú has dicho no viene en los apuntes’. Le indiqué la admirable monografía que sobre el tema había publicado el maestro y que yo había leído en el Ateneo. Satisfecha su curiosidad, mantendríamos en adelante una estrecha colaboración en los estudios que pronto se extendería a otro ámbito de nuestra vida universitaria” .

Corresponde mencionar que la gestión de Serrano Suñer como Presidente de la Asociación Oficial de Estudiantes de Derecho no estuvo centrada solo en la defensa de los intereses de los estudiantes ante las autoridades universitarias sino también en profundizar su preparación. Testimonio de ello son los ciclos de conferencias organizadas por el Ateneo Jurídico de la Asociación, como las que dictó el profesor don Jerónimo González sobre el derecho real de superficie los días 21 y 27 de enero y 8 de febrero de 1922. Tales disertaciones fueron objeto de una publicación por la Librería General de Victoriano Suárez el mismo año bajo el título de “El derecho real de superficie”.

Una vez completados sus estudios, verificó los ejercicios del grado de Licenciado en Derecho el 28 de junio de 1923, obteniendo la calificación de sobresaliente y el Premio Extraordinario de fin de carrera. Poco tiempo después, partió a Italia becado por la “Junta de Ampliación de Estudios”. En Roma siguió el curso sobre “Técnica del Derecho Patrimonial” en la Universidad de esa ciudad, donde conoció a los distinguidos profesores Polacco y del Vecchio. Igualmente fue pensionado en la Universidad de Bolonia.

A su retorno a España, toma parte en las oposiciones al Cuerpo de Abogados del Estado obteniendo la plaza en el primer intento después de sólo seis meses de intensísima preparación. Al respecto, dice don Ramón lo siguiente:
“Recuerdo que agobiado ya con la preparación de unas oposiciones, sin el tiempo necesario, aislado en un piso libre en la calle de Hortaleza que la bondad de mis amigos López Roberts me ofrecía para estudiar en mejores condiciones [José Antonio] me localizó e irrumpió una tarde allí para llevarme al Teatro ‘Maravillas’ donde iba a cantar Raquel Meller, recién llegada del extranjero, sólo durante tres funciones. Aunque los dos teníamos por la genial ‘cupletista’ (como entonces se decía) gran admiración, yo me resistía a perder unas horas de estudio, pero él me argumentaba, casi empujándome, que aquella distracción haría luego más fecundo mi trabajo. Nos fuimos en su ‘Chevrolet’ hasta el teatro y al día siguiente, venciendo mi ‘indignación’ repitió la visita” .

Ya Abogado del Estado es destinado primero a Castellón, donde estuvo muy pocas semanas, y luego, al producirse una vacante en Zaragoza, solicita su traslado allí donde se reunió con su querido hermano Pepito .
Era el año 1925. Allí, en Zaragoza, tuvo a su cargo la Fiscalía del Tribunal Provincial de lo Contencioso-Administrativo. Ejerce igualmente como abogado independiente con gran suceso atendiendo la defensa de recursos de apelación ante la Audiencia Territorial y preparando dictámenes. Uno de ellos es especialmente significativo pues lo formuló en compañía de Francisco Bergamín y José Antonio. En su libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue recuerda así el episodio:
“En el orden profesional, en el año 1927, hicimos con Bergamín, un dictamen colectivo José Antonio y yo, del que recuerdo con interés y simpatía la confrontación con el gran abogado” .

Viene a mi memoria ahora que muchos años después, cuando conversaba con don Ramón sobre sus inicios como abogado, traje a colación este dictamen, pues me interesaba conocer su texto, y se lamentó profundamente por el hecho de que la copia que había conservado de él, con las firmas autógrafas de sus compañeros de dictamen, se perdió como otros muchos de sus documentos al iniciarse la guerra civil.

Preguntado por Heleno Saña sobre qué recordaba de su labor de abogado en su fase inicial, don Ramón dice:
“Sobre todo, que trabajé mucho, esforzándome siempre en preparar al máximo los casos que asumía. Yo fui sobre todo un abogado de Casación Civil, pero también me gustaba defender recursos de apelación ante las Audiencias Territoriales. En otro extremo, recuerdo asimismo que durante la dictadura de Primo de Rivera defendí en Zaragoza alguna vez a sindicalistas de la CNT” .

Y ante el interrogante de Saña de si no resultaba contradictorio que un hombre de derechas asumiera la defensa de militantes obreros que postulaban una concepción del mundo opuesta a la suya, respondió:
“La CNT era fortísima en Zaragoza, pero sinceramente yo no tenía ninguna antipatía por esa organización. Nuestros enemigos eran los radicales de Lerroux, y en parte los socialistas” .

Martínez Val llama la atención en 1993, cuando publica su Galería de grandes juristas, sobre el hecho de que a partir de su inicio en el ejercicio profesional en Zaragoza con veinticuatro años recién cumplidos (1925) y “descontando el breve paréntesis (1936-1942) de la acción política, puede afirmarse que ha sido abogado dos tercios del siglo, uno de los más largos ejercicios profesionales que se haya podido conocer” .

En Zaragoza, Serrano Suñer se desempeñó como profesor de la sección de Derecho en el Instituto Amado, fundado por don Santiago Amado Lóriga, Capitán de Infantería al tiempo de iniciar sus actividades el Instituto y Licenciado en Ciencias, que se inauguró el 15 de octubre de 1926. Corresponde mencionar que desde la fundación del Instituto Amado era director espiritual de él y profesor de Derecho el entonces joven sacerdote Josémaría Escrivá.

En un artículo escrito por el P. Constantino Anchel dedicado a la actividad docente de san Josemaría en los Institutos Amado y Cincuéndez se brinda información valiosa sobre el referido centro de estudios.

Dice que “inicialmente, el instituto abarcó un número bastante elevado y heterogéneo de enseñanzas: ingeniería, academias militares. Ciencias, correos, bachillerato, comercio, hacienda, radiotelegrafía, idiomas… El profesorado era numeroso. En el folleto de propaganda hay una relación de veinticuatro profesores más el director. Unos meses más tarde, en la contraportada del ejemplar de marzo de 1927 de la revista del Instituto Alfa-Beta, el numero ha aumentado hasta treinta y tres. Por los nombres que se mencionan, se puede afirmar que estaba compuesto por personas competentes. Algunos de estos profesores alcanzaron, con el tiempo, prestigio y renombre, como Ramón Serrano Suñer, Lorenzo Vilas y Jesús Pabón, sin olvidar a san Josemaría” .

El Instituto Amado también contaba con una sección de Derecho. El P. Anchel menciona que en el número 3 de la revista Alfa-Beta, de marzo de 1927, se lee, en la enumeración de secciones de la academia: ‘Abogados del Estado, Judicatura, Ministerio Público. Notariado, Registros, Secretarios Judiciales y de ayuntamientos, Carreras de Ciencias, Derecho, Letras, Comercio, Magisterio y Escuela Industrial’. En esta relación queda patente la doble dirección que tuvo desde el inicio la sección de derecho. De una parte, la preparación de oposiciones, para lo que contaba con la ayuda de Ramón Serrano Suñer, abogado del Estado, y de Pedro de la Fuente, teniente fiscal. De otra parte, las clases de repaso para alumnos de la universidad que, por un motivo u otro, lo necesitaban. En esta segunda trabajó Josemaría Escrivá de Balaguer” .

Como se refirió, la revista Alfa-Beta fue el órgano de difusión del Instituto Amado. Indica el P. Anchel que “era una publicación mensual, bien editada, de tamaño cuartilla vertical, para servicio de sus profesores y alumnos, cuyo primer número apareció en enero de 1927. En la revista se daban noticias de la vida del instituto y aparecían artículos escritos por profesores del mismo. Además se incluía la relación de profesores y las distintas secciones de la academia” .

Precisamente en el número 3 de marzo de 1927, entre las páginas 4 y 7, aparece un trabajo de Serrano Suñer que lleva por título Significado de la locución “Ius ad rem”, que constituye su primer trabajo con contenido jurídico publicado.

Como dato curioso debe referirse que en el mismo número apareció también un artículo del P. Escrivá titulado La forma del matrimonio en la actual legislación española que es igualmente el primero que publicó.

Ese mismo artículo sobre el ius ad rem apareció inmediatamente después en el número 28, correspondiente a abril de 1927, de la Revista Crítica de Derecho Inmobiliario (págs. 275 a 279).

Muchos años más tarde, en 2000, con motivo de la publicación del libro Homenaje a José León Barandiarán, editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú, don Ramón me autorizó a incluirlo como contribución suya a ese homenaje al distinguido civilista peruano.

El estudio dedicado al ius ad rem es valioso, actual y esclarecedor. Dice su autor:
“… existe dentro de los derechos patrimoniales otra serie de relaciones jurídicas, de difícil inclusión en alguno de los grupos de la división tradicional, mixtas o intermedias, entre los derechos reales y los de obligación. Son derechos personales de ‘vocación’ a la cosa, ejercitables contra el deudor mientras ésta se conserva en su patrimonio y también contra los sucesivos adquirentes, ya contra todos, ya sólo contra los no legítimos, esto es, contra los que conscientes de la existencia de una precedente relación obligatoria que ligaba a su autor, adquirieron la cosa o un derecho sobre ella. Son algo así (y valga por un momento la contradicción ‘in terminis’) como relaciones obligatorias con la garantía de acciones reales” .

Serrano Suñer condensa admirablemente con esta explicación la diferencia entre el “ius ad rem” (derecho a la cosa o al bien) y el “ius in re (derecho sobre la cosa o sobre el bien) y alude, además, a la cuestión relativa a la concurrencia de acreedores sobre un mismo bien mueble o inmueble y a la carencia de buena fe (buena fe creencia) de los que denomina “adquirentes no legítimos”, precisamente por el conocimiento que tenían éstos, al tiempo de celebrar el acto que los vincula con el deudor, de la existencia de una relación obligatoria anterior sobre el mismo bien, lo que impide que puedan ser amparados.
Concluye su estudio afirmando certeramente lo siguiente:
“Conocemos ya el contenido propio del “ius ad rem” en su significación canónica y feudal, pero al trasplantarlo al ámbito del Derecho civil o al descubrir en él su existencia surge el arduo problema de su catalogación o inclusión en su sistema perfilando bien su naturaleza: ¿es derecho real? ¿crediticio? ¿intermedio? Algunos han creído resolver el problema llamándole ‘derecho real relativo’, pero tal expresión me parece violenta y disonante dentro del lenguaje jurídico. Acaso no sea más que un momento de la trayectoria recorrida por el derecho de crédito hasta llegar al derecho real. La técnica habrá de pronunciarse sobre este complejo problema”.

