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EN CONSTRUCCIÓN…

La sublevación del ejército el 18 de julio de 1936 no solo fue una tragedia nacional y el comienzo de la guerra civil, fue también una tragedia personal para don Ramón Serrano Suñer; que muy pocos días vivió la cárcel, dos simulacros de fusilamiento en el Parque del Oeste de Madrid y el asesinato de dos de sus hermanos, José y Fernando, fusilados en las tapias del Cementerio de Aravaca.

De momento recogemos en esta página el relato que hizo años después el propio don Ramón en su libro “Entre el silencio y la propaganda” así como la carta que don Ramón, muchos años después escribió con destino a sus hijos y a sus nietos en un momento difícil de su larga vida.

MI DETENCIÓN…

Aplastada la sublevación, los grupos de milicianos incontrolados aumentan y se apoderan de la calle y de la ciudad. Ya, para las personas con alguna significación política, e incluso sin ella, la vida no valía nada. Yo me refugié, primero, con mi mujer y los tres hijos muy pequeños que entonces tenía, en una pensión de la calle de Velázquez, de unas señoras de Oviedo conocidas de mi familia. Allí recibí la visita de mis hermanos que habían sido movilizados por la Jefatura de Obras Públicas al servicio del Ejército, a los efectos de replantear la construcción de fortificaciones en la Sierra. Mi hermano Fernando me dijo: “Nos hemos podido pasar esta mañana con toda facilidad. Hemos estado a pocos metros de ellos” (de los nacionales). Yo le contesté: “¿Por qué no os habéis pasado?” Y él, mirando a los niños respondió: “¿Y estos niños?” (Mis hermanos podían, entonces, circular por la calle por razón de la circunstancia expresada.)

Las contadas personas de las que estaban en la pensión, y que tenían posibilidad de salir a la calle o de recibir alguna noticia, empezaban a hablar de las matanzas que se estaban ejecutando en todo Madrid; especialmente contaban que llevaban a los militares a la Casa de Campo, para fusilarlos. Estando en esa casa de la calle de Velázquez, un día oí por “Unión Radio”, de Madrid, una alocución de Indalecio Prieto en la que se refería a los desmanes y a los crímenes que se estaban enseñoreando de la capital. He recordado y repetido muchas veces la emoción de aquel llamamiento suyo en el que pedía a la juventud “pechos acerados para el combate y piedad en la retaguardia”.

Al hacer acto de presencia en la pensión una persona ajena, un poco sospechosa, comprendimos que había que salir de allí. Mi mujer y los niños se refugian en una pensión de la Gran Vía, donde por el momento, resultan desconocidos. Y a mí me dice mi amigo Ramón Feced que puedo ir a vivir con ellos a su casa de la calle de Villanueva, y así lo hago; pero al día siguiente, a las 11 de la noche, estábamos precisamente Feced y yo mirando a la calle desde el balcón -discretamente, claro- y, de pronto, vimos parar un coche del que descendían un miliciano y un guardia de Asalto, y en seguida comprendimos de qué se trataba. Subieron; quedó en la puerta de la casa el guardia y entró el jefe de aquella pequeña fuerza, que era un hombre joven, de estatura corriente, más bien delgado, y que iba vestido con pulcritud. Llevaba una camisa azul celeste que era, según creo, la de los comunistas y unos cordones. Preguntó por mí y se encerró conmigo en el comedor de la casa, y allí empezó el interrogatorio.

La primera pregunta era (conocía mi parentesco con Franco): “¿Cómo es posible que ese hombre no le haya prevenido a usted de la fecha, etc.?” Yo le dije: “Porque esa comunicación resultaría muy difícil o peligrosa.” Después preguntaba insistentemente sobre lo que yo sabía de los propósitos de Franco en el Alzamiento. Especialmente me preguntaba también con Gil Robles, con Cándido Casanueva, con la Monarquía…

