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Prólogo del Dr. Ignacio Izquierdo Alcolea

He asumido la honrosa responsabilidad de poner prólogo a una nueva obra del prestigioso jurista en estos tiempos modernos. D. Ramón Serrano Suñer. Se trata de una nueva obra sólo en el sentido editorial, porque es ahora cuando se ve la luz; pero su contenido alumbró una época de nuestra jurisprudencia concebida ésta como la ciencia y el arte del Derecho.

Los lectores tienen ya noticia cabal y hasta deslumbrante de la capacidad del autor para penetrar y exponer los problemas que atañen al Derecho y a las grandes cuestiones de la Justicia. Es más conocido D. Ramón Serrano Suñer como político y como escritor. Son éstas facetas en que quien las ejerce obtiene antes nombre –más difícilmente renombre-. Tienen ciertamente una más amplia dimensión popular. Ya no es tan claro que se consiga un más justificado prestigio que con la dedicación con tanto éxito al cultivo del Derecho y de la Justicia. Lo que sí parece cierto es que, aunque más intensa, la reputación del jurista es más reducida; tiene un ámbito de actuación más estricto, casi constreñido a los profesionales, cuando no al más limitado de los especialistas.

Nacido D. Ramón Serrano Suñer en un ambiente familiar de Ingenieros, en que predomina la técnica más rigurosa con base en la lógica matemática, hubo de vencer muy tenaces y justificadas resistencias de la “autoridad natural” para cursar los estudios de la Licenciatura de Derecho, inconvenientes éstos que fueron vencidos con una condición –luego escrupulosamente cumplida-: la de que había de obtener el joven estudiante las máximas calificaciones en “todas” las asignaturas.

En el Madrid de los años inmediatos a los veinte se hunde apasionadamente en el estudio. Admira la bondad patriarcal de un jurista tan cargado de humanismo como fue –como es- D. Felipe Clemente de Diego, el franciscano Savigny de nuestra jurisprudencia; le divierte la simpática figura del bohemio y sabio profesor D. Laureano Díez Canseco, cuya información histórico-filosófica ha sido proverbial y proclamada por la autoridad máxima de D. José Ortega y Gasset; y los conocimientos y la pasión científica del penalista D. Luis Jiménez de Asúa. Se interesa vivamente con el “saber” de la época. Siente respeto y gratitud por sus maestros de entonces y por los de antes, los del Castellón de su infancia, no porque lo fueran, sino porque supieron serlo con toda la sencillez de lo auténtico, como Luis Revest, el erudito castellonense al que ha dedicado con ternura su recuerdo en una de sus publicaciones.

Acabada la carrera, y por imperativo paterno, muy natural entonces en un funcionario público, prepara, en muy pocos meses, y obtiene plaza en el Cuerpo de Abogados del Estado, con el fin de tener –como le animaba cariñosamente el llorado D. Felipe Clemente de Diego- un “segurito” que le permitiera dedicarse luego, con más tranquilidad, a sus aficiones e inquietudes universitarias, a las que recuerda en la dedicatoria de su versión española de las “Instituciones de Derecho Civil” del profesor italiano Ruggiero, que tradujo y anotó con el profesor romanista D. José Santa Cruz Teijeiro.

Puede decirse ya que D. Ramón Serrano Suñer llega a la política por el Derecho, al que vuelve, afortunadamente, tras de una conocida experiencia en la “res publica”, en la que consigue mantener, con una política de muy difícil equilibrio, la neutralidad de España durante la Segunda Guerra mundial. Aunque salió prematuramente del Gobierno, el día 2 de septiembre de 1942, nunca estuvo alejado de las cuestiones políticas. Sus preocupaciones de esta clase están recogidas sobre todo en sus trabajos periodísticos y entrevistas, que recopila en “Ensayos al viento”, con un bello prólogo de Azorín, y más tarde en otro volumen cuyo título es una añoranza: “De anteayer y de hoy”.

Llegó a la política incidental y hasta circunstancialmente; no atraído por su seducción, sino traído por sugerencias y presiones de otros, a causa de su reconocida formación en materias jurídicas, sobre todo –en aquel momento- de Administración local, como está acreditado en el Diario de las Sesiones del Congreso en la Segunda República Española. Retorna a la vida privada y profesional con desengaño y desilusión, y pronto brilla en ella deslumbradoramente.