Llegada la República el 14 de abril de 1931, se convoca a elecciones a Cortes Constituyentes donde los socialistas obtienen, como es conocido, el mayor número de actas. En Zaragoza, uno de los vencedores fue Niceto Alcalá Zamora, que ostentaba en ese momento el cargo de Presidente del Gobierno Provisional de la República, y que también había obtenido un acta por la provincia de Jaén y otra por Madrid. Al optar por el acta de Jaén debió procederse a una nueva elección en Zaragoza.

Serrano Suñer fue invitado por las “fuerzas vivas” de la ciudad a tomar parte en las elecciones como candidato de la denominada “Unión de Derechas”. Vencida su inicial resistencia y aceptada la invitación pone todo su empeño en la campaña que desarrolla.

En un mensaje dirigido “A los electores de Zaragoza” de 27 de septiembre de 1931, expresa entre otras cosas lo siguiente:
“La revolución nos fuerza a ser conservadores. Diferencias de matiz que antes nos separaban dentro de la profesión de un minimun común de principios fundamentales quedan abolidas ante la amenaza que de su total destrucción implica aquélla. El pleito español no se debate ahora entre dos formas de gobierno, sino entre dos grandes masas: la revolución, destructora de los cimientos de nuestro orden social, y la contrarrevolución que ha de salvar los principios sin perjuicio de acoplarlos a las circunstancias presentes con un sentido de justicia y de modernidad. (…)

Sin ningún punto común con el liberalismo filosófico-racionalista, es preciso mantener un sistema de organización del Estado, inspirado en el respeto a la libertad, que presente un dique que oponer a los avances del socialismo y del comunismo, cuyas doctrinas, ahogando la personalidad humana en su esencia, son la negación de aquella libertad. En la perfecta ecuación de esta libertad con el principio de autoridad, hoy eclipsado, radica el orden que defendemos. (…)

Admitida la propiedad como supuesto indeclinable del orden social es forzoso, en función de una mayor justicia, admitir también sus limitaciones exigidas por su doble carácter individual y social pero reconociendo su papel como estímulo de la producción y garantía del orden, en la distribución, que no ha podido ser sustituido por los desdichados ensayos colectivistas, defendemos el aumento del número de propietarios de manera que la institución gane en extensión lo que pierde en intensidad. (…).”

No obstante su dedicación y esfuerzo, los resultados en las elecciones del 4 de octubre le son adversos, pues es elegido el candidato republicano-socialista.

Permítaseme aquí alterar el orden cronológico de acontecimientos que vengo siguiendo para llamar la atención, a propósito de los valores de la libertad, la autoridad y el orden, que la preocupación de Serrano Suñer por estos temas se mantuvo constante a lo largo del tiempo.

En efecto, con motivo del denominado Discurso de Burgos que pronunció en el Instituto Francisco Suárez el 22 de junio de 1971, casi cuarenta años después de su mensaje “A los electores de Zaragoza”, expresó lo siguiente:
“Es cierto que el orden -aunque sólo sea material- y la paz hacen milagros. Hemos experimentado que sin orden no hay libertad posible, pero también hay que reconocer que sin libertad no hay orden; orden verdadero, se entiende, como tampoco lo hay sin justicia, porque la injusticia es el mayor de los desórdenes. Y un orden sin más espíritu, sin más nervio que la coacción, se rompe en mil pedazos cuando llega la hora del estallido. Claro es que esa libertad del hombre lleva consigo su responsabilidad, responsabilidad frente a lo que Ortega llamó envidiable irresponsabilidad de la planta, la piedra o el animal” .

Y agrega:
“La autoridad es el quicio y fundamento de toda comunidad; soy un devoto de ella y sin autoridad la vida civil es imposible. Pese al optimismo de las esperanzas libertarias, es seguro, dada la condición humana, que una sociedad sin autoridad se disuelve en la guerra de todos contra todos. Ahora bien, hace falta que esa autoridad aglomere, interese, cuente con una vida civil rica, porque de otra manera la disolución social se produce también; tal vez de una manera menos visible e inmediata, pero seguramente más grave y profunda.

La autoridad que emerge de la conjunción de aquellos valores será la más fuerte y más legitimada para usar de la coacción cuando el mantenimiento del orden lo exija. De ahí que una autoridad no representativa ni controlada está amenazada siempre por la anarquía como juicio final de su propia irresponsabilidad. Es preciso que ‘el poder frene al poder’… Ya sé que algún doctrinario dirá que esto no es nuevo, pero sigue siendo cierto y necesario” .
Conviene hacerse cargo del hecho de que estas palabras las pronunció don Ramón en 1971. ¡Cuánta razón tenía en ese momento en sus reflexiones y qué actuales siguen siendo ellas!
Posteriormente, el 26 de junio de 1995, en la que sería su última comparecencia pública con ocasión de los Cursos de Verano de El Escorial, oportunidad en la que su exposición estuvo dedicada a su entrañable amigo José Antonio, manifestó acerca de estos mismos temas lo siguiente:
“Una Democracia verdadera, serena, competente. Aquí está el punto difícil. El peligro está en que si no se mantiene un principio de orden, con honradez y con inteligencia, que la conserve dentro de los límites propios, se cae con frecuencia en la demagogia, y la demagogia es siempre la Tiranía. Se ha de mantener el principio con orden y responsabilidad, aunque en ocasiones ello no pueda ser del gusto de quienes la establezcan o administren sin pulcritud” .

Retomo el hilo cronológico de esta exposición indicando que esa participación en las elecciones de octubre de 1931 marcó el inicio de su actividad política la que desarrollará a partir de ese momento paralelamente con su ejercicio profesional.

Ese mismo año 1931, bajo el sello del Instituto Editorial Reus, publica, en compañía de su fraternal amigo el ilustre romanista profesor José Santa Cruz Teijeiro, en tres volúmenes, la traducción al castellano de la cuarta edición italiana de las Instituciones de Derecho Civil del profesor Roberto de Ruggiero, anotada y concordada con la legislación española. Don Ramón califica con toda justicia a Ruggiero como “insigne profesor de la Universidad de Nápoles” y a su obra como “primoroso libro” .

Es especialmente significativo el hecho de que la traducción fue dedicada “A la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, devotamente”. A este respecto explica don Ramón lo siguiente:
“Tengo de aquella Universidad, materialmente pobre y mal instalada en el viejo caserón de San Bernardo, un recuerdo entrañable, una valoración muy alta y siempre le he guardado devoción y gratitud” .

La obra está enriquecida con amplias notas y comentarios que vinculan las reflexiones del tratadista italiano con la legislación y la doctrina españolas. Merece relevarse el hecho de que la obra se difundió ampliamente en Hispanoamérica. De hecho, en el orden personal, puedo señalar que la consulté con frecuencia y con provecho tanto durante los años en que estudié en la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú, como posteriormente en el ejercicio profesional y docente, hasta ahora.

En el mes de noviembre de 1933 se realizan nuevas elecciones parlamentarias y en esta oportunidad Serrano Suñer es elegido diputado por la “Unión de Derechas”, agrupación que luego se disuelve -en contra de su opinión-, constituyéndose la minoría de la “Confederación Española de Derechas Autónomas” (CEDA).

Su actividad parlamentaria fue intensa y no exenta de disgustos. Uno de ellos se produce a propósito del suplicatorio que formula la Sala Segunda del Tribunal Supremo para procesar a José Antonio, a quien se acusaba de tenencia ilícita de armas. En el debate, Indalecio Prieto se opone al otorgamiento del suplicatorio, y la CEDA vota casi en bloque por la concesión de él, con la excepción de cinco diputados de ese grupo a los que Serrano Suñer logra persuadir con argumentos jurídicos de la improcedencia del pedido. En total, 127 votaron por el sí y 65 por el no.
Relevante papel le correspondió desempeñar, merced a sus amplios conocimientos acerca de la materia, durante el debate que se inició el 12 de febrero de 1935 sobre el proyecto de Bases de la Ley Municipal Orgánica. La enmienda que propuso a la Base XXVII referida a los “Recursos en materia municipal” la comentan los municipalistas Antonio Llano Díez de Quijano y Juan Lamoneda Fernández en su libro La nueva Ley Municipal Orgánica. Antecedentes, texto, comentarios, discusión parlamentaria íntegra, que se publicó en Madrid en 1935 señalando lo siguiente:
“La amplitud y perfección con que esta base regula el recurso contencioso administrativo se debe a la enmienda que al Dictamen presentó el señor Serrano Suñer y que fue aceptada por la Cámara, contra el criterio de la Comisión, en votación nominal. Con tal motivo pronunció el autor de la enmienda uno de los más documentados discursos que se oyeron en la discusión de la Ley Municipal” .

El propio don Ramón, recordando esos debates dice:
“No me importa incurrir en inmodestia al decir que las enmiendas que yo propuse a casi todas las Bases del proyecto oficial fueron formuladas y defendidas en mis intervenciones orales en la Cámara con el mayor rigor técnico jurídico, como allí se reconoció incluso por diputados de la mayoría -llegando a considerarse excesivo por algunos aficionados a lo aproximativo- y siendo total o parcialmente aceptadas e incorporadas al texto legal” .
Al disolverse las Cortes en enero de 1936, se convoca a nuevas elecciones para el 16 de febrero en las que sale nuevamente elegido como diputado Serrano Suñer.