Desde la casa de Feced, el miliciano me llevó a la de mis hermanos; allí hizo un registro y encontró en un bureau una serie de recordatorios y cartas de pésame con motivo de la muerte de mi padre que había ocurrido unos días antes. “Como usted puede comprender -le dije- con esta desgracia no hemos tenido ánimos para ocuparnos de nada”. Entonces el hombre contestó: “Pues acompáñenme” (Siempre me habló de usted.) Antes me despedí de Ramón Feced, de su mujer, y de un matrimonio, Fagalde, amigo de los de los Feced y creo que vecino. Me subieron a un coche con otro guardia más y salimos por Cibeles, Gran Vía, al Parque del Oeste, nos adentramos en él y me interrogó de nuevo el miliciano. Me manifestó que de ese servicio que hacía necesitaba obtener algún resultado: “Yo necesito llevar datos importantes y usted tiene que dármelos. No quisiera perjudicarle. De otra manera tendré que sancionarle”. “Yo no sé más”, le respondí. “Tendrá que saber”, insistía él. Y ante mi nueva negativa, dijo que lo sentía mucho y me llevó junto a un árbol, volvió a reunirse con uno de los guardias y los dos me apuntaron con los mosquetones. Yo en ese momento, ante lo irremediable, recé, pero en seguida me di cuenta que pasaban unos segundos, y vi que aquel hombre volvía al árbol y me llevó de nuevo a donde estaba el guardia de Asalto, me repitió que quería salvar mi vida, que él también era un “burócrata”. (Era un poco pedantillo.) Me habló de que trabajaba en un Juzgado. “En cierto modo somos compañeros”, dijo. Insistió en lo de las relaciones de Gil Robles y de Casanueva con la Monarquía, y de Franco con la Monarquía. “Creo que no existen esas relaciones”, es lo que yo añadí. Y entonces me llevó por segunda vez al árbol y tuvo lugar otro simulacro de fusilamiento. Pasaron de nuevo unos segundos y se volvió a aproximar a mí diciéndome: “Bueno, como le he dicho, no quiero matarle”, y me llevó al “Radio Comunista” que habían instalado en la “Editorial Católica”. Allí me dejaron completamente solo en un local grande. A los diez o doce minutos de estar allí, por el extremo opuesto de donde yo me encontraba, cruzó una persona a la que yo conocía. Luego supe de quién se trataba: era Ángel Laborda que trabajaba en dos periódicos de la casa. Este hombre me miró, y me hizo el efecto de que en lugar de encontrarme con caras torvas, daba la sensación de que me miraba con gesto humano. Pasada como una hora de todo esto, entró otra vez el miliciano en cuestión y me subió a un coche que nos llevó a la Dirección General de Seguridad, donde me entregó, diciéndome al despedirse: “¿Tiene usted alguna dieta pendiente de cobrar en las Cortes? Si quiere se la cobro yo.” “Pues mire usted -le dije-, desgraciadamente no tengo ninguna.” “Bueno, pues yo le entrego aquí. Yo le entrego; no soy un asesino. Me llamo Luis Mena…”

(Laborda explicó años más tarde que en esa hora que yo estuve en el “Radio Comunista”, no sé si él u otra persona, se pusieron al habla con el Honorato de Castro, Diputado de Zaragoza; Laborda -de Tarazona- era paisano y amigo suyo. Honorato de Castro era de “Izquierda Republicana”, yo no le había tratado antes, pues no era corriente en aquel momento de tanta pasión política -que era casi de odio- que hiciéramos entonces amistad; sin embargo, aquel hombre, cuando más tarde estuve preso en la “Clínica de España”, me vino a hacer una visita; tengo el deber de recordarlo en su honor y de decir también, por este y otros episodios, que mientras en zona roja era feroces las bandas de asesinos -y los crímenes más numerosos que en la nuestra- se conservó allí la tradición humanista en muchos de las personas con situación política importante; yo he de citar como ejemplo este caso, y los de Bugeda y Prieto, porque tengo de ello experiencia y conocimiento. Naturalmente que hubo excepciones en este plano -monstruosas- como Largo Caballero, la Kelken, etc.)

Terminada la guerra, yo tuve gran interés en localizar a aquel miliciano, que dijo llamarse Luis Mena, que observó conmigo el comportamiento que acabo de referir, para que me hablara honradamente, porque si no tenía las manos manchadas de sangre, me consideraba en el deber de protegerle, ya que conductas así no eran, desgraciadamente, frecuentes en uno ni en otro lado. Pero no se pudo dar con él. Quizá muriera en el frente.

TRES MESES EN LA CÁRCEL…

Cuando llegué a la Dirección General de Seguridad ya había amanecido. Era muy temprano, las siete de la mañana, y estaba llena de detenidos; habían hecho en la noche una redada en San Martín de Valdeiglesias. Materialmente no se cabía. Era toda gente molesta y desconocida para mí. Yo estaba rendido. Me tumbé, como pude, en el suelo, que estaba muy húmedo, y me quedé dormido dos o tres horas. Cuando me desperté me encontré con el profesor Carlos Ruiz del Castillo, con quien yo tenía una cierta relación. Me visitó allí, también, Sanz Beneded que era médico de la Dirección General de Seguridad. Estuvo muy afectuoso conmigo e incluso intentó hacer algo por mí. Sobre las diez y media de la noche nos metieron a unas pocas personas en un coche celular. Venía también María Josefa Richi, y allí le dio un ataque de nervios, gritando ¡que nos llevaban a la degollina! Me depositaron en la cárcel y después de los trámites normales en la Dirección de aquel centro me subieron a la galería de “políticos”.

Al poco rato de llegar a la cárcel me acosté. Al día siguiente, al levantarme, yo era, como todo el que llegaba, la novedad para los presos políticos que allí estaban, y todas las preguntas y atenciones recaían sobre mí: Allí se encontraban don Melquiades Álvarez, don José Martínez de Velasco, los ex ministros Álvarez Valdés, Rico Avello y Salas; el conde de Santa Engracia, el doctor Albiñana, Fernando Primo de Rivera, Ruiz de Alda, los diputados Esparza y Salort; Fernández Cuesta, Sancho Dávila, Manuel Valdés, tal vez Aguilar, Panizo, algún otro falangista que no recuerdo. En aquellos momentos todavía no se estaba materialmente mal en la cárcel; peor podía ser vivir en casa de la ciudad, vigiladas y a merced de la visita de milicianos y guardias de Asalto, y pese a nuestra angustia e incertidumbre charlábamos y discutíamos sobre el drama español y sobre nuestra seguridad.