Se ha entregado el autor durante muchos largos y provechosos años al trabajo callado y fecundo. No podía quedar para siempre oculto este caudal de conocimientos y de experiencias. Azorín, en carta de 29 de diciembre de 1964, con la que le remite el prólogo a que antes hemos aludido, dice que el libro ha de titularse “Ensayos al viento”. A la publicidad plena de las gentes. No “Artículos perdidos” (como proponía Serrano Suñer), porque “en arte no se pierde nada”.

Hemos estado a punto, no obstante estas palabras del maestro Azorín de perder estos trabajos que ahora ven la luz. Su publicación viene así, ahora, a recatarlos para el mundo difícil, complicado, de los juristas, que si parecen desentendidos de los estudios científicos y de las grandes construcciones técnicas, no es tal vez por falta de sensibilidad o de interés, sino por las dificultades objetivas de la materia propia de su contenido, que se resiste muchas veces al análisis sistemático; y por la escasa frecuencia con que ahora se presentan estímulos que despierten el entusiasmo y la vocación, a la manera como surge muchas veces tardíamente un melómano o un artista que como Lázaro en su sepulcro, espera la voz que le mande levantarse.

Este es el grande y valioso regalo con que nos enriquece la Editorial Revista de Derecho Privado al editar estos dictámenes y recursos de Serrano Suñer. Se cumple así, por otra parte, el viejo deseo de Navarro de Palencia, que durante mucho tiempo fue el alma animadora de la Revista y que instaba con empeño a D. Ramón para que los entregara a la imprenta.

En estos trabajos se ponen de manifiesto la solidez de la cultura de su autor y la limpieza y elegancia de su lenguaje, cuya aplicación tanto ennoblece el ejercicio del Derecho. Hubo una época en que los grandes abogados desenvolvían su oficio a fuerza de talento y de belleza en la palabra al exponer sus razones; elaboraban sus alegatos con un ropaje a menudo brillante y retórico, en el que, a decir verdad, se ocultaba muchas veces falta de consistencia y de rigor técnico. Con Felipe Sánchez Román “el joven” se inicia una nueva forma más científicamente digna de entender la función del abogado, que reivindica, si lo es de verdad, la grandeza de los juristas romanos, cuya doctrina ha constituido la base científica firme de los grandes cultivadores del Derecho, maestros de nuestras generaciones; con lo cual gana en prestigio y en influencia social. Se forma así una auténtica aristocracia de juristas, cada vez más alejados y diferenciados de los que, sin afición y sin la preparación científica precisa, se ven obligados a ejercer diariamente sin aptitudes específicas. Se hacen “distinguidos” los que son “distintos”.

El autor, siempre preocupado por el rigor, cuida de estar igualmente alejado de la vulgaridad que del enfatismo y de la pedantería.

Si alguna vez acude a la exposición y al estudio del Derecho histórico o del Derecho comparado, lo hace para extraer de estas dos amplias y ricas dimensiones del conocimiento jurídico un resultado útil, una solución práctica, nunca por un afán de “erudición” estéril.

Como tantas veces nos ha referido, oía D. Ramón, en sus años de estudiante ya adelantado, los grandes informes forenses, principalmente de dos abogados; admiraba la intuición genial la clarividencia y la concreción de los de D. Francisco Bergamín; y el rigor, la elegancia, la precisión del leguaje científico, el método y el orden con que exponía sus ideas Sánchez Román. “Así, así –comentaba- debemos informar, pero introduciendo una nota de calor humano.”

Ya ha trazado el ideal para su actuación como abogado.

Es elocuente, para comprobar como lo aplica con éxito, la lectura de estos trabajos que tenemos ahora la fortuna de recobrar para los juristas y abogados de las generaciones nuevas, precisados tanto de ejemplo, de doctrina y de estímulo.

Huye instintiva, pero también deliberadamente, de todo conceptualismo y se adentra en el estudio de las cuestiones para ofrecer la solución que le parezca más adecuada, sin otras armas ni artificios que los muy poderosos de sus reflexiones y de su pensamiento ordenado, en los que lucen un rigor y una disciplina intelectual poco común*.