En la segunda vuelta de las elecciones celebradas en Cuenca se presentó la candidatura de José Antonio. El Frente Popular tenía claro su propósito de impedir que se le proclamara como diputado. Serrano Suñer integraba la “Comisión de actas” y dedicó todo su esfuerzo de acucioso abogado a probar que José Antonio efectivamente había sido elegido. No obstante, todo fue inútil. La votación nominal fue adversa al voto particular de Serrano Suñer por 124 votos contra 49. Y con ello, la suerte de José Antonio estaba echada. Sin el acta de diputado no podría salir de prisión y evitar más tarde la muerte.

Así describe Serrano Suñer sus afanes:
“Con el mayor interés, Colegio por Colegio, Sección por Sección, Mesa por Mesa, analicé los resultados y demostré en mi discurso a la Cámara que José Antonio había sido elegido. Por ello desde la cárcel, y en el periódico clandestino No Importa, me dio las gracias por mi ‘paciencia y mi trabajo de benedictino’. Paciencia inútil pues el Parlamento había cambiado enteramente de signo, de estilo y de composición, y tenía ya toda la apariencia de una convención revolucionaria” .

No puedo dejar de mencionar que entre los diputados de otras bancadas que votaron con Serrano Suñer estuvo don Fernando Suárez de Tangil y Angulo, conde consorte de Vallellano, abuelo de nuestro ilustre anfitrión, mi apreciado amigo don Manuel de Soroa y Suárez de Tangil, quien actualmente ostenta honrosamente y con toda justicia el mismo título.

Entre el 30 de enero y el 18 de mayo de 1936 se realiza un ciclo de conferencias en homenaje al eminente Profesor Felipe Clemente de Diego con motivo de su jubilación. El 18 de abril, Serrano Suñer pronuncia la conferencia titulada Aportación del Profesor Felipe Clemente de Diego a los estudios del Derecho Privado, donde con exquisito rigor y erudición y profundo afecto por el homenajeado -su recordado maestro en la Facultad de Derecho- formula un estudio minucioso sobre la obra del Profesor de Diego, los rasgos romanistas que lo marcan y, muy especialmente, sus aportes al Derecho de Obligaciones, que mantienen lozana actualidad y vigencia.

El texto apareció publicado con el título de Aportación del Profesor Felipe Clemente de Diego a los estudios del Derecho Español en septiembre de 1939. La edición corresponde a los Talleres Gráficos Ramón Sopena, S.A. de Barcelona. Posteriormente formó parte -con su título original- del Libro Homenaje al Profesor Don Felipe Clemente de Diego, Catedrático de Derecho Civil de la Universidad Central, con motivo de su jubilación , editado en Madrid en 1940 por la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Este libro incluye todas las conferencias pronunciadas en el ciclo en homenaje a Don Felipe Clemente de Diego.

Años más tarde, en 1993, la conferencia fue publicada en la Revista de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, Perú .

De esa conferencia, en la que se ocupa, entre otras cuestiones, como ya lo mencioné, del signo romanístico de la obra y personalidad del profesor De Diego, tomo los siguientes párrafos que tienen especial actualidad:
“(…) El Derecho romano, para el maestro don Felipe Clemente de Diego, constituye un substratum de la jurisprudencia universal. Leibnitz comparaba las obras de los juristas de aquel pueblo, por su rigor lógico, con los escritos de los matemáticos. Partiendo de estas afirmaciones, que tienen valor axiomático, resulta evidente su enorme importancia en la formación jurídica de las juventudes, formación que no sólo ha de consistir en el desarrollo y depuración del razonamiento propiamente jurídico o de las facultades específicas del jurista, sino también en el alumbramiento de aquellas dotes y calidades éticas que hacen del jurisconsulto un verdadero sacerdos.

De aquí el valor, cada día más apreciado, de la extensión y ampliación de estos estudios en nuestras facultades; si bien es forzoso consignar que ello no tendrá viabilidad ni pasará de ser un buen propósito si al propio tiempo no se intensifican los estudios de Humanidades y se nos ofrece oportunamente una educación esmeradamente clásica. No corresponde a la índole de este trabajo, y menos a la impericia de su autor, señalar las líneas de una reforma docente en este sentido, pero sí aprovechar esta coyuntura para postular, con la autoridad de una experiencia dolorosa, la inaplazable restauración de los estudios humanísticos, no sólo en obediencia debida a un imperativo científico indeclinable, sino también por su indiscutible valor práctico como medio para atajar tanta anarquía espiritual, tanto extravío intelectual como hoy padecemos.

Para esta tarea formativa no parece procedimiento eficaz limitar la labor a una somera exposición del panorama de las instituciones jurídicas, sino que será preciso habituar a las juventudes al manejo frecuente de las fuentes, lo que significa su iniciación en el camino de la investigación. Así lo comprende nuestro Profesor De Diego cuando recomienda el examen de las fuentes en sí mismas, cada una en su íntima estructura y naturaleza, y en conjunto con relación a la total masa del Derecho romano. (…)
Tengo por indiscutible que nuestro maestro don Felipe ha conseguido situarse en lugar tan destacado en el ámbito de la jurisprudencia española, aparte sus relevantes dotes personales, merced a su gran preparación romanística y a su indiscutible dominio en el campo de las humanidades. (…)” .
Serrano Suñer concluye su disertación manifestando lo siguiente:
“En resumen: en toda la labor de aportación de don Felipe a los estudios de Derecho Privado se advierte la vena romanística del maestro. La sobriedad y fuerza de su construcción, la perspicuidad y la elegancia de su dicción recuerdan aquellos juristas romanos del período clásico que vertían sus geniales intuiciones con aquella forma que nuestro Quintiliano no titubea en ofrecer como una de sus características, ‘muy distinta de las formas usuales del decir’.

Pero importa mucho notar que si en Don Felipe Clemente de Diego nada hay de desaliño en la forma, tampoco hay nada de ese estudiado y rebuscado conceptismo, que es un expediente al que muchos recurren para dar apariencias de profundidad a las ideas más vulgares. Los conceptos más abstrusos o sutiles se convierten en la obra del maestro en llanos y accesibles a todos.

Estas son la línea y la tónica de la obra de este gran don Felipe, maestro nuestro de por vida. Nada importa, frente a la realidad permanente de su magisterio, que el automatismo oficial, frío y seco, lo aparte mañana de su Cátedra con menoscabo, eso sí, de la Universidad y daño cierto para la formación de futuras generaciones de juristas, porque siempre, mientras la vida sea, perdurará entre nosotros guardado con nuestros recuerdos mejores y nuestros afectos más caros” .

Don Ramón siempre consideró como una de las pocas satisfacciones que le depararon los años de su gestión política la de haber promovido a don Felipe a la Presidencia del Tribunal Supremo .
A los propósitos de esta exposición, omito referirme al inicio de la guerra civil, la detención de don Ramón en Madrid, la forma milagrosa en que salvó la vida en la Cárcel Modelo donde fueron asesinados muchos de los prisioneros el 22 de agosto de 1936, su traslado a la Clínica España, su posterior evasión, su embarque en el torpedero “Tucumán” de la Armada de la República Argentina y su llegada a Salamanca.
Durante los primeros meses de su llegada a Salamanca se dedicó a lograr encuadrar el Movimiento Nacional en un Estado organizado jurídicamente. Se trataba de instituir un Estado de Derecho. El propósito era dejar atrás lo que Serrano Suñer llegó a denominar el “Estado campamental”.

“No podrá extrañar -escribe don Ramón-, que para un hombre como yo, formado en el orden de las disciplinas jurídicas, aquella situación, que tenía su justificación en la guerra y para la guerra, resultara luego deficiente en el orden de la política. Para mí estaba claro que después de terminar la guerra (si se quiere después de dos o tres años) había que ir a un régimen político organizado en la forma de un Estado, de verdad, de Derecho. De otro modo la finalidad de la guerra no sobrepasaría el estado negativo; y la posibilidad de reagrupar al pueblo español para la empresa pública sería una quimera” .

Serrano Suñer, sin ocupar propiamente cargo público alguno -a lo más podría concebírsele como un consejero privado de hecho-, se dedicó a “preparar los primeros planes y disposiciones orgánicas de la Administración Central del Estado para la constitución del primer gobierno” . Se convirtió así en el auténtico diseñador del nuevo Estado.

Le cupo también la tarea de redactar el Decreto de unificación que el General Franco dio a conocer el 19 de abril de 1937 desde el balcón de su Cuartel General.
Finalmente, el 30 de enero de 1938 se forma el nuevo gobierno en el que Serrano Suñer ocupa el Ministerio del Interior (que tiempo después pasó a denominarse de Gobernación al suprimirse el Ministerio de Orden Público).. Desde septiembre de 1937 el Cuartel General se había trasladado a Burgos. Y precisamente allí, treinta y tres años después, en su Discurso de Burgos al que ya hice mención, Serrano Suñer hace un recuento de la importante labor normativa realizada en ese entonces en la que le cupo papel protagónico:
“De aquí salió la primera Ley Orgánica de la Administración Central del Estado de 30 de enero de 1938 y la reforma de 8 de agosto de 1939. El Estatuto de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. El régimen de municipios recién liberados. El proyecto para una nueva Ley de Administración Local. El régimen provincial. Disposiciones sobre los acuerdos municipales sujetos a referéndum. Auxilio a poblaciones liberadas y refugiados. Subsidio al combatiente. Fondo Benéfico-Social. Organización Nacional de Ciegos. Regiones Devastadas y Reparaciones: Oviedo, Teruel… Régimen de Adopción por el Jefe de Estado. Policía de Abastos. Ley de Prensa. Agencia EFE. Periodismo. Creación del Instituto Nacional del Libro. Cinematografía de Guerra. Radio. Rutas de Guerra. Y aquí presidí las sesiones de elaboración del Fuero del Trabajo, que se aprobó precisamente en la Sala de Jueces de este Ayuntamiento. En una palabra, aquí se inició el tránsito del Estado campamental al Estado en alguna medida sometido al orden jurídico. (La sola lectura del índice de los Decretos, Órdenes y proyectos de ley que de aquí salieron me ocuparía todo el tiempo de que dispongo para este acto. Confrontando más tarde aquella obra con las versiones oficiales, tuve motivos para pensar alguna vez si yo no habría sido más que un sonámbulo que no tuvo nada que ver con la realización de esa tarea.)” .