La Cárcel Modelo era, en alguna medida, el sueño de los perseguidos. Creían don Melquiades Álvarez, Martínez de Velasco y otros compañeros de prisión que habíamos tenido la suerte de haber sido recluidos en “la Modelo”, pues era la única cárcel que estaba en poder del Gobierno, como lo demostraba el personal de Prisiones y los guardias de Asalto, que no habían sido sustituidos por milicianos, como ocurría, en cambio, en las otra cárceles habilitadas: San Antón, General Porlier, Duque de Sesto, y la nueva de mujeres de las Ventas.

Teníamos, pues, jurisdicción exenta, y la vigilancia interior seguía a cargo de oficiales del Cuerpo de Prisiones, y la exterior la montaba una compañía de guardias de Asalto. El “cuerpo de guardia” de éstos estaba al final de la galería de “políticos”, y a través de una puerta “condenada” les oíamos hablar, y por ellos mismos nos enterábamos de la situación caótica de Madrid: ya la ciudad estaba rodeada del cinturón de las personas asesinadas todos los amaneceres.

¿Se podría pensar que el Gobierno permitiera en la cárcel “oficial” un desafuero sangriento, que de cometerse habría de estremecer al mundo civilizado?, se preguntaba don Melquiades que ofrecía su talante de gran tribuno -a quien había admirado como orador Ortega y Gasset y Azaña-. Yo no participaba de aquellos optimismos, y así lo hacía constar claramente en las discusiones, añadiendo que, a mi entender, el Gobierno estaba totalmente rebasado y no podía impedir la acometida de las hordas, si esto se producía. Por eso hice lo que pude -poco- en la Dirección General de Seguridad para no ser trasladado a “la Modelo”, sin conseguirlo. Don Melquiades se sentía seguro, no le importaba que le oyeran los vigilantes -al contrario- y su alma inquieta no descansaba por muchas rejas que se pusieron a su ente físico. Se pronunciaba indignado por lo ocurrido con el general Goded en Barcelona, haciendo grandes elogios de su inteligencia y de su cultura. Precisamente don Melquiades tenía designado a Goded como Ministro de la Guerra en un momento en que estuvo a punto de construirse un Gobierno reformista o de concentración liberal, que él iba a presidir. En aquellas horas tremendas, atroces, protestaba del dolor y la ruina a que nos llevaban por un camino de sangre a la Patria y a la humanidad. “Y todavía -añadía- en esta hora, se dan la mano sobre el crimen, y así nos presentan al mundo.” Todo esto -repito- lo decía en voz alta para que lo oyeran bien los sicarios, “resaltando el gesto del Ejército nacional para salvar a España de la vergüenza y el vilipendio”.

Yo conocí en la prisión a un Melquiades Álvarez afectuoso, cordial, muy distinto de aquel otro que, en general, para las gentes de derechas de Oviedo, era la mismísima encarnación del demonio.

Con Ruiz de Alda hablé especialmente de su hazaña con el Plus Ultra y me interesaron mucho las puntualizaciones y precisiones que me expuso. Era un hombre bueno y de los que veía con más claridad nuestro oscuro destino que afrontó con gran entereza. Con Fernando Primo de Rivera hablaba principalmente del futro de José Antonio y la “Falange”; era hombre de talento y conservaba una gran serenidad; tuve la impresión de que él, hasta pocos días antes del asalto a la cárcel, conservó un cierto optimismo. Un día me enfadé con los jóvenes falangistas que ya conocían la jerga carcelaria y se enzarzaron (desde las ventanas) en un combate de insultos con unos “chorizos”. Consideraba yo que toda prudencia era poca, para mantenernos libres de cualquier incidente que pudiera traernos peores consecuencias. Tuve palabras un tanto agrias con los falangistas. Fernando Primo de Rivera permanecía callado y colocando una mano sobre mi hombro me dijo: “Hay que disculparles. Son muy jóvenes, han recibido muchos golpes, y se desahogan de esta manera”. Después añadió: “Estos chicos no saben lo que es la “Falange”, solo un poco Fernández Cuesta“. Fernando Primo Rivera había sido el verdadero apoyo político de José Antonio.

El caso del doctor Albiñana fue muy diferente pero revelador. Era Diputado a Cortes y en los primeros días del Movimiento se refugió en el Congreso, dormía allí en una habitación contigua al botiquín, y se hacía llevar la comida en un bar próximo. Se sentía en su casa por ser un Diputado de la nación. Mas, hacia el 28 de julio se presentó en la Cámara el Vicepresidente, señor Fernández Clérigo, quien en nombre del presidente Martínez Barrio le dijo que abandonara el edifico. El doctor Albiñana le hizo ver que eso era tanto como pedirle que muriera, ya que tanto sabía que estaba perseguido y acorralado. A esto respondió Fernández Clérigo que ellos temían un asalto al Congreso, y le exigió que se marchara. Entonces, en el mismo coche oficial del Vicepresidente del Congreso, y acompañado de éste, se fue a la “Cárcel Modelo”, no sin que recibiera promesa solemne de que su vida sería respetada “como las de todos los presos”, según frase de los señores Martínez Barrio y el propio Fernández Clérigo. ¡Extraña manera de llevar a la muerte a un Diputado en coche oficial y acomodado por la autoridad que tenía la obligación de hurtarle a la persecución y al crimen!