El abogado debe recuperar su antigua imagen, por desgracia tan difamada, hay que reconocer que muchas veces con harta justificación. Son otros tiempos, es verdad; pero hemos de velar por la dignidad de un oficio tan noble; mereceríamos entonces de nuevo el respeto de la sociedad y volvería esta a confiarnos la defensa de sus más sagrados derechos. El jurista debe elevar el tono moral y científico de sus actuaciones, con el estudio ordenado, paciente y profundo, no solo del caso concreto que en cada momento le ocupe, sino de las instituciones, para descubrir su sentido y su naturaleza; la función social y económica que están llamadas a desempeñar y los intereses, económicos o no, patrimoniales, sociales, morales, políticos y aún religiosos, que se protegen con su establecimiento.

Ha de destacar también los valores que en cada caso y en cada época sean indispensables para la conservación de la sociedad y para el logro de los postulados de paz, de solidaridad y de cooperación; en suma, de la justicia, como supremo bien. Es preciso perseverar día a día cualesquiera que sean las dificultades con que tropecemos para actuar esa “constans ac perpetua voluntas” que recomendaba Ulpiano.

Ya sé que la vida, con su incivil subversión de valores, ofrece obstáculos que parecen invencibles con sus exigencias y diarias solicitudes; pero es preciso superarlos; va en ello la propia vida de la sociedad, como comunidad política, porque la redención social del género humano ha de llegar –si llega- por el sendero iluminado del establecimiento de la Justicia universal.

Es colaborador de esta tarea el jurista seriamente empeñado, con dignidad y virtud, en conseguirla. Constituye, por el contrario, un despreciable entorpecimiento quien, haciendo de la toga herramienta y disfraz desnaturaliza su limpieza y su decoro, y la envilece poniéndola al servicio de torpes y fáciles negocios, más propios de traficantes y especuladores. Los Organismos colegiados deberían evitar cuidadosamente la irrupción descarada en nuestra vida corporativa, desde las esferas del poder y de la influencia, con la insolente arrogancia de los advenedizos, que confunden el “logro” con el éxito y convierten el bufete, que debe ser santuario de patricios y de la virtud, en oficinas de gestión de negocios.

*   *   *

El doloroso destino de la mayor parte del trabajo del abogado está decretado normalmente por una resolución judicial mínima, esquemática: “archívese”. ¡Cuántos esfuerzos, desvelos, sacrificios, y aún disgustos, se sepultan para siempre en los sótanos de las Relatorías! Pero estos que integran el libro que prologamos alcanzan con su publicación mejor fortuna.

Continúa ahora el autor, “en la vacaciones de la edad avanzada”, respondiendo a sus consultantes y cumpliendo con las gratas y honestas funciones “de una longevidad activa”, como deseaba para sí Cicerón en su Diálogo “De legibus”, el más técnico de todos los suyos, escrito en su plenitud, tal vez en el verano 52 a.C.


DR. IGNACIO IZQUIERDO ALCOLEA

 

* IHERING –Jurisprudencia en broma y en serio-. En el cielo de los conceptos jurídicos se burla así de los metafísicos del Derecho:
El aspirante a entrar en este lugar privilegiado, cuando es advertido de que “ha de pasar la cuarentena y sufrir después” el examen para comprobar precisamente si pertenece a la categoría de los teóricos, y “de entre estos únicamente los escogidos”, pregunta: “¿una cuarentena? Y ¿con que objeto?”
Y el interlocutor –el portero- le aclara: “Para cerciorarnos de que tu no ocultas ni un soplo de aire atmosférico.”
De otra forma, “vendrían incluso prácticos a solicitar el ingreso” –se escandaliza Psicofóro, el conductor de almas.
Y añade: “para nosotros el aire es como un veneno. Precisamente nuestro cielo está en el último rincón del universo, para que no penetren ni el aire ni los rayos del sol. Los conceptos no soportan el contacto con el mundo real; dónde ellos viven y deben dominar, ese mundo, con todo lo que le pertenece, debe quedar aparte. En el mundo de los conceptos que tienes ante ti no existe la vida en sentido vuestro, no existe más que el imperio de los pensamientos y conceptos abstractos, que, independientemente del mundo real, se han formado por el camino lógico de la “generatio aequivoca”, y repudian todo contacto con el mundo real.”

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