Está claro que el ejercicio del cargo de Ministro del Interior no lo distanció de la actividad jurídica. Muy por el contrario. Y está claro también que su rigurosa formación académica contribuyó decisivamente a definir con precisión y articular eficazmente las bases del nuevo Estado.

Si bien su dedicación a la cosa pública fue intensísima y ocupó todo su tiempo, lo jurídico no dejó de estar presente. Muy por el contrario. Creo no equivocarme al afirmar que su interés permanente fue encuadrar jurídicamente el fenómeno político. Sus condiciones de abogado y jurista marcaron con huella indeleble el ejercicio de todas las funciones públicas que desempeñó.

Buena muestra de ello es el discurso que pronunció en Burgos ese año de 1938, el 20 de noviembre más precisamente, en el luto nacional por la muerte de José Antonio, del que destaco estos párrafos de gran contenido y que conservan, en buena parte, extraordinaria vigencia:
“Espíritu clásico que, por serlo, sintió la justicia como virtud cardinal y como vocación, porque el Derecho -ciencia y arte que a cada uno da lo suyo- no arraiga sino en quienes tienen del peso, de la medida y del número un sentido exacto y humano. Él vivió la Jurisprudencia con el decoro insuperable de los que visten la toga sin mancharla, porque saben que la Justicia es una emanación de la Divinidad.
Este culto suyo para el Derecho es una lección que no podemos arrumbar como lastre molesto de su herencia; porque el Derecho que es rémora detestable y odiosa cuando, como reloj parado, marca una hora inamovible en su esfera, es la garantía insustituible para los valores personales cuando marcha a compás del tiempo y cuando sirve para abrir cauce a la concepción del mundo y de la vida que tiene la generación que ha de cumplirlo.
Por ello urge acometer la tarea positiva de crear el Derecho de la Revolución Nacional Española: La norma que encuadre el orden nuevo, la que le dé sistema institucional, claridad y rigor, y con su fuerza nos lo defienda de la codicia, de la incomprensión y de la ruindad de toda suerte de malvados” .

A propósito de este discurso, comenta don Ramón en su obra Entre Hendaya y Gibraltar:
“Recuerdo que ante estos conceptos algunos de los Generales que ocupaban la primera fila del reducido auditorio -Kindelán, Varela- me miraban con gesto de disgustada perplejidad. Todo esto les parecía -según luego comentaron- ‘cosas de abogados’” .

Complementando esas reflexiones suyas que tienen como referente a José Antonio, cito lo que escribió en su libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue:
“El Derecho, una de las mayores conquistas de la cultura humana, es hoy un valor casi universalmente despreciado, y sin embargo, en buena parte, la Civilización, obra de esa cultura, es en cuanto hecho social, el Derecho mismo.

No puede haber comunidad civilizada sin el establecimiento y el mantenimiento efectivo de un orden jurídico. Por ello todos, pero especialmente abogados y jueces, tienen el deber de luchar en su defensa cada día con mayor elevación y rigor al servicio de la verdad y la justicia. Las leyes y los códigos, aun siendo buenos, sirven poco si no son buenos jueces y abogados. Si el legislador puede ser analfabeto -y algunas veces lo es, como dice crudamente un gran maestro de juristas-, el juez no puede serlo porque en el proceso se puede hacer Derecho y muchas veces necesariamente se hace” .

El 16 de octubre de 1940 Serrano Suñer asume la cartera de Asuntos Exteriores en momentos especialmente graves para España. No me extenderé en esta materia que en estricto podría pensarse escapa a la materia que abordo. No obstante, no puedo dejar de señalar que, a no dudarlo, sus difíciles negociaciones con los alemanes -que felizmente culminaron con éxito gracias a la notable capacidad dialéctica de Serrano Suñer, a su formidable habilidad negociadora y su aplomo- fueron el encargo más importante que debió cumplir en su largo ejercicio profesional como abogado. En este caso era, nada menos, que el abogado de España y tuvo que llenarse de argumentos convincentes para conseguir evitar a toda costa que España entrara en la guerra al lado de la Alemania de Hitler. Debió sufrir intensas presiones en ese sentido, la última de ellas por parte del propio Hitler en la decisiva entrevista que celebró con él en Berchtesgaden en noviembre de 1940.

A este respecto escribe don Ramón:
“Yo estuve hablándole [a Hitler] en términos patéticos de nuestra penosísima situación, repitiéndole que le hablaba y seguiría hablándole en ese tono de español amigo y afligido por la grave situación de mi país. Al terminar, el Barón de las Torres y Tovar me dijeron que los términos de gran patetismo de mis palabras vieron como conmovían al Führer, y fue así (después de mis nueve o diez conversaciones con él), la primera vez que le vi como un ser humano, capaz de emocionarse (muy distinto de su actitud en conversaciones anteriores en que me parecía un histrión, con la forma que convenía en cada caso, o veía en él una abstracción política).

Fue entonces, repito, la primera vez que le vi como un ser humano capaz de emocionarse, porque se emocionó y derrumbándose sobre el sillón, con los brazos colgando, cuando yo, después de todos sus especiosos argumentos para convencerme de la necesidad de fijar la fecha para nuestra intervención, le dije: ‘No podemos, Führer, no podemos’; entonces él cambiando su tono habitual, me dijo: ‘Bueno pues, Ministro, habrá que esperar’. Mi alegría entonces fue tan grande como había sido la noche anterior mi decepción y mi tristeza…“ .

Y en otro de sus textos agrega:
“Franco había resistido en Hendaya y yo -de acuerdo con él- tuve que afrontar en Berchtesgaden -y rechazar- aquel requerimiento apremiante para que España entrara en la guerra, en la más concreta y dramática de nuestras negativas. (Aquella noche los tres, el Barón de las Torres, Tovar y yo, fuimos obligados a quedarnos a dormir en Berchtesgaden. Quien tenga un poco de imaginación y memoria sobre algunas reacciones alemanas ante resistencias y dificultades tal vez piense que pudimos estar expuestos a lo peor. Soy ya viejo y de nadie competidor, por consiguiente con libertad e independencia, al recordar aquella situación me pregunto: ¿todos habrían procedido ante el poderoso de igual manera?)” .

Como lo tengo escrito en otro lugar, “Serrano Suñer ha sido el único político europeo que no cedió a las presiones de Hitler en Berchtesgaden (otros, infelizmente, nada pudieron hacer y tuvieron que someterse sin más: baste recordar solamente los casos patéticos del Presidente checo Hacha o del Canciller austríaco Schuschnigg). (…)
Serrano Suñer, a sus 39 años, había prestado, con firmeza y fe inquebrantable en la justicia de la causa de su país que defendía, un servicio eminente a España, que lo hace merecedor de la gratitud de todos los españoles. Bien podía pensar entonces, bien puede afirmarse hoy con absoluta certeza que con ese servicio a su Patria no había quemado su vida en vano” .

A propósito de la profunda convicción que inspiró su firme proceder ante Hitler, en una entrevista realizada por el calificado periodista y escritor Fernando Vizcaíno Casas en 1967, publicada en el Heraldo de Aragón el 16 de noviembre de ese año, más tarde incluida en su libro Café y copa con los famosos , dice don Ramón:
“El hombre de Derecho como el verdadero político nada son ni nada serio pueden hacer si no se sienten sostenidos por una fe y una vocación ferviente”.

Cierro esta referencia de su paso por el Ministerio de Asuntos Exteriores con la glosa de un simpático episodio que cuenta el propio don Ramón en su libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue y que reitera lo afirmado en el sentido de que Serrano Suñer en ningún momento se despojó de su condición de abogado y jurista durante el ejercicio de la función pública como Ministro.

De lo que se trataba era de dilucidar si correspondía asimilar a los hidroaviones militares beligerantes que amerizaban en aguas territoriales neutrales a los aviones que aterrizaban en una nación neutral o si, por el contrario, debían ser asimilados a los buques de guerra. Este segundo planteamiento era el que favorecían los alemanes para evitar así el internamiento del hidroavión. También era la posición del Ministerio de Marina al que le interesaba que prevaleciera.

El problema fue sometido por el Ministro Serrano Suñer a la Asesoría Jurídica Internacional la que emitió el informe correspondiente al que califica de “bien construido y razonado” por Pedro Cortina, diplomático y profesor de Derecho Internacional adscrito a esa dependencia, que más adelante llegó a ser Subsecretario, Embajador y Ministro. En el informe se concluyó que no había lugar para distinguir entre aviones e hidroaviones, por lo que éstos debían ser objeto de internamiento del mismo modo como se procedía con los aviones militares beligerantes que aterrizaban en un país neutral.

El informe, refiere don Ramón, estaba muy sólidamente fundamentado. Invocaba antecedentes de la primera guerra mundial, así como el convenio internacional de navegación aérea de 13 de octubre de 1919.
Cuenta que cuando el joven asesor jurídico internacional mostró con satisfacción su informe a quien era el Subsecretario ejerciente del Ministerio -don José Pan de Soraluce- éste le dijo: “Esto está muy bien, pero el Ministro no aceptará este criterio para resolver”.

Y concluyo el relato con lo que escribe textualmente don Ramón:
“Contrariamente a esta presunción, yo, después de estudiar seriamente el caso, acepté la opinión de la Asesoría y resolví en ese sentido; contra las aspiraciones de nuestro Ministerio de Marina y de la Embajada Alemana. Y muy satisfecho de esta decisión el Subsecretario, antes pesimista, comentó con el joven autor del informe: ‘Estas son las ventajas de que el Ministro sea un jurista’” .

El 3 de septiembre de 1942 Serrano Suñer cesa como Ministro de Asuntos Exteriores. Se aleja con ello de manera definitiva del Gobierno.