EL GENERAL CAPAZ

En el patio de la galería 1.º -pues él no estuvo en la galería de políticos- es donde conocí personalmente al general Capaz. De su personalidad y prestigio sabía ya, naturalmente, con anterioridad. Y recuerdo, de mi época de Diputado, que en una sesión de Cortes, al principio del año 1934, siendo Lerroux Presidente del Consejo de Ministros, comunicó a la Cámara que el coronel Capaz había ocupado pacíficamente el territorio de Ifni -”Santa Cruz de mar Pequeña”- con el auxilio de la aviación española y de acuerdo con los franceses. “Santa Cruz de Mar Pequeña” era la aspiración de España en su política marroquí, desde hacía más de dos siglos. El territorio había sido descubierto por el español don Diego de Herrera, que allí instaló un castillo. En los tratados concertados por España con Marruecos se le había concedido a nuestro país solamente el establecimiento de una pesquería:

El deseo de ocupar el territorio de “Santa Cruz de Mar Pequeña”, se había manifestado en todos los tratados diplomáticos desde que en 1777 Jorge Juan pretendió tal empresa y vino afirmándose luego con el tratado de Tetuán del año 1870, y en los concertados con Francia en 1904 y 1912. España invocó siempre sus derechos seculares para reivindicarlo. El nombre de “Santa Cruz de Mar Pequeña” es el que había venido figurando en todas las negociaciones diplomáticas, y sólo a partir de 1883, en una nota de Mohamed Vargas, Ministro del Sultán, aparece por primera vez el nombre de Ifni unido al de “Santa Cruz de Mar Pequeña”. Anteriormente, en los mismos tratados árabes había aparecido siempre mencionado con el nombre español.

El anuncio que de la ocupación de aquel territorio hizo el Jefe del Gobierno a la Cámara, diré que fue aplaudido con unanimidad y con entusiasmo; con la única excepción del Diputado comunista Bolívar; no sé si olvido algún otro nombre.

La satisfacción de los diputados canario fue grande, dada la importancia que por razones de vecindad tenía Ifni para Canarias. Las Islas Canarias estaban unidas entonces a la península por una línea de aviones que tenía que ir a Cabo Jubi para después saltar la isla de Gran Canaria; en lo sucesivo tendríamos un territorio donde, en casos de emergencia o de otra índole, poder aterrizar.
El coronel Oswaldo Fernando Capaz había sido confinado en Canarias durante el Gobierno de Azaña, pero en la preparación y dirección de la ocupación de Ifni demostró -posiblemente una vez más- excepcionales condiciones militares y políticas, por lo que fue ascendido a General de Brigada. En los días que vivió -hasta el 22 de agosto- nos paseábamos juntos por el patio de la cárcel durante las horas que se nos permitía hacerlo y me hablaba con la mayor seguridad en la victoria, ya que los militares -me decía- tenían un Ejército perfectamente organizado y jerarquizado, mientras que el Gobierno republicano, aunque contaba con algunos jefes y oficiales valerosos y competentes, carecía de soldados disciplinados, cosa que agravaban las interferencias políticas. Y así fue. Con igual seguridad me decía que nuestra situación -la de los presos- no tenía salida si no llegaba en seguida el Ejército nacional a Madrid, momento en que tendríamos que adueñarnos de la prisión arrollando y desarmando a los milicianos y vigilantes, pues que de otra manera nos matarían a todos.

Era Capaz un hombre íntegro, razonador, serio y respetable. Nunca hablaba de sus méritos y jamás toleró la menor vejación de los milicianos ni entabló con ellos conversación. Fue allí, para todos, paradigma de dignidad, integridad y aplomo. El Gobierno de la República lo encarceló por haberse negado a organizar y dirigir unidades para combatir al ejército alzado en armas contra el Gobierno del Frente Popular. “Yo soy un jefe -decía- que manda soldados, no turbas alborotadas.”

Luego tuve mucha información de la que había sido su brillante carrera militar, con extraordinarias dotes de mando y gran firmeza de carácter. Fue desde muy joven un gran conocedor de los marroquíes que le admiraban y respetaban de manera especial. Hablaba -dominaba- el idioma árabe y al frente de la Harka que llevó, e hizo famoso su nombre, alcanzó un prestigio enorme entre los moros, que por sus virtudes, su valor en el combate, y su singular personalidad, lo consideraban como un “santón”. Su acción política fue muy hábil y eficaz como “Interventor”, primero y más tarde, al ejercer el cargo de “Delegado General de Asuntos Indígenas”.

También estaban allí, en la cárcel, el viejo general Fernández de Heredia -yerno de Weyler- a quien no conocí de Capitán General de la V Región en Zaragoza; el general Navarro y otros muchos jefes y oficiales.

MUÑOZ GRANDES

Asimismo encontré en la Cárcel Modelo al entonces teniente coronel, jefe que había sido de los guardias de Asalto, Agustín Muñoz Grandes, al que tampoco había tratado antes: curiosa persona. Él tenía un sistema más práctico: decía que lo importante era salvar la vida como se pudiera, sin claudicación, claro es, pero con prudencia. Andaba o se sentaba con frecuencia solo, en un rincón, iba descamisado con una especie de alpargatas, sin afeitar, se reunía poco con los demás; conmigo habló mucho en dos o tres ocasiones. Sufría por no poder fumar cuanto acostumbraba, aunque de vez en vez lograba un cigarrillo o lo fumaba colectivamente con quien fuera. Como había alcanzado gran prestigio en su cargo de Jefe de los guardias de Asalto, cuando -lo que ocurría alguna vez- llegaban a la cárcel algunos de esos guardias detenidos o presos -por huir ante el enemigo o escaparse del frente-, en seguida se le presentaban y le saludaban con gran respeto, y él, animándose, les decía: “Bueno, muchachos ¿qué ocurre? ¿Cómo venís aquí?” A lo que ellos, como justificándose, contestaban: “¡Oh, mi Teniente Coronel, es que no se puede resistir, han llegado los Regulares y los Legionarios que llevan unos lentes negros muy gruesos y un aparato con el que echan gas “humífero” que nos ciega y entonces avanzan y nos desarman con toda facilidad, y así no hay quien aguante.”

Este relato pintoresco y absurdo de los guardias lo he recordado mucho y lo referí al llegar a Burgos precisamente porque creo que tiene un valor de síntoma extraordinario en relación con la depresión psicológica y moral que había en aquellas semanas de septiembre y primeros de octubre en Madrid, por lo que los que estábamos dentro teníamos el convencimiento de que si entonces unas unidades del ejército, con legionarios y regulares, se hubieran decidido a entrar en Madrid, creíamos todos -repito-, civiles y militares, que la resistencia hubiera sido nula, o muy escasa, y que posiblemente la operación de Madrid se hubiera acelerado con éxito. Claro está que comprendo que esto lo sabíamos los que estábamos dentro de Madrid y que desde fuera, no teniendo una gran información como seguramente era difícil tener, se ignoraría esta circunstancia, y equivocadas razones de prudencia determinarían que no se realizara operación que se consideraría aventurada.
El Mando nacional (Franco, Mola, Yagüe o quien fuere, nosotros allí nada sabíamos con precisión) no tuvo en cuenta aquel factor psicológico tan importante -o al menos  no estaba seguro de que las cosas fueran así y no lo valoró suficientemente- cuando se planteó el problema de si ir, dando un rodeo, a Toledo para liberar el Alcázar, o marchar directamente a Madrid por el camino más corto. Luego tuve ocasión de leer que cuando Franco decidió lo primero, esto es, ir a Toledo, el general Kindelán, que estaba en Cáceres con Franco (si no me equivoco), se manifestó en término parecidos a éstos: mi General, esto nos puede costar perder la oportunidad de entrar pronto en Madrid; y que Barroso, entonces Teniente Coronel, y Jefe de Operaciones muy capaz, le dijo a Franco con gran contrariedad: ¿por qué no ir a Madrid cuando el enemigo huye y arroja las armas al suelo?

Discutan los competentes este extremo de tanto interés. Yo no estoy en condiciones de hacerlo por razón de mi incompetencia; ni conozco las consideraciones de orden técnico -seguramente fundadas- para que se procediera como se hizo y se prolongara la guerra en tres años.

El tema todavía se sigue discutiendo. Es indudable que la decisión tomada obedecería a criterios técnicos, pero hay que admitir que éstos en ocasiones están sujetos a error y son contrarios a estados psicológicos y depresivos, o a posibles movimientos imprevistos del destino, o no ponderados suficientemente. No nos encontramos en el campo de las ciencias exactas, ni por un lado ni por otro; esto es, ni por los que aplauden la decisión tomada, ni por los que la censuran por entender que la contraría era la acertada, pueden admitirse como dogmatismos indiscutibles.

Con la terrible experiencia de los que vivíamos en Madrid, pensamos que la falta de moral de sus defensores en los últimos días de septiembre de 1936 ofrecía posibilidades para su ocupación, teniendo en cuenta, además, que la reacción desesperada de tanta gente perseguida en gran peligro, para la que, por ello, jugarse la vida no tenía ya la menor importancia, y cuya gran ilusión era la de incorporarse al Ejército nacional, hubiera constituido gran ayuda para éste.

Hay que recordar la debilidad de las fuerzas que defendían Madrid, pues sólo a fines del mes de octubre hicieron su aparición las “Brigadas internacionales” que ya eran unidades organizadas militarmente y con mandos profesionales.

Situación, aquélla, dudosa; incompatible con afirmaciones absolutas. Es abusivo, en este punto como en tantos otros, argumentar fanáticamente sobre la infalibilidad de nadie; y si de los que trató entonces, como alguna vez se dijo, era de ahorrar vidas y sufrimientos, surge, con toda legitimidad, esta pregunta: ¿Es que dentro de Madrid no había vidas ni sufrimientos?

LAS MATANZAS EN LA CÁRCEL MODELO

Continuamos en una relativa tranquilidad del 5 al 12 de agosto. Pero un día, apareció un suelto en el periódico Claridad, órgano de Largo Caballero, que era una verdadera incitación contra los detenidos en la “Modelo”. Decía que dentro de aquella cárcel había muchos fascistas y que entre éstos figuraban también numerosos vigilantes. Al día siguiente desaparecieron dos de ellos, de los que no se supo más.