“Me equivoqué -dice don Ramón-. Me distancié del Régimen. Limpiamente de desentendí del Poder; no así de mis preocupaciones por los problemas de España, cada vez mayores, al pensar en su futuro; y con dignidad volví al huerto sagrado de mi vida profesional, dedicándome a ejercer con exigencia mi vocación de jurista.
Desde el mes de julio de 1936 había quedado interrumpida mi actividad de abogado. Seis años después -en octubre de 1942-, liberado de la servidumbre política, me veía precisado a rehacer mi vida privada. Me resultaría penoso describir ahora el estado físico, mental y moral en que me encontraba cuando (puesta hasta entonces mi atención en los problemas dramáticos del mundo) tenía que volver a las cuestiones del Derecho privado, Civil y Mercantil, también Administrativo -bienes parafernales, derechos reales, sucesiones, balances, concesiones, contratos administrativos, etc., etc.- para afrontar el difícil problema de la subsistencia de mi familia y de la educación de mis seis hijos, comprendidos entre las edades de diez años y once meses. Sobre mi torturado cerebro, que había soportado muchas amarguras, caía entonces la pesadumbre de una tarea para cuyo cabal cumplimiento acaso me faltasen fuerzas; pero Dios quiso que se fuera despejando el sombrío horizonte, fruto de la desconfianza que embargaba mi ánimo.

Amigos ‘de los de antes’, y personas y entidades que sin haberme conocido me atribuían, benévolamente, dotes intelectuales y morales propicias para el ejercicio de la abogacía, fueron desfilando por mi bufete, en trance de reorganización, y aun a sabiendas de que el ostracismo en que vivía anulaba toda esperanza de contar con un consejero influyente, me favorecieron con sus encargos profesionales. Asuntos variados afluyeron a mi despacho, y si bien requerían en mí un esfuerzo redoblado por haber estado dedicado tanto tiempo a menesteres de otra índole, se veía compensado por el satisfactorio sentimiento del retorno a mi vocación arraigada y -por qué no decirlo también- por la compensación de un rendimiento económico que apartaba de mi mente aquellas dudas, y la inseguridad, que en un principio me inquietaron” .

En efecto, alejado de la función pública, Serrano Suñer se dedicó con esmero a la atención de los asuntos que en gran número le fueron encomendados, quedando apartadas así las dudas y reservas iniciales. Su ejercicio profesional comprendió la defensa de causas ante los tribunales, especialmente recursos de casación, así como la formulación de dictámenes jurídicos.

Cabal testimonio de su intensa y prolongada actividad profesional de más de cincuenta años, son los dos gruesos volúmenes de sus Dictámenes y Recursos de Casación Civil, publicados en 1985 bajo el sello de las Editoriales de Derecho Reunidas, S.A., con un magnífico prólogo de Ignacio Izquierdo Alcolea, ilustre profesor y muy querido amigo, a quien recuerdo entrañablemente con este motivo.

La aparición de la obra dio motivo a una nota crítica del distinguido romanista profesor Juan Iglesias, publicada ese mismo año en el Boletín del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid , en la que se pronunció en estos términos:
“Auguro a esta obra el éxito que se merece. No ya el éxito mercaderil, nada buscado por el autor, sino el otro: el de ser leído con afición por quienes son o pretenden ser, de los pies a la cabeza, juristas. Juristas con apoyatura en la más alta, sabia y sana de las profesiones: la de HOMBRE. Así, con letras todas mayúsculas y sin necesidad de aposiciones, de añadidos, de epítetos explicativos o clarificadores”.

También corresponde mencionar la recensión de José María Ruiz-Galardón que apareció en el suplemento Sábado Cultural de ABC del 12 de octubre de 1985 en que se pronuncia así:
“Y me es urgente dejar reconocido -para que desde el primer momento quede clara mi condición proclamada de agradecimiento del discípulo al maestro- que quien me iniciara en el mundo del Derecho, aquel de quien aprendí tantas cosas (y sobre todas ellas el amor respetuoso a la Justicia), don Ramón Serrano Suñer, es, y así lo acreditan estas venerables páginas de escritos judiciales ahora editados, abogado y maestro de abogados. Tareas nada fáciles, ni aquélla ni esta última, porque, como él mismo señala en las palabras preliminares ‘el ejercicio de la profesión de abogado difícilmente puede improvisarse’. Pues bien, nada más lejos de la improvisación que la tarea jurídica de don Ramón Serrano Suñer. No sólo ha cuidado siempre la línea argumental jurídica de sus alegatos, también limpia el idioma y asegura la eficacia de su argumentación con una prosa que mucho tiene que ver con la de quien fuera su inveterado amigo, el maestro Azorín”.

Y concluye de este modo:
“Yo aprendí de don Ramón Serrano Suñer -uno de los hombres, de los poquísimos, a los que el Estado les cabe en la cabeza- que ‘la justicia, exigencia de la razón y la moral, es el tema más importante de toda sociedad organizada. Tanto en el Estado liberal, como en el Estado socialista o en el totalitario, hablar de la libertad sin justicia es mentir’. Son sus palabras. Y esa lección subyace y dota de sentido a esta selección de escritos jurídicos, que representan horas de desvelo de un hombre que, antes que nada, ya lo he dejado escrito, consume su vida en el noble y apasionado ejercicio de la abogacía”.

En las Palabras de justificación contenidas en sus “Dictámenes y Recursos de Casación Civil”, Don Ramón explica las razones para su publicación:
“Este libro ve la luz en época de oscuras perspectivas para el Derecho, tanto como disciplina como en cuanto instrumento de realización de los valores morales y sociales de la Justicia.

Con un porvenir institucionalmente incierto y confuso, he creído conveniente escribir estas palabras no tan sólo por mi propia -y creo que legítima- satisfacción, sino también, especialmente, para que los jóvenes, de hoy y de mañana, que sientan ilusión por este tan noble y digno oficio de jurista, comprendan que si las normas jurídicas, y el sistema que integran y a que obedecen, se pueden aprender en los tratados científicos, y las fuentes del conocimiento primordiales en los libros de texto, difícilmente se puede extraer de ellos el conocimiento de una técnica y de una manera de vivirlas. No se recogen en aquéllos los casos concretos en su complejidad, ni los métodos de trabajo y de exposición de opiniones, recursos, pedimentos, controversias, etc.

El ejercicio de la profesión de abogado difícilmente puede improvisarse; exige aprendizaje, trabajo, dominio de una técnica rigurosa, si no se quiere rebajar al jurista convirtiéndolo en rábula, traficante o picapleitos. (…)
Los jóvenes pueden conocer en trabajos como los que se contienen en este libro, o en otros mejores, aunque de análoga naturaleza, la manera de trabajar hace veinticinco, treinta o cincuenta años atrás” .

A su turno, Ignacio Izquierdo Alcolea, en su prólogo, después de calificar a don Ramón como “prestigioso jurista de estos tiempos modernos” señala que en los trabajos que componen el libro “se ponen de manifiesto la solidez de la cultura de su autor y la limpieza y elegancia de su lenguaje, cuya aplicación tanto ennoblece el ejercicio del Derecho. Hubo una época en que los grandes abogados desenvolvían su oficio a fuerza de talento y de belleza en la palabra al exponer sus razones; elaboraban sus alegatos con un ropaje a menudo brillante y retórico, en el que, a decir verdad, se ocultaba muchas veces falta de consistencia de rigor técnico. Con Felipe Sánchez Román ‘el joven’ se inicia una nueva forma más científicamente digna de entender la función del abogado, que reivindica, si lo es de verdad, la grandeza de los juristas romanos, cuya doctrina ha constituido la base científica firme de los grandes cultivadores del Derecho, maestros de nuestras generaciones, con lo cual gana en prestigio y en influencia social. Se forma así una auténtica aristocracia de juristas, cada vez más alejados y diferenciados de los que, sin afición y sin la preparación científica precisa, se ven obligados a ejercer diariamente sin aptitudes específicas. Se hacen ‘distinguidos’ los que son ‘distintos’-.
El autor, siempre preocupado por el rigor, cuida de estar igualmente alejado de la vulgaridad que del enfatismo y de la pedantería.
Si alguna vez acude a la exposición y al estudio del Derecho histórico o del Derecho comparado, lo hace para extraer de estas dos amplias y ricas dimensiones del conocimiento jurídico un resultado útil, una solución práctica, nunca por un afán de ‘erudición’ estéril. (…)
Huye instintiva pero también deliberadamente, de todo conceptualismo y se adentra en el estudio de las cuestiones para ofrecer la solución que le parezca más adecuada, sin otras armas ni artificios que los muy poderosos de sus reflexiones y de su pensamiento ordenado, en los que lucen un rigor y una disciplina intelectual poco común” .

Cada uno de los sesenta y seis dictámenes que integran el tomo primero de la obra de 758 páginas más veinticuatro numeradas en romanos, están precedidos de una página en la que se detalla las cuestiones principales que son objeto de desarrollo y están referidos a materias tan variadas como el censo enfitéutico en Cataluña, arrendamiento de obras, juicio universal ab intestato, simulación de contrato, bienes reservables, contrato de préstamo, promesa de venta, herederos fideicomisarios, contrato de colaboración, bienes comunales, exportación de una obra de arte, contratos celebrados en el extranjero, expropiación forzosa en urbanismo, principio de legalidad administrativa, contribución sobre la renta e impuesto industrial, por citar al azar sólo algunos.

En un artículo publicado en el Boletín de Información del Ministerio de Justicia que lleva por título Los dictámenes de los abogados, el ilustre profesor y entrañable amigo de tantos años don José María Castán Vázquez, después de referir que “los dictámenes constituyen con frecuencia por su extensión y profundidad, auténticos trabajos doctrinales” enumera, por orden cronológico de publicación, algunas colecciones de dictámenes de abogados ilustres y entre ellos cita precisamente los de don Ramón indicando que “como en el caso de don Antonio Maura, los dictámenes de Serrano revelan la importancia de la actuación forense del autor, que en su vida ha sido más extensa que la actuación política” .