Tres días después el mismo periódico iniciaba vilmente una campaña contra nosotros y contra los presos de la galería primera. El día 17 -y por primera vez- se presentaron en la cárcel las milicias socialistas o comunistas, según vimos. Nos quitaron todos los vales y cartones representativos de nuestro escaso dinero depositado en la Dirección, las pequeñas alhajas -relojes, anillos, medallas y estilográficas- y los libros y papeles. Fernando Primo de Rivera salvó mis medallas y las suyas escondiéndolas en las caperuzas metálicas de los antiguos conmutadores de la luz.

El día 20 volvieron las milicias. Esta vez los registros se extendieron a las cinco galerías de la prisión. pero nosotros -todavía en la de “políticos”- no fuimos molestados. Supimos que los energúmenos desnudaron a los presos, les abrían las mandíbulas para ver si ocultaban algo en la boca y los trataban a empellones y culatazos.

El día 21 amaneció en la cárcel con una extraña inquietud en los ánimos. Llegaban a nosotros mil rumores por esos caminos ignorados que recorren las malas noticias, y vimos -desde el corredor de “políticos” se divisaban los patios, el de la galería primera y el que estaba próximo a la calle de la Princesa- cómo entraban y salían grupos de milicianos con fusiles y metralletas. Poco después, los grupos de presos comunes estaban arremolinados y de entre ellos, un miliciano subido en un lavadero, los arengaba con gran vehemencia. Le siguió en la improvisada tribuna una mujer joven, vestida con un mono de miliciano, con pistola al cinto y ciertos detalles de buen gusto en el atuendo. Como se hizo un silencio profundo, pudimos escuchar algo de lo que les dijo: entre otras cosas, que serían puestos en libertad si se sumaban a la causa de la República. Los presos eran todos vagos y maleantes. La mujer se apellidaba… (prefiero no dar su nombre).

A las nueve de la mañana un grupo de milicianos subió a nuestro departamento de “políticos” para practicar un nuevo registro. El registro fue brutal. Nos quitaron lo poco que nos quedaba, hasta las fotografías de nuestras mujeres y de nuestros hijos. A la hora de la comida volvieron y esta vez se llevaron las ropas. Por eso casi todos los que fueron asesinados murieron en pijama. La cárcel tenía ya un aspecto horrible. Allí hervían las pasiones y la furia del crimen se propagaba por todos los patios y galerías.

En las primeras horas de la tarde fueron puestos en libertad la mayor parte de los vagos y maleantes. Los que quedaban, sin duda de acuerdo con los milicianos, fingiendo una protesta porque tardaba su liberación y prendieron fuego a sus petates. De la galería salía un poco de humo, que quedó remansado en el aire ardoroso del siniestro verano. Casi instantáneamente escuchamos infinidad de denotaciones y un griterío angustioso y escalofriante. Desde las azoteas de las casas fronterizas al patio de la “galería primera” se disparaba, con armas emplazadas allí, contra los presos que se paseaban por e patio de la galería bien ajenos al simulado incendio. Aquellos presos era casi todo jefes y oficiales de la guarnición de Madrid, ya que los detenidos por delitos comunes habían sido libertados un par de horas antes, como ya hemos apuntado. La confusión fue grande y resultaron alcanzados por las balas unos treinta o cuarenta presos. El general Capaz, serenamente, como si estuviera en un campo de batalla, comenzó a mandar, vio dónde estaban los ángulos muertos y distribuyó en ellos a la gente, con lo que se evitó una horrible matanza.

Los muertos y heridos quedaron allí, en el patio, junto a las tapias, durante toda la noche, bajo el silencio agujereado de vez en vez por el ruido de los tiros.

Todavía, en el fragor de aquella cacería de estos presos, subieron a la galería de “políticos” varios milicianos. Eran las seis de la tarde. Esta vez venían acompañados de unos oficiales de Prisiones. “Desde aquí -dijeron- habéis disparado. Cada uno a su celda y en posición de firmes, al lado de la cama…” Suponíamos todos que nos habían metido en los petates el arma acusadora, que se trataba de un truco preparado; previmos nuestro próximo fin. No fue así, y no encontraron nada; pero nos tomaron la filiación a todos, y cuando algunos desfiguraron su apellido, los oficiales de Prisiones corregían la “equivocación” y nos señalaban, por tanto, a la furia de nuestros perseguidores.

El grupo volvió una hora después y los milicianos, como si estuvieran de broma, empezaron a preguntarnos sobre cuestiones políticas. Entraron en la habitación de Primo de Rivera, y uno de ellos gritó: “¡Aquí está el chulo este!” Otro prosiguió con el mismo desvergonzado talante: “Pues tiene puesto un buen mono. Vamos a ver si se lo quitas.” Y le obligaron a ello poniéndole las pistolas en el pecho. Pero uno quiso zarandearle, y entonces Fernando Primo de Rivera le dio un terrible puñetazo en la frente y le hizo rodar por el suelo. Contra lo que esperábamos todos, la reacción de aquellos cobardes fue la de respeto y temor. Entonces, Primo de Rivera dijo así, y lo recuerdo perfectamente: “Tú eres un ladrón; pero si alguno tiene un ideal sincero, yo le digo que no nos conoce. Si vosotros nos conocierais estaríais con nosotros…” Esta escena terminó a las ocho de la noche. Cuando los milicianos se fueron y estuvimos todos reunidos en la pequeña galería que nos servía de comedor, Fernando Primo de Rivera me cogió del brazo y me dijo: “Lo que acaba de ocurrir es feroz. Yo ya no puedo aguantar más.”

A las nueve de la noche oímos con espanto un ruido bárbaro en la escalera. Ocho facinerosos irrumpieron en la galería. Portaban todos pistolas y metralletas. Uno de ellos, muy moreno, casi negro, con el pelo alborotado cayéndole sobre los ojos feroces. Otro con unas polainas de soldado, una camisa deshilachada, y un gorro de una forma extraña y ridícula. Otro más, en fin, con el torso sudoroso al aire. “¡Éstos son nuestros! -gritaron-. Son nuestros, como toda la cárcel. Vamos a mataros aquí, en fila, por fascistas y traidores...“ Nos encomendamos a Dios. Nos alineamos. Primo de Rivera era el primero de la fila. Le preguntaron y le insultaron. A todo esto él respondió: “Podéis matarme porque sois cobardes y tenéis la fuerza. Pero que nadie ponga la mano sobre mí”. A Ruiz de Alda le arrebataron un reloj, precisamente el que llevaba en el hidroavión Plus Ultra. El propio Ruiz de Alda se lo dijo al miliciano, y éste le contestó: “Mejor; con eso tiene historia.” Al llegar al almirante Salas, éste, creyendo que les iba a causar mucho efecto, movido por el natural instinto de conservación, les anunció con cierto tono solemne: “Yo soy el almirante Salas, ex Ministro republicano de Marina.” En el acto, el miliciano que interrogaba exclamó soltando un taco: “¡Ah, entonces, cabrón, tú eres Giral!” (Giral había sido Ministro de Marina y entonces era nada menos que jefe del Gobierno.)

Cuando terminó aquel interrogatorio brevísimo, nos dieron órdenes de salir y bajar. Nos llevaron cogidos de los brazos fuertemente. (Aquella noche quedó rota la tradición de un trato especial de los “políticos” con separación de los presos comunes. Todos los regímenes habían observado ese trato especial. Después -y ahora- ha sido lo mismo un “chorizo”, un “perista”, un ratero, un golfo o un bandido, que un hombre preso por unos ideales políticos limpios de sangre. Todo esto lo destruyeron las turbas aquella trágica noche de agosto de 1936, y aún no se ha reparado totalmente que sepamos. Yo tengo el penoso recuerdo de alguna visita que hice a un hombre de tan alta categoría moral, intelectual y política como Dionisio Ridruejo, durante una de sus estancias en la cárcel de Carabanchel: “Aquí estoy -me dijo- entre el Lute y el Medrano…”)
Llegamos así al “clavo”, o sea, al centro donde convergen las cinco galerías. Allí había una gran muchedumbre de milicianos y milicianas con fusiles, y confundidos con guardias de Asalto y oficiales de la cárcel. Era la plebe sin freno, oliendo a sangre, con todos sus instintos más primarios, desbordados y en tensión. Entramos en la primera galería. Los presos que allí se encontraban por haberse librado de la cacería de la tarde, estaban sentados en el suelo con la vista fija en “el puente” que servía de observación a los vigilantes de turno. En ese puente, milicianos y milicianas con sus mosquetones apoyados en la barandilla montaban la guardia, y debajo, ya en el suelo de la galería, un hombre joven, sucio, desgreñado, las crenchas le caían sobre las orejas y la frente, estaba sentado ante una mesita pequeña llena de papeles. hubo un apagón de luz y dos cirios le alumbraban, cuyas rojizas hacían bailar en las paredes sombras desdibujadas y rápidas. Cada vez que recuerdo la escena siento la misma angustia. Sabíamos que pared por medio estaban los muertos y heridos de la tarde anterior sin asistencia alguna, bañados en su propia sangre.

Nos ordenaron que nos sentásemos en el suelo. Así pasaron unos minutos hasta que llegó al “puente” de la galería un grupo que mandaba un miliciano. “¡Cuidado! -gritó-. Acabamos de ser nombrados para el Comité de la cárcel, y nada se hará aquí sin nuestro consentimiento…” Protestas, discusiones, recogida de papeles, entradas, salidas, y así hasta medianoche. Melquiades Álvarez y Álvarez Valdés estaban juntos, sentados en el suelo. Mientras esperábamos nos hacían objeto de insoportables vejaciones. Las mujeres se distinguían en esta obra feroz. Nos denigraban con bajos insultos y todos hacían objeto de su predilección al doctor Albiñana, y a don Melquiades Álvarez. Éste, con gran serenidad, se volvió y dijo: “¡Miren que tener que aguantar estas vejaciones de tales miserables después de haber empleado mi vida en defensa del pueblo, y así hasta que llegue la hora de que nos fusilen!” A esto asintió Álvarez Valdés, y entonces don Melquiades que con su palabra cálida -aun en aquel trance- era el gran orador, protestó indignado de la mentira de quienes así deshonraban a la República.