En cuanto al tomo segundo, que cuenta con 628 páginas más ocho numeradas en romanos, contiene veintidós textos que comprenden recursos de casación, dos recursos de injusticia notoria, un dictamen y dos informes orales, uno de ellos el que pronunció en el incidente de recusación promovido por la representación de “Barcelona Traction Light and Power Company Limited” contra los magistrados de la Sala Primera de la Audiencia Territorial de Barcelona, sobre el que volveré luego.

Como en el caso del tomo primero, cada texto está precedido de una página en que se resume las cuestiones principales que se aborda y están referidos a asuntos tales como aprovechamientos colectivos de agua, requisitos para denunciar el error de hecho, fundación de un mayorazgo y concesión de un título nobiliario, nulidad de adopción, juicio de tercería de mejor derecho, derecho de retracto, trasmisión inter vivos de concesiones mineras, fideicomiso de residuo, acción negatoria de luces y vistas, negocio jurídico simulado y negocio jurídico encubierto, acción reivindicatoria, sucesión regular en títulos nobiliarios, prueba de presunciones, enajenación de bienes inmuebles de menores por sus padres, marcas industriales, acumulación de acciones y la supuesta quiebra de “Barcelona Traction Light and Power Company Limited”.

En el orden profesional, un asunto que constituye ejemplo de la seriedad y el rigor con los que Serrano Suñer asumió siempre una defensa, es precisamente el relativo a la supuesta quiebra de “Barcelona Traction Light and Power Company Limited”.

Brevemente expongo el caso a partir de lo que refiere don Ramón en su libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue.
De manera fraudulenta, a través de unos testaferros, se tramitó la declaración de quiebra de la mencionada compañía ante el Juzgado de Primera Instancia de Reus sin tener presente que su domicilio, esencial para determinar la competencia de los tribunales, se encontraba fijado en Toronto, Canadá.

Dictado el auto de declaración de quiebra no fue notificado a la sociedad a pesar de ser conocido su domicilio; y sin haber quedado firme la decisión judicial se ordenó la ocupación de los bienes del supuesto quebrado.

Refiere don Ramón que tales bienes eran acciones de otras compañías y obligaciones cuyos títulos no se hallaban en España. “Sin embargo, esta insalvable dificultad fue superada mediante la aplicación de una curiosa y antijurídica doctrina, a saber, la llamada posesión mediata y civilísima, especie de incautación simbólica por la cual se puso en poder de un depositario judicial unos títulos valores (acciones y obligaciones) que ni se tenían a la vista, ni eran tangibles, y cuya posesión sólo cabía que fuera imaginaria. Al mismo tiempo fueron ocupados -éstos sí de manera tangible- los patrimonios de las sociedades filiales y subsidiarias de la ‘Barcelona Traction’, que tenían personalidad jurídica distinta de aquélla y que no habían sido declaradas en quiebra; ni siquiera se había solicitado” .

Las subsidiarias y filiales cuestionaron la ocupación, pero el Juzgado de Reus les denegó el derecho a hacerlo y sus recursos y además autorizó al Comisario de la quiebra a destituir al personal empleado y gestores de tales sociedades, cesando las representaciones que ostentaban los procuradores de los tribunales apoderados por los legítimos representantes, con lo que se produjo una situación de indefensión, contra la que, dice don Ramón “no podía lucharse ante la infranqueable muralla de unas decisiones judiciales contrarias a Derecho y prácticamente irrecurribles” .
A lo expuesto se agrega que no se había producido aún el nombramiento del síndico de la quiebra, decisión que se encontraba en suspenso hasta que se hubiera resuelto una cuestión de competencia por declinatoria planteada desde el extranjero, No obstante no ser posible dicho nombramiento, se produjo y se procedió a la venta de los bienes ocupados, con violación igualmente de la legislación española sobre la materia.

“Todo esto se tramitaba, indica don Ramón, con la aprobación del Juzgado de Reus, luego de un juez especial y con la confirmación de la Audiencia Territorial de Barcelona, sin que fuera posible acudir al Tribunal Supremo de Justicia porque la calificación de no definitivas que se atribuyó a las decisiones judiciales contrarias a las legítimas pretensiones de ‘Barcelona Traction’ y de las sociedades filiales, cerraba las puertas al recurso de casación”
Don Ramón intervino en el proceso judicial convencido de las ilegalidades cometidas en la tramitación de la supuesta quiebra, llegando inclusive a recusar a la Sala de lo Civil de la Audiencia Territorial de Barcelona por parcialidad manifiesta. Este recurso -por explicable temor profesional, dice don Ramón-, casi nunca había sido usado

El informe oral pronunciado en el incidente de recusación ante la Sala de Justicia en pleno de la Audiencia Territorial de Barcelona el día 21 de septiembre de 1953, constituye no solamente una pieza oratoria magistral de enjundioso contenido, sino también una muestra cabal de consecuencia profesional.

Leamos estos párrafos iniciales del informe oral:
“Habré logrado, señores Magistrados, el objetivo más ambicioso de mi informe si, al terminar este acto, he defraudado a todos aquellos que aquí hubieran venido esperando escuchar palabras o presenciar actitudes que son esencial y radicalmente incompatibles con mi convicción y mi formación profesional. Yo no he venido aquí, señores de la Sala, a producir una espectacularidad, mucho menos una vociferación. No soy un actor; tampoco un pregonero. Soy, simplemente, un jurista que viene, lisa y llanamente, a realizar un acto de responsabilidad; el más grave, por cierto, de su vida profesional ya larga, pues cuenta holgadamente con un cuarto de siglo, sin otro patrimonio que el abierto por mi etapa de gobierno, pero eso sí, este paréntesis fue total, absoluto, verdadero y no meramente aparente o simulado.

Yo quisiera que todos, en el día de hoy, contribuyéramos a escribir con decoro esta grave página de nuestra historia judicial. Al menos, por lo que a mí se refiere, habré de intentarlo, y, si la asistencia de lo Alto no me falta, espero lograrlo. Para ello atendamos todos, al ruego de San Pablo, cuando nos dice que observemos una conducta digna de la vocación que hemos recibido. Para que las cosas ocurran así será condición indispensable que al rigor y a la técnica jurídica no sustituyan el histrionismo ni el verbalismo; que la insolencia no suplante a la ciencia. Nunca el valor de un escrito o de una oración forense se ha de medir por su gárrula altisonancia sino por la densidad argumental, nunca por su desafección a la cultura y a la civilidad, sino por su calidad, por su rigor intelectual y por sus valores formales. Y esta no es una opinión mía -subjetiva, personal-, esta es una opinión que tiene certeza y validez universal desde el ‘sacerdos’ de Ulpiano hasta la condenación que Heinecio hiciera de tanto ‘vultur togatus’ que, por lo visto, ya en tiempos del viejo romanista -como luego- constituían la peste más calamitosa de la república” .

El resultado del incidente de recusación le fue adverso.
No obstante, se explica que en la entrevista realizada por Fernando Vizcaíno Casas mencionada anteriormente, preguntado acerca de cuál era su mejor recuerdo como abogado, aludiendo precisamente a este caso respondió:
“Uno de mis recuerdos de mayor satisfacción corresponde a la lucha, en el plano jurídico y jurisdiccional, contra uno de los mayores poderes económicos de nuestro país. En tal ocasión, no sólo tuve la impresión de estar sirviendo a la Justicia según Derecho (lo que he procurado hacer siempre) sino también a la Justicia” .

Sin mengua de su intensísima actividad profesional, Serrano Suñer no dejó de prestar preferente atención a todo cuanto estuviera referido a España y su circunstancia. En mayo de 1947 aparece publicada la primera edición de una obra de fundamental importancia, traducida luego al francés, alemán e italiano: su libro Entre Hendaya y Gibraltar (Noticia y reflexión, frente a una leyenda, sobre nuestra política en dos guerras).
Una valiosa reedición, con notas de puntualización, rectificación o reafirmación y apéndices, ampliamente ilustrada, se publicó en mayo de 1973 por Ediciones Nauta, S.A. de Barcelona.
Recientemente, ha sido objeto de una nueva reedición, aparecida en septiembre de 2011, en la colección España Escrita de la Editorial Planeta S.A.

Hago referencia a esta obra, no en razón de que explica con sinceridad, con objetiva serenidad, la política exterior de España durante la segunda guerra mundial y su gestión como Ministro de Asuntos Exteriores. Más bien lo hago, para poner de relieve el análisis que presenta, desde una perspectiva de la filosofía política, sobre el problema del Estado en el capítulo XVI titulado “Nueva reflexión sobre el Estado”, para lo cual se ocupa de sus fines, la idea del Estado en la concepción demo-liberal, la idea fascista del Estado y el Estado después de la victoria aliada en la segunda guerra mundial y concluye con la posición del autor acerca del tema y lo que fue la Falange. Recomiendo vivamente la lectura de esta parte de su libro. Es notablemente esclarecedora.

De allí me permito extraer estos párrafos:
“Y pues que el Estado y los problemas que con él se relacionan afectan a hombres -a mí, al lector, a los demás, a la colectividad de hombres, a las colectividades de personas, a sus sentimientos y pasiones, a sus ideas y a sus voliciones- no será descaminado plantear ese acuciante problema a base de esos datos concretos: el hombre, los hombres.

No quisiera que se entendiera torcidamente esta apreciación trayendo a la memoria la hipertrofia política de los derechos “del hombre y del ciudadano”. Lo que en ello puede haber de admisible, se verá más adelante. Quede sentado, por anticipado, que al hablar del hombre y de los hombres, como dato para reflexionar acerca del Estado, no me refiero al hombre de Juan Jacobo Rousseau ni al hombre de la economía liberal inglesa, porque eso es una pura abstracción. Si la consideración del individuo valorado como entidad absoluta con una libertad ilimitada es el anarquismo, la consideración de aquél como tipo abstracto es una entelequia, una ficción, en la que no puede descansar el Estado. Yo me refiero a la persona humana, compuesta de cuerpo y alma, con un fin y un destino individuales, viviendo desde que nace hasta que muere dentro de uno o más grupos sociales, dotado de perfecciones por su Creador que la hizo a su imagen y semejanza, y estigmatizada por la caída original con el pecado. Esto, que parece una perogrullada para quien está familiarizado con los postulados de la filosofía cristiana, se olvida, sin embargo, con demasiada frecuencia, por ciertos espíritus cargados de prejuicios e incluso etiquetados con marchamos de bien pensantes, bajo los que se encubren mercancías averiadas, empeñados en hacer pasar por verdades lo que, a lo sumo, pueden ser sucedáneos de la verdad. Huyamos de esos prejuicios y procedamos a reflexionar sobre el Estado, viendo el asunto a través de este prisma de humanidad viva y caliente” .
El inapreciable valor del Derecho vivo que se materializa tan nítidamente en el Derecho Foral lo pone de manifiesto don Ramón en su meditado prólogo al libro del magistrado Luis García Royo titulado Foralidad civil de las Provincias vascongadas .

“Nada como la sensibilidad social, manifestada en usos y costumbres, para darnos la medida de lo justo en cuanto a las distintas categorías que componen la institución jurídica. Por eso, el Derecho Foral tiene ante todo y sobre todo un valor ejemplar, paradigmático” .
García Royo se ocupa en su obra de los aforismos jurídicos y a propósito de ellos, en contraposición con aquellas manifestaciones del pensamiento humano “que recogen en síntesis toda una filosofía, así el ‘“cogito, ergo sum’ cartesiano” , don Ramón se pronuncia categóricamente de manera especialmente crítica:
“Ellos, tan opuestos entre sí, tan aptos para todos los gustos, constituyen, con demasiada frecuencia, el andamiaje mental del jurista. Y, sin embargo, son formalmente falsos, ya que casi nada es verdad por sí solo y representan la inversión radical del pensar filosófico. Si se enuncian en latín, es para ganar prestigio y enfatismo. Como bien se ha dicho, no enseñan a razonar a los que tienen el espíritu falso, pero sirven para embrollar a los que tienen el espíritu justo. El aforismo en derecho supone, casi siempre falta de perspectiva. Más que discontinuidad, se produce en ellos, globalmente considerados, una detención del pensamiento que se queda tan solo en una afirmación, no como paso para otra, no para dar pie a futuros descubrimientos, sino para anquilosar un pensamiento concreto que pudo ser exacto y verdadero en cuanto concreto, que lo fue sin duda, pero que pierde esos caracteres en cuanto se pretende su universalización” .

A mi juicio, los aforismos jurídicos tienen un valor esencialmente orientador y no constituyen en sí mismos verdades inconcusas. Necesariamente deben ser contrastados con los hechos, en cada caso concreto, y sólo así podrá confirmarse la exactitud de su formulación. Nada más pensemos en estos tiempos, con el tremendo desarrollo de las técnicas de reproducción humana asistida, en el conocido aforismo mater semper certa est, que tenía valor definitivo hasta hace un tiempo. Y es que como le dice don Sebastián al maduro boticario don Hilarión en La verbena de la paloma, que se representa una vez más en Madrid en estos días: “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Y que conste que la zarzuela se estrenó en 1894.

Importantes son también las reflexiones de Serrano Suñer sobre la jurisprudencia del Tribunal Supremo y el valor de los precedentes. A propósito de ello escribe:
“Se ataca en esta obra la sugestión del precedente y se pide un gran respeto para las sentencias que se contradicen, porque buscan los fundamentos elaborados en la propia autonomía dotada de grandes posibilidades de tanteo. La mayor garantía de acierto es el ambiente de la objetiva contradicción. Eliminar la posibilidad de contradicción es tanto como desautorizar la actividad científica judicial. La unidad es el fin; pero no la ficción de la unidad; no la unidad inventada, unidad con trampa organizadas para sugestionar con el artilugio. Se altera la causalidad natural y se da entrada a la magia. Pretender que no surja por la contradicción otra doctrina opuesta es reducir la Jurisprudencia a una sola medida: la longitudinal. Es achatar la perspectiva. Sólo a través del oleaje de razones y teorías se llega en definitiva a la florescencia de una verdad jurídica, aunque haya de rechazarse el comodín de la inercia: muchos espíritus celosos de la mayor documentación citan sentencias cuya formulación data de muchos años -la longevidad cuadra bien a la costumbre, pero no a la constante depuración de la técnica-, extendiendo un largo hilo en el que el punto primero es una sentencia de nuestros antepasados y lo que sigue es la presunción cerrada, obsesa, monomaníaca, de que en la Jurisprudencia la inmutabilidad es una virtud y de que pronunciada una palabra por el Tribunal Supremo, lo que hay que desear es que se repita por todos los siglos de los siglos” .

Don Ramón cierra su prólogo con este pensamiento final:
“Terminaré diciendo que la inquietud espiritual no es pecado sino virtud en los jueces, siempre con la condición, claro está, de que sea disciplinada por el trabajo, la virtud, el arte y la objetivación filosófica. Por el contrario, ella constituye la manera mejor de reaccionar contra el peligro que Sauer señala en su ‘Filosofía Jurídica y Social’, de emplear abusivamente el método rígido de subsunción lógica. Sólo así pueden llegar los jueces a sentir lo que él llama la ‘totalidad cultural’” .

No puedo omitir la referencia a otro de sus trabajos: su “Discurso a los abogados jóvenes”, que don Ramón pronunció en 1963 en el acto de clausura de un curso que se desarrolló en la Escuela de Práctica Jurídica de Alcalá de Henares y que posteriormente apareció publicada en la revista “Foro Manchego”, n° 16, que fundó el profesor José María Martínez Val.

Tuve la satisfacción de que don Ramón me autorizara a publicar este estupendo texto en la revista THÉMIS de los alumnos de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú en 1988 .

En su discurso, don Ramón da testimonio de su quehacer como abogado y jurista y sobre la base de su fecunda experiencia en el ejercicio profesional brinda sabios consejos a los jóvenes abogados recién licenciados en Derecho a quienes está dirigido, que participaron en el curso referido en la Escuela de Práctica Jurídica de Alcalá de Henares. Dice don Ramón:
“Yo, como letrado que ha traspasado los umbrales de la madurez, bien quisiera ahora ofreceros -en discurso, conferencia o charla más extensa- el archivo de la experiencia y la desinteresada ayuda del consejo” .

Serrano Suñer no oculta su visión pesimista sobre la profesión de abogado. Tampoco elude referirse a la inevitable incertidumbre del trabajo del abogado:
“… por la misma naturaleza de las cosas, el abogado está siempre expuesto a la amargura de que su trabajo, aunque sea perfecto técnica y moralmente, inteligente y recto, no tenga en cuanto al resultado ninguna seguridad. ¡Son tantos los factores que lo condicionan! No ya sólo por las impurezas de la realidad: maquinaciones, oportunismos, presiones muchas veces resistidas hasta el heroísmo , lo que ni puede pedirse ni puede darse siempre. Pero aun en los casos frecuentes del más escrupuloso enjuiciamiento, todo queda sometido a la apreciación y a la decisión, que si en ocasiones son mejor, en otras son peor. (…) Sólo la incertidumbre está en las leyes que manejan los abogados. ¡Es la grandeza y la servidumbre de la libertad del ser racional!” .

Don Ramón, refiriéndose a la baja estima de la profesión de abogado, señala que muchas veces las culpas y manchas de la abogacía no vienen de fuera sino que se encuentran dentro de las costumbres y maneras profesionales.

“Con frecuencia -dice- olvidan los juristas uno de sus deberes más descollantes: el del respeto a la verdad. Cuántas veces, despreciando las normas del fair play, que deben presidir las competiciones forenses, el abogado induce al justiciable y a los testigos al engaño y a la deformación de los hechos” .

A propósito de las maneras y el estilo del abogado en el trato con sus clientes y adversarios o antagonistas ofrece este consejo:
“Esta profesión ha de ejercerse en un sentido de humanismo, porque la materia con la que trabaja el jurista son sentimientos y pasiones, reacciones vitales, cargas afectivas, ambiciones, ilusiones y fracasos. Toda la delicadeza de un espíritu cultivado será poca para manejar esos “materiales” humanos, tan frágiles de suyo. La calidad humana del letrado tiene buena ocasión de manifestarse y de aquilatarse en el trato con su antagonista, en el diálogo con el colega adversario. (…) Ojalá que siguiendo el ejemplo del gran Papa Juan XXIII, que el mundo acaba de perder, pudiéramos los más decir de nosotros mismos lo que, sin vanidad ni falsa modestia -con desnudez de corazón y de palabra- pudo él decir de sí mismo al presentarse en Venecia como patriarca: ‘Creo tener un buen sentido para saber pronto y claro las cosas, con una predisposición para el amor de los hombres. La Ley del Evangelio me obliga a ser respetuoso de mi propio derecho, y del derecho de los demás; me impide hacer el mal a nadie y me anima a hacer el bien a todos … En contacto con arduos problemas, siempre he conservado la paz y el equilibrio y he procurado apreciar las cosas en su justo valor’” .

Y a los abogados a quienes se dirigía les dio estos otros consejos que gloso: el abogado ha de estar en todo; debe cuidar, consolidar y ensanchar su cultura jurídica y extrajurídica, con el cultivo de las letras humanas y de las doctrinas filosóficas; debe leer asiduamente revistas jurídicas y jurisprudencia.

Y concluye ofreciendo este último consejo: “Trabajad para vosotros, cosa bien legítima, y trabajad para los demás. Sed realistas, pero también insatisfechos, para así no perder nunca de vista el ideal. Continuemos lo bueno del pasado y preparemos el futuro; sólo así, de verdad, tienen existencia los pueblos” .

Fue frecuente la aparición de artículos de don Ramón en los principales diarios españoles. Ya el profesor don Enrique de Aguinaga, en su magnífica disertación de hace un par de días, nos ha presentado una pormenorizada clasificación de los artículos que Serrano Suñer publicó. En ellos abordó cuestiones de la más diversa índole, incluyendo los de carácter histórico y político y también los de naturaleza literaria y jurídica.