De aquellas entradas y salidas de nuestros verdugos y de las palabras sueltas que a nosotros llegaban, dedujimos que lo que discutían era si nos fusilaban en masa a todos los que estábamos en la galería o sólo a los políticos. Oímos decir: “A estos, que son los “gordos”. Que vengan los de la primera fila”. Y fue elegida la ya fúnebre comitiva: en ella iban Melquiades Álvarez, Martínez de Velasco, Álvarez Valdés, Albiñana, Rico Avello, Santa Engracia, Primo de Rivera, Ruiz de Alda, José Gómez (chófer del general Primo de Rivera), Esparza, Salort y cuatro falangistas. Creo que los llevaron al sótano o a un patio de otra galería, y cinco minutos después oímos las descargas.

De lo que allí aconteciera nada se sabrá, porque la muerte selló sus labios, es decir, supimos -porque los asesinos, indignados, lo comentaban a voces- que todos murieron con altivez frente a los verdugos; uno de éstos comentó: “Ha habido miserables de ésos que han gritado ‘¡Arriba España!’” Y entonces las mujeres, como furias, volvieron a insultarnos.

Hacia las dos de la madrugada sacaron los cadáveres del sótano y los pasaron ante nosotros. Los llevaban en escaleras de mano, a modo de parihuelas, con unos lienzos mal echados sobre los cuerpos yertos. Al iniciarse este desfile siniestro me decía el almirante Salas: “Tápese los ojos que todo esto es muy desagradable.” La fatiga física nos vencía. Como en sueños, en aquella penumbra tristísima, yo vi que varios milicianos salían de la galería al patio con pequeñas linternas y oí que gritaban: “¡Ese que llaman el general Capaz!” Lo sacaron de la galería, no lograron atarlo, como pretendían, y a empellones lo llevaron al sótano. Al salir, dijo en voz alta: “¡Cobardes, miserables!” Presenciamos esta escena emocionante: un ayudante suyo -teniente o capitán Galera- que estaba junto a él irrumpió en el grupo diciendo: “Quiero morir con mi General” y aquellos energúmenos contestaron: “Pues muy bien.” Salió con ellos pero al fin no lo mataron.

Al tenerse noticia de estas matanzas en la Cárcel Modelo y de la muerte de Melquiades Álvarez, Indalecio Prieto se presentó con su escolta allí -no sin pasar sus apuros y tener que sortear algunos conatos de violencia- y dijo al jefe más o menos improvisado que había en la cárcel: “La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido ya la guerra.”

Pasada toda entera la noche alucinante, rotos los nervios de todos los que nos salvamos por mero azar, ya entrada la mañana nos encerraron en celdas de la galería; a cuatro o cinco en cada una aunque eran unipersonales; estuvimos durante algún tiempo en la misma Montarco, Vadillo, un catalán apellidado Casas y yo. Nos tuvieron dos días incomunicados, “chapados”. Al tercer día las abrieron y pudimos hablarnos sobre el mismo suelo de la tragedia y en el mismo patio de las matanzas. Sentíamos la necesidad de pensar que ya lo peor había pasado y vivimos unos días monótonos y como insensibilizados.

De nuevo volvimos a las tensiones de antes pues empezaron “las sacas” de prisioneros casi todas las noches; “los responsables” abrían alguna celda y sacaban de ella a una o varias personas para llevarlas a la muerte. En ese ambiente de inseguridad teníamos estados de ánimo cambiantes: unas veces -muchas-, es humano, teníamos miedo, otras concebíamos alguna esperanza de salvarnos y nos aferrábamos a la ilusión de vivir; otras, cuando pensábamos que no era posible que saliéramos con vida, en las horas de mayor elevación espiritual, nos confortaba la fe, rezábamos y esperábamos serenamente nuestro fin. En ocasiones llegamos a desearlo. ¡Quién que no haya conocido aquellos horrores, que muchos ni siquiera son capaces de imaginar, podrá entender todo esto!

Unos días fue la desesperación lo que estuvo a punto de imponerse: era lo que llamábamos “La Machada”. Principalmente los más jóvenes y varios militares pensaron -exasperados- que sólo esta operación tenía posibilidad y sentido: lanzarnos en avalancha sobre milicianos y vigilantes, desarmarlos y pasarnos a las posiciones que a pocos metros -unos ochocientos- ocupaban los nacionales. El teniente coronel Muñoz Grandes vino a hablarme para decirme que él desaprobaba el proyecto: “Si hacemos eso, con la mayor probabilidad sucumbiremos todos; de otra manera, es muy probable que usted, yo, y otros, caigamos aquí, pero como el Ejército se acerca, cualquier día pueden cambiar las cosas y muchos de éstos acabarán salvándose.” “La Machada” no tuvo, desgraciadamente, realidad. ¿Qué hubiera ocurrido? Contra toda previsión lógica nosotros dos, el Teniente Coronel y yo -también algunos más- nos salvamos, y en cambio gran número de aquéllos fueron fusilados días después.

¡La barbarie y el azar en las guerras civiles!

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