Precisamente en 1969, a instancias del inolvidable Azorín, publica una recopilación de sus artículos bajo el sugestivo título de Ensayos al viento, propuesto por el propio Azorín y con prólogo de éste. Serrano Suñer había pensadlo titular el libro “Artículos perdidos”, “perdidos al apagarse las luces del mismo día en que aparecieron en la Prensa”, pero Azorín desaprobó el título y sugirió el de Ensayos al viento. En la nota con la que le remitió su prólogo escribió: “Ensayos al viento. A la publicidad plena de las gentes. No perdidos. En arte no se pierde nada”. Lo que motivó que don Ramón explicara luego: “Sirvan estas líneas para justificar el cambio de la idea primera. Seguir en el uso del idioma un consejo de Azorín bien vale desacatar el propio juicio” .

El referido texto incluye varios artículos referidos a matera jurídica: El derecho y la crisis; La justicia y la ley; Colisión entre la justicia y la ley; El buen juez; Sobre la dictadura; Abogados santos; Cristo y sus jueces; Traición a la toga; y Capacidad civil de la mujer.
En mayo de 1981 aparece una nueva recopilación de sus ensayos, con un título también sugestivo: De anteayer y de hoy .
Entre los artículos de corte jurídico que incluye puede señalarse los que llevan los siguientes títulos: Radicalismo democrático; Continuidad del Estado; Profesionalismo político. Diputados cuneros; Elecciones y autoridad; El Estado, la violencia y la justicia; y La necesaria comunicación: educación política.

Hay varios otros artículos con contenido jurídico no recogidos en libro, que merece que mencione siquiera por sus títulos: De la justicia (ABC, 7.9.1982), De la realización de la justicia (ABC,14.9.1982), De la justicia en España (5.10.1982), Sobre la legítima defensa (ABC, 11.5.1984), La administración de justicia, Misión del Poder Judicial (ABC, 16.9.1986), Reinventar la democracia (ABC, 16.9.1987), Poder moderador, las Cortes (ABC, 16.10.1989), La justicia y la abogacía (Boletín del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Revista Jurídica General. Núm. 2/1992. Marzo-Abril. Págs. 7 a 10), Ficción de la representación política (ABC, 6.3.1993), Sobre elecciones (ABC, 12.5.1993), España, Europa, Democracia (ABC, 30.11.1993), Que el poder detenga al poder (ABC, 17.8.1994), La Política (ABC, 6.2.1995) y El Derecho y la religión (ABC, 12.10.1995). Llamo la atención acerca del hecho de que este último, que apareció cuando don Ramón tenía ya 94 años, es seguramente el último de carácter jurídico que publicó, sesenta y ocho años después del primero.

De su libro tantas veces citado en esta exposición, Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue, que como referí fue titulado Memorias por los editores, y que apareció en junio de 1977, debo indicar que si bien su autor ha tenido el propósito de hacer en la obra un recuento de su vida política, son ricos en referencias vinculadas al ejercicio de la profesión de abogado, muy especialmente, los capítulos XVIII (Mi vuelta a la vida profesional) y XXIII (Mi amistad con José Antonio).

Su acendrada vocación por el Derecho la pone de manifiesto, una vez más, cuando se plantea la posible supresión del curso de Derecho Romano en los planes de estudio de Licenciatura en Derecho.
En 1987, bajo el impulso de José María Martínez Val, el Boletín del Ilustre Colegio de Madrid , publica una encuesta en defensa del Derecho Romano. Uno de los invitados a exponer sus puntos de vista sobre el particular es don Ramón, quien ofrece, otra admirable lección.

Acerca de la valoración que le atribuía al Derecho Romano en la formación de los juristas españoles, manifestó entre otras cosas lo siguiente:
“Con el estudio de los principios inspiradores del Derecho Romano y la exégesis de su desarrollo y contenido, de su evolución jurídica, se evidencia ese gran valor formativo que tiene para el jurista. Mediante el estudio del Derecho Romano se adquiere, además, una formación humanística, un rigor, un sentido de la medida, aquel ejemplar equilibrio -la gravitas del romano- y una finura de espíritu que tanto se echa de menos en estos tiempos. Los juristas romanos cautivan tanto por la fuerza y el rigor de su dialéctica cuanto por la forma clara, y vigorosa del decir, muy distinto de las formas usuales (ab uso dicendi remota) (…).

El Derecho Romano ha sobrevivido a los tiempos en la medida en que las instituciones creadas o desarrolladas por él mantienen vigencia en la normativa de muchas de las instituciones de nuestro Derecho positivo; y así podemos mencionar, como ejemplo, sin perjuicio de volver luego con más detalle, el caso de la traditio, modo de adquisición de los derechos reales con una estructura semejante a la de sus orígenes, admitiéndose no sólo como entrega material de un bien, sino igualmente en forma ficta: traditio brevi manu y constitutum possessorium; y las servidumbres, el usufructo, los modos de adquirir la propiedad y la posesión, los interdictos… (…)

Debe señalarse, además, el valor didáctico, nada despreciable, que para el conocimiento del Derecho vigente actual tiene el estudio del Derecho Romano. En él se aprende el léxico de las relaciones jurídicas propias del Derecho Civil, de las instituciones, definiciones, brocardos y una gran cantidad de elementos y fórmulas. De este modo el estudiante, en los años de sus primeros contactos con el mundo fascinante del Derecho, se familiariza con un lenguaje jurídico preciso y severo que ya no se olvidará. Y esto no sólo en el ordenamiento civil, sino también en el procesal y aun en el Derecho Público.

Aunque nuevas formas de vida, social, económica, tecnológica, en el sector terciario, de servicios, comercio, etcétera, dan lugar a nuevos negocios jurídicos, a nuevas relaciones, que no ostentan denominación latina, sino anglosajona, como por ejemplo el leasing, holding, trust, y esas figuras de mediación en la compraventa de valores mobiliarios que se llaman algo así como broker y otros (que no retengo en mi flaca memoria), es lo cierto que las categorías, los prototipos, siguen siendo los creados por el Derecho Romano: pacto, contrato, obligación, pago, rescisión, afianzamiento, etcétera” .

Acerca del juicio que le merecía una posible supresión del Derecho Romano en los planes de estudio de Derecho en España, manifestó entre otros conceptos lo siguiente:
“Después de todo lo expuesto con el valor normativo, magistral, del Derecho Romano, ¿cómo se puede pensar en suprimir o disminuir sus estudios en las Facultades de Derecho? He de pensar que no se trata de desculturizar a los jóvenes Abogados y a la profesión, cuando cabalmente es urgente tomar el camino contrario y elevar su competencia y su espíritu: darles cultura, honestidad para su conducta, limpieza y elegancia en el lenguaje, con lo que ennoblecerán el ejercicio del Derecho; a no ser que lo que se pretenda con la supresión del estudio del Derecho Romano en la Universidad sea que, en lugar de formar juristas, se quiera crear nuevos funcionarios encargados de la aplicación automática de las normas, incapaces de analizarlas, de penetrar en su espíritu, e interpretarlas en función de verdaderos juristas.

Porque hay que decir que la norma no agota el Derecho. Porque el Derecho no es sólo la norma, es además de la Ley, los valores, la Justicia. El Derecho Romano tenía la gran virtud de considerar que por encima de la perfección de la norma estaba el hombre, el espíritu humano y su fundamento ético; por eso la síntesis del Derecho Romano tiene gran sencillez: los preceptos del Derecho son tres: ‘Vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo’. Porque el Derecho Romano no está agotado; su espíritu pervive y está permanentemente proyectándose sobre la norma y alimentándola” .

Cierro esta elocuente demostración de la vital importancia del Derecho Romano para una apropiada formación el abogado, hoy y siempre, con lo que en buena cuenta resume lo que para Serrano Suñer es el Derecho:
“La persona humana, fin en sí misma, es el centro de las relaciones jurídicas. El Derecho aparece como una constante integración de conductas -ser con otros-, normas jurídicas y valores. Quienes consideran en cambio que sólo la norma jurídica es el Derecho, y que los valores, la Justicia, por ejemplo, no son más que lo metajurídico, ignoran al hombre y a su espiritualidad” .

He dejado deliberadamente para el final -last but not least- la mención de las Palabras Liminares que don Ramón tuvo la bondad de escribir como portada de mi libro Estudios de Derecho Privado, publicado en 1994. Lo hago, sin que vaya a referirme puntualmente a las expresiones contenidas en su texto, sólo para dejar constancia de que todas ellas son extremadamente generosas y particularmente cariñosas, fruto de una amistad y un afecto que “viene de lejos y el tiempo consolida y ensancha”, como escribió en la dedicatoria de uno de sus libros que, como todos los suyos, conservo en un lugar privilegiado en mi biblioteca.

En alguna ocasión recordaba que don José Ortega y Gasset decía que la brevedad es la cortesía del orador. He faltado sobradamente a esa recomendación y corresponde por ello que les ofrezca mis excusas y concluya esta exposición.

Para hacerlo, quiero recordar una vez más estas palabras que retratan con toda fidelidad a nuestro personaje y que tomo de su artículo De la justicia, publicado en el diario ABC de Madrid el 7 de septiembre de 1982:
“Pienso que avanzar en el camino de la vida, procurando que ésta sea para nosotros algo más que una acumulación de años sin posibilidad de elevación sobre las posiciones de origen, sobre viejos prejuicios o arrastres dogmáticos, es el empeño normal de un hombre vivo y honrado. En lo pequeño, como en lo no tan pequeño hay que perseguir siempre esa elevación buscando las vivencias auténticas y sin ceder a la tentación esclavizante al publicitarismo o a otras tentaciones peores. Se trata de dar fe de unas vocaciones entendidas no como vanidad ni como provecho, sino, ante todo, como vocación real, es decir, como vida dotada de sentido. Es un placer del espíritu sentirse independiente, sincero, con alguna seguridad sobre la idea permanente de la inseguridad de las posiciones humanas, viviendo hacia dentro que es donde habita la vedad”.
Nada más.

Lima, 8 de octubre de 2013

CARLOS CÁRDENAS QUIRÓS

(Ponencia leída por el autor el 24 de octubre de 2013 en las Primeras Jornadas Serrano Suñer celebradas en Madrid en la Universidad CEU San Pablo.)